VICENT CHILET, ROBBEN ISLAND (SUDÁFRICA)
En Robben Island, el mayor monumento a la barbarie del apartheid, la prisión en la que Nelson Mandela pasó 18 de sus 27 años en prisión, había un lugar en el que los activistas políticos negros podían charlar con cierta libertad. En la cantera donde cada día tocaba picar piedra, los dirigentes boers mandaron a los presos que excavaran una pequeña cueva en la que pudiesen orinar y defecar mientras trabajaban, de sol a sol. La pestilencia que emanaba del agujero facilitaba que los oficiales se mantuvieran alejados. Allí, los reos articulaban su acción revolucionaria y se ponían al día de las novedades políticas que se sucedían en la convulsa península. Conscientes también de la importancia de la alfabetización y formación de los presos de procedencia más humilde, se instaló el proverbio afroamericano "each one, teach one", (cada uno debe ser educado). Con ese lema, asfixiados por el infecto hedor, decenas de presidiarios aprendieron, gracias a otros reclusos, a leer y escribir, a pensar y actuar.
En esa cueva también nació una hermosa idea: en 1966 se creó la Federación de fútbol Makana, bautizada en honor a uno de los primeros presos políticos que albergó la isla Robben, gestionada por los reclusos y que se mantuvo en funcionamiento hasta 1973. El fútbol, la gran pasión de la Sudádfrica negra, era un deporte despreciado por la poderosa minoría boer, clásica y enfervorizada seguidora del rugby. Las autoridades de la cárcel consideraban al fútbol, en lengua afrikáans, un "sisi sport", es decir, un "juego de señoritas". Se aprobó que durante los meses del verano austral los presos pudieran practicar deporte al aire libre. Entre ellos el fútbol. De esa manera, a lo largo de siete veranos, se sostuvo una liga que contó con un total de 29 clubes (algunos tenían una efímera existencia, otros se refundaban y fusionaban). Cada cual con sus colores y escudos definidos con la ropa que dejaban entrar en la prisión. Nueve de esos clubes llegaron a competir a la vez. También había árbitros y estrictos comités disciplinarios, que respetaban escrupulosamente el libro de las normas de juego de la FIFA. De hecho, la Cruz Roja logró colar clandestinamente un ejemplar hasta la biblioteca de la prisión, repleta de libros propagandísticos del apartheid.
El fútbol es un deporte que necesita muy poco para ponerse en funcionamiento. Uno de los patios de la prisión sirvió de terreno de juego, delimitado por torres de seguridad y alambradas electrificadas. Con jirones de tela se crearon los primeros balones de fútbol. Con seis troncos de madera pintados de blanco y atados con cuerdas se obtenían las porterías. Para las redes, se pidió permiso a los guardias para rescatar las mallas de pesca de las abandonadas embarcaciones varadas en la orilla de la isla. La liga de fútbol de Robben Island llegó a estar tan consolidada que las autoridades no tuvieron más remedio que transigir ante las protestas de los presos y permitir que en la cárcel de máxima seguridad acabara entrando un balón de reglamento.
El veto a Mandela
Llama poderosamente la atención el origen de cada club. El activismo negro estaba dividido en dos principales núcleos rivales: el Congreso Nacional Africano, de Nelson Mandela, y el Congreso Panafricanista. Los presos fueron agrupándose en equipos según su adscripción ideológica. La benevolencia boer tuvo una excepción en Mandela, el recluso número 46664. A Mandela, más que el fútbol, le entusiasmaba el boxeo, pero los altos mandos, sabedores de carisma y dotes de liderazgo, quisieron minar su resistencia mental dejándole en celdas de aislamiento mientras duraban los partidos. Cuando los funcionarios supieron que desde su calabozo Mandela alcanzaba a ver parte del terreno de juego, mandaron elevar un muro para que el futuro presidente sudafricano no distinguiese nada, sólo el griterío lejano de los futbolistas. El mismo castigo compartieron otros dirigentes como Ahmed Kathrada y Walter Sisulu.
En cambio, varios de los futbolistas que pasaron por los clubes de la Federación Makana llegaron a ocupar, tres décadas después, altos cargos en los gobiernos democráticos, como es el caso de Mosiuoa Lekota, Steve Tshwete, Dikgang Moseneke y Tokyo Sexwale. El actual presidente sudafricano, Jacob Zuma, el mismo que entregó la copa de campeones del mundo a Iker Casillas, actuaba como árbitro.
Fútbol, vehículo de cohesión
Entre torturas físicas y psíquicas, el fútbol fue un elemento capital para mantener elevada la moral. Además de los beneficios del ejercicio físico, los diferentes equipos y la Federación Makana actuaron como un vehículo de unión y solidaridad entre los presos en los peores momentos. Ahora, en Robben Island habitan pingüinos y una pocas familias. La cárcel se ha convertido en un museo para no olvidar la vergüenza. Con la democracia consolidada y recién concluido el Mundial, el fútbol continúa ejerciendo un papel de prosperidad en la población sudafricana. Existe igualdad de derechos pero el desastre social que supuso el apartheid no se ha borrado. Se necesitarán generaciones y mucho trabajo para erradicar la mayoritaria miseria y las desigualdades. En la periferia de cada ciudad se extienden aún kilométricos "shiptowns", suburbios de pobreza que se pierden en el horizonte. En cualquier solar de esos asentamientos, o en los trozos de césped que crecen en los arcenes de las autopistas, millones de niños continúan disputando partidos de fútbol hasta que anochece y no se distingue la pelota. En su cabeza planeará la misma ilusión de los futbolistas presos que soñaban con un futuro mejor en el improvisado retrete cavado en Robben Island. Distraerse, sentirse vivos, no perder la esperanza.