El fútbol no tiene lógica, según sostienen los estudiosos del asunto, pero, a veces, ésta resulta tan aplastante que no le queda otra salida que imponerse, se quiera o no se quiera y aunque se desee ardientemente que no. Es lo que le viene ocurriendo al Valencia en sus últimas confrontaciones con el Barça. Quiere pero no puede. Esta vez, sus recursos tácticos le dieron para aguantar dos ratos, al principio de cada tiempo, cuando las fuerzas físicas andaban más o menos parejas. A la que el Valencia comenzó a resentirse por el esfuerzo que le suponía frenar el juego de desgaste del rival, el Barça se hizo con las riendas del partido. De nuevo, Emery estuvo casi a punto de darle un disgusto al campeón. Casi. Ese cachito que le falta, resulta fundamental y mide la gran diferencia entre un equipo cuajado de estrellas, que todo el mundo sabe a lo que juega, y otro mermado, difícil de identificar, con algún inmaduro como Feghouli en sus filas, y con figuras emergentes en plan irreconocible, caso de Rami, absolutamente desaparecido en lo que va de 2012, y del decaído Víctor Ruiz.
Para que la eliminatoria hubiera cambiado de color, era necesario, según criterio universalmente admitido, que el Valencia jugara un partido perfecto y el Barça no tuviera su día. Los de Pep no están en su mejor momento; los de Unai, mucho menos. Pero a aquellos se les sale el fútbol por las costuras y a estos hay que suturarles la defensa para que no se les cuelen los rivales por los agujeros que dejan. De manera que imposible.
La España talibán. La España más visceral y menos racional vuelve a estar atacada de intransigencia. Frente a la sátira más o menos afortunada, ha tenido la misma reacción colérica que en su día encendió a los talibanes contra el dibujante danés que osó caricaturizar a Mahoma. ¿Será ese talante sacramental lo que nos envidian los franceses?