J. M. BORT
VALENCIA
El Levante UD dejó escapar ayer la victoria de Orriols, donde la gente comienza a impacientarse por la escasa rentabilidad de su equipo en los dos últimos meses. El grupo de JIM, incapaz de ganar en las últimas siete jornadas y con sólo dos puntos sumados en los tres partidos consecutivos en su estadio, ha perdido energía. Algo le pasa. Las dudas se confirmaron anoche en el Ciutat de València con la misma cadencia que antes se acumulaban las buenas noticias. En otros tiempos se administraban las fuerzas y los goles. Todo resulta más difícil ahora, como si el tópico de «los rivales ya saben cómo jugamos» se haya convertido en una justificación razonable.
Acostumbrados a lo bueno, a no reprocharle nada al Levante UD valiente y solidario de la primera vuelta de la temporada, no ganar un partido como el de ayer resulta una extraña decepción. Debatir su situación resulta un ejercicio complejo. El equipo azulgrana sigue cuarto, en lo más alto, junto a los aristócratas de esta Liga desigual. Pero se ha olvidado de ganar. Es como reñir a un hijo por traer aprobados a casa cuando antes todo eran sobresalientes.
Orriols sufrió un buen rato antes de comprobar que su equipo no está dispuesto a vivir de rentas. Que sus futbolistas están dispuestos a seguir dando guerra. El Levante UD tardó un buen rato en entrar en el partido, falto de la chispa de antaño. Ha perdido decisión para ir desde el principio a por los partidos, como si sus futbolistas hubiesen perdido confianza en sus posibilidades. La cuestión es que el Racing dominó al pelota con una posesión constante y claras ocasiones antes de que el Levante UD marcara su gol y tomara una firme posición de antaño en el campo. Moraleja: El problema es psicológico. Una simple cuestión de serotonina.
El Racing, en plena evolución tras su cambio de entrenador, apostó fuerte en el inicio del choque. Guiado por la habilidad de Jairo y la paciencia de Adrián, el hijo de Michel, el conjunto cántabro superó a su rival en los primeros veinte minutos. El Levante UD se replegó en su área, sin ofrecer apenas respuestas interesantes. Koné consumió energía en carreras sin destino, saludadas con entusiasmo por el público. El Racing jugó más y mejor al fútbol. Dispuso entonces de tres ocasiones claras para marcar: Un remate de Arana en plancha, otro de Christian con la suela del zapato y un semichut de Munitis. Material emocional para subir la temperatura. La ofensiva verde obligó a Ballesteros y compañía a forzarse al máximo. Alguien debió decirle algo a Del Horno para que no abandonara su posición. El vasco es un futbolista enérgico, con los registros de un lateral. Se anima a veces demasiado a adelantar metros con la pelota.
El equipo de JIM recurrió al músculo para ganar presencia en el campo. Xavi Torres, por ejemplo, insistió en indicar el camino a sus compañeros. Había que abrir el campo y buscar la incorporación de los interiores. Por ahí rompió u equipo el partido. El Zhar, demasiado previsible con su juego de piernas, le dio el punto de lucidez necesario al partido. Mirando al tendido, emulando al mítico Laudrup, dejó de tacón el balón a Xavi Torres. El centrocampista sirvió entonces la pelota al segundo palo, donde Koné estiró el cuello, entre el portero y el poste, para marcar. No sabía si llorar por el dolor o por la alegría.
Con ventaja, el Levante UD alteró el orden del partido. Por primera vez en varias semanas, el equipo de JIM recuperó la frescura. Se sintió, de nuevo, capacitado para ganar el partido. El paisaje cambió hasta el descanso. De nuevo, dio la sensación de que todos sus jugadores forman parte de una tropa. Sólo el portero del Racing impidió, entonces, que el Levante UD dejara el partido encarrilado, libre de los altibajos emocionales que suelen vivirse en Orriols en esos finales de infarto. Mario, segundo guardameta del equipo cántabro, salvó dos veces el 2-0 en la misma jugada. Primera, en un mano a mano con Koné; a continuación, protagonizó una de las paradas de la jornada en una remate a bocajarro de Botelho, el futbolista azulgrana más intermitente, objeto de un penalti del que el árbitro Delgado Ferreiro, un auténtico atleta, no quiso saber nada. El Racing no había dicho su última palabra. Con 2-0, posiblemente, no se habría levantado. Pero tenía margen para la reacción. Justo cuando el Levante UD se reposicionaba en el campo, el equipo cántabro equilibró el partido. Fue en una acción de desajustes defensivos, aprovechada por Arana para enviar un zapatazo junto al primer palo desde fuera del área.
Con una sensación térmica próxima a los cero grados, el partido entró en una nueva dimensión en su último tramo. No llegó el gol, pero si noticias para el optimismo, para no perder la ilusión pese al duro calendario que se presenta —visitas consecutivas al Real Madrid y al Málaga—. Valdo, pese a errar el gol solo ante el portero, y Ghezzal dieron otro aire al Levante UD. Hace unos meses, la suerte no le habría fallado para ganar.