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AMPARO BARBETA
VALENCIA
Los partidos nocturnos se viven con una pasión exagerada. Para lo bueno y lo malo. En la hora previa, los aficionados se trasforman en presidentes, directores deportivos y entrenadores. Con el vecino de localidad, mientras se cena, se habla de la maltrecha economía del club, de las obras del estadio, de los fichajes, de las salidas y de por qué Marchena, Mata o Fernandes están en el banquillo y juega Pablo de lateral derecho. Por ejemplo. Hasta que la banda de Quart de les Valls toca «Amunt València». En ese momento, el aficionado hace su papel: animar. Y aplaudir. Primero, al futuro que representaron un centenar de niños que saltaron al campo para fotografiarse con sus ídolos; al presente, personalizado en el Power Electronics que ofreció la Eurocup conquistada hace siete días en Vitoria —impresionante la ovación con todo Mestalla en pie—; y al pasado, con el minuto de silencio que se guardó en recuerdo del fallecido Juan Antonio Samaranch —mientras por megafonía sonaba «Amigos para siempre»—. Todo en superlativo.
Y arrancó el partido y los veintidós jugadores que estaban sobre el césped centraron la atención. Ya sólo se hablaba de fútbol. De las internadas de Silva, de la ocasión de Villa, del renacer de Vicente, de las ganas de Jordi Alba, de los centros de Joaquín. Hasta que Ze Castro cometió penalti —unas manos muy claras— y David Villa anotó su gol veintiuno, con dedicatoria incluida — unos apostaban que era por McDonalds con quién ha firmado un contrato publicitario, otros para un amigo de Tuilla—. La noche discurría con normalidad. Como se preveía. Hasta que Fernández Borbalán pitó el final de la primera parte en el minuto 44, los jugadores se le sublevaron por la extrañeza, la grada arremetió contra el colegiado y éste, tras el guirigay que se montó, reculó y mandó disputar los dos minutos que quedaban —curiosamente en estos minutos, el deportivista Pisku se lesionó de gravedad la clavícula y tuvo que ser trasladado de urgencia al Nou D´Octubre—. Y llegó el cuarto de hora del relax, del análisis, de las críticas, de los elogios. De sentirse orgulloso de la victoria momentánea del equipo. A las once, en punto, se reanudó el partido y con él la inmersión de la grada en el partido. Había que animar, aunque el encuentro entró en una fase soporífera y se lanzó algún que otro silbido. Y es que, el partido de anoche no era un partido más, era el trampolín para volver a codearse con los grandes en Europa y, de momento, el objetivo está conseguido. El Valencia, a cuatro jornadas del final, es tercero. Y Mestalla, aunque con apuros, sigue siendo sinónimo de victoria. ¿De Emery? la grada ni mu. Tras una intensa semana de debates, encuestas, tertulias y demás, era el momento de saber qué opinaba la grada, la que paga, de Unai Emery. No hubo pronunciamiento. Y eso que el técnico, fiel a su costumbre, se pasó los noventa minutos en pie. No se escondió.
Con el pitido final y la «faena» hecha, vuelta a empezar. Es el momento de trasformarse en presidentes, directores deportivos y entrenadores. Así es el fútbol.
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