El dichoso aval(ista)

13.09.2013 | 01:06

En el caluroso agosto de 2009, tras un curso de agotador trabajo, los consejeros de la, por entonces, todavía poderosa Bancaixa disfrutaban de un merecido descanso. De repente, contra la costumbre establecida de no interrumpirles sus bien ganadas vacaciones, fueron convocados por José Luis Olivas, a la sazón el capo de la extinta entidad financiera qué tiempos aquellos, para celebrar un consejo de administración extraordinario. A regañadientes acudieron el día de la cita, al almuerzo previo. Allí, entre plato y plato, fueron informados por el presidente, del objeto de la reunión: la concesión de un crédito extraordinario de 74 millones de euros a la Fundación del Valencia CF, para que ésta pudiera adquirir acciones del club y convertirse en su accionista mayoritario. A más de uno, el bocado se le atragantó; a otros, el vello se les erizó; a los «xotos» irredentos, se les abrieron las carnes de la emoción y todos ellos se quedaron con los ojos como platos. La entidad bancaria ya tenía concedido al VCF otro préstamo de 270 millones, con el solar de Mestalla como garantía. Algunos comensales advirtieron del riesgo que se corría con una nueva operación crediticia, otros recordaron las directrices del Banco de España contra las operaciones con clubes de fútbol... La mayoría no estaban por la labor y exigían garantías solventes, más allá de las acciones del propio VCF. La insistencia del director general, Juan Zurita el hombre que luego impartiría las instrucciones financieras a Manuel Llorente y, por tanto, se convertiría en el presidente «de facto» del club, no lograba doblegar a los renuentes. Así que a la hora del café, el jefe Olivas se ausentó. A su vuelta para la reunión formal del consejo, anunció solemnemente que ya contaba con un avalista: el Instituto Valenciano de Finanzas (IVF), que viene a ser como el banco de la Generalitat. ¿Con quién había hablado Olivas en ese tiempo? Es fácil de imaginar. Con el único capaz de facilitar y agilizar esa gestión con el IVF. (Posteriormente, Llorente, siempre que se ha terciado, ha alardeado de que Camps es un gran valencianista). El anuncio de Olivas conformó a los consejeros, que aún así, exigieron garantías de que el aval cumplía los mismos requisitos que cualquier otro; es decir que no había gato encerrado. Salvaguardada la solvencia de la operación, se aprobó la concesión del crédito. Hasta los consejeros más reacios salieron de la reunión con la convicción de que Bancaixa no asumía ningún riesgo. Al contrario.
Cuatro años después, aquel aval y su garante, la Generalitat se ha convertido en una especie de mantra recurrente que el valencianismo invoca cada día: desde el presidente Salvo, con su preceptor Aurelio, pasando por Bankia y, por supuesto, por las huestes mediáticas y sus fanfarrias.
El único que trata de ponerse de perfil, como si el asunto no fuera con él, es el Consell. A Fabra parece que el tema le resulta embarazoso. Es comprensible. No tiene un duro. Pero eso no es excusa para que eluda la responsabilidad que en su día contrajo el Gobierno precedente, que era, además, de su mismo partido. Ni siquiera puede ampararse en la sentencia que, por razones técnicas, declaró nulo aquel aval. En todo caso que denuncie a quien lo facilitó y que expedienten a los altos funcionarios responsables de su tramitación. Mal si no se sabían la normativa vigente y peor si, conociéndola, la vulneraron. Y por supuesto que pongan en la picota a los Llorente, Fajardo, Társilo... y el resto de trileros que metieron al club en esos «fregaos». Pero el dichoso aval que ahora exige Bankia, con toda la razón, está legitimado aunque jurídicamente haya quedado en suspenso. Y el Consell, por mucho que le duela, debe asumirlo. Es su obligación moral y la única forma de desatascar el peligroso embrollo en el que se halla sumido el VCF.

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