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uentan los cronistas de la época, que Salvador Monzó, legendario capitán del glorioso Valencia de la década de los 50, reunía antes de los partidos a los sucesivos compañeros de delantera que desfilaron a lo largo de su mandato (Epi, Igoa, Seguí, Badenes, Gago, Morera, Tonín Fuertes, Buqué, Amadeo, Pasieguito, Mañó, Wilkes... quasi res) y les arengaba en valenciano: "Si vosaltres feu un gol, no pedrem". Tal era la seguridad que aquel defensa central tenía en sí mismo y en sus restantes colegas de la zaga que fueron desfilando a lo largo de sus diez años de titularidad indiscutible, y que tampoco eran mancos: Álvaro, Juan Ramón, Ortuzar, Asensi, Díaz, Puchades, Santacatalina, Sócrates... Y por detrás, guardándole las espaldas, el mítico Ignacio Eizaguirre; luego el emblemático Quique y, en el interregno, el heroico Pérez. Tres porteros de solvencia. Bajo la capitanía de Monzó (al que luego, ya retirado, veía cada domingo sentarse en la tribuna de Mestalla, con su perenne habano en la boca) el Valencia conquistó dos ligas y dos copas y fue subcampeón otras siete veces.
Aquel era un equipo perfectamente reconocible, fácilmente identificable por sus atributos de fortaleza defensiva, transición rápida, extremos habilidosos y delanteros demoledores en el remate. Había heredado esos rasgos de la anterior generación, la de la mítica Delantera Eléctrica, tras la que formaba un equipo arrollador, que logró dos ligas y una copa y puso en peligro la hegemonía madridista. Hasta el punto que fue bautizado despectivamente como "el Valencia bronco y copero". Tal denominación surgió de la pluma de un escribano alicantino vendido al oro madrileño y afincado en aquel sitio tan próximo futbolísticamente a su ciudad de origen, en la que despierta más pasiones el Realísimo que el mismísimo Hércules nativo.
Esa manera de jugar tan característica, forma parte de la biología del VCF, está en sus genes; con ella ha triunfado invariablemente. Y cuando se ha querido cambiar la fórmula por otras más alambicadas y artísticas, el equipo no se ha comido una rosca. Prestigiosos -o no tanto- técnicos de ese jaez, alegre y colorista, han fracasado en Mestalla: Miljanic, Hiddink, Parreira, Valdano.... Ellos acuñaron el celebre dicho popular: "el Valencia juega como nunca pero pierde como siempre". En cambio, conspicuos representantes del llamado "fútbol industrial" han extraído todo el juego posible al equipo. La lista es larga: Mundo, Di Stéfano, Espárrago, Ranieri, Cúper -con perdón, por su fútbol soporífero- Rafa Benítez... Con ellos, el VCF, voló alto.
Ahora, pese a estar dotado de una cuadrilla de atacantes artísticos, que son la envidia de media Europa, el equipo no acaba de encontrar el equilibro, porque su sistema defensivo hace aguas. La irregularidad de Miguel, un lateral lunático; la bisoñez de Dealbert, un central aún por contrastar; la destemplanza de Alexis; la insolvencia de Maduro o la mareante polivalencia de Carlos Marchena, descuadran al equipo. A estas deficiencias individuales, hay que sumarle un sistema colectivo de contención muy poco trabajado por Unai Emery, lo que obliga a los zagueros a jugar al límite y a forzar las sanciones y las lesiones. Reclamaba el otro día Marchena un análisis profundo y sereno del problema enorme que se le plantea al Valencia ante la incesante sangría que padece por sus constantes bajas defensivas. Pues eso, tras la exuberante locura de Bremen, toca reflexionar.
Un conjunto al que sostiene su portero, es un equipo de medio pelo. Que el meta César, en el pórtico de la jubilación, sea el héroe de una escuadra que ha encajado cuatro goles en un partido, es indicativo de que, tácticamente, algo no funciona. Y no se trata de un episodio aislado ni circunstancial. El guardameta titular del VCF lleva encajados 27 goles en 26 partidos oficiales. No cumple con el requisito que imponía el histórico Monzó. Y su suplente, Moyà, menos aún. Es obvio que algo falla.
Ahora mismo, Emery, debe andar devanándose los sesos para recomponer la defensa de esta tarde ante el Almería. Seguramente, se verá obligado a echar mano de la cantera, donde cada equipo, empezando por el Mestalla, juega al antojo del entrenador de turno. No hay un modelo, un estilo acorde con la tradición del equipo, como sucede en el Barça, por ejemplo, donde Pep Guardiola recurre a futbolistas de las divisiones inferiores sin ningún problema, para ocupar demarcaciones de calado. Aquí, en cambio, echar mano de un defensa mestallista, se convierte en una tragedia, porque el Valencia, olvidados sus orígenes, no trabaja un estilo propio. En el VCF se ha perdido el "oremus".