17 de agosto de 2015
17.08.2015
Reportaje

Plantar un árbol y subir el Tourmalet

Ascender el coloso pirenaico es el gran objetivo de la gran familia de cicloturistas y triatletas durante el verano

17.08.2015 | 04:15
Iris Rodríguez y María Rubio, de Tripuçol, a la derecha, celebran su triunfo sobre el Tourmalet.

Tener un hijo, plantar un árbol o escribir un libro son los objetivos que, según aconseja la sabiduría popular, hay que cumplir antes de pasar a mejor vida. Pero los cicloturistas tienen alguno que otro más. Y, puestos a elegir, el preferido es subir el Tourmalet. Todo «biker» que se precie (amateur que participa en pruebas en línea, triatleta o simple aficionado que «le mete caña a la bici») tiene que enfrentarse a él para poder ser llamado, con más razón de ser, ciclista. Cada verano, cientos de valencianos afrontan el desafío tantas veces visto por televisión.

Sin duda el Col de Tourmalet es el Rey de los Pirineos. Quizá no es el más largo, ni duro, ni el más bonito. Pero si el más mítico por todo lo que conlleva. Se impone en todo al Aspin, Marie Blanc, Aubisque, Peyresourde, Hautacam, Soulour, Val Louron y resto de gigantes pirenaicos.

Es un puerto de 19 kilómetros catalogados como «interminables» por aquellos que se atrevieron en algún momento de su vida a enfrentarse cara a cara al temido coloso. El pasado fin de semana lo hicieron dos jóvenes triatletas del club Tripuçol. Una de ellas, Iris Rodríguez, narra su experiencia. «No es ni la pendiente ni las bajadas ni las curvas peligrosas lo que lo hace especial, sino su distancia». La motivación de seguir adelante una vez iniciado el camino son las señales que se encuentran a cada kilómetro en las que se indica la distancia que queda por recorrer y la pendiente máxima del tramo. «Ver estas señales te ayuda a continuar, ya que cada vez va quedando menos distancia y eso motiva».

Todo cicloturista que quiera conseguir el imaginario «carnet de ciclista» únicamente debe organizar el viaje y poner rumbo a tierras francesas. Así lo hizo Iris junto con María Rubio. «No existe un tipo de preparación específica para poder superarlo, simplemente haber dedicado a la bicicleta el tiempo necesario», asegura. Una vez allí, abastecerse de todo lo necesario para el camino, agua, bebidas isotónicas, barritas energéticas y a pedalear. Los sentimientos y sensaciones afloran a medida que van pasando los kilómetros. Los primeros producen expectación, «ya que no son demasiado duros y da mucho tiempo para imaginar lo que vendrá después». Los corredores que ya han sido advertidos por otros compañeros que ya se atrevieron con este reto, saben que deben recorrerse con calma y guardar fuerzas, ya que lo que viene no es nada sencillo. El paisaje que brindan los primeros kilómetros del Tourmalet provocan admiración en todos aquellos que lo recorren, a la par que miedo, en el sentido deportivo de la palabra, dado que «poco a poco se puede ver cómo las carreteras se enroscan en lo alto de la montaña y desaparecen por la niebla».

A partir del kilómetro 12...
El kilómetro 12 marca un antes y un después en el recorrido. «A partir de este tramo la sensación de expectación desaparece entre el cansancio que ya empiezas a tener». Muchos de los ciclistas deciden parar a descansar porque a estas alturas del recorrido ya han comprendido que subir el Tourmalet no es cualquier cosa, y que lo que queda por delante no va a ser nada fácil. «María y yo paramos a descansar unos minutos y aprovechamos para mojar el mallot en un riachuelo».

«Los últimos cuatro kilómetros se vuelven infernales». La sensación de agotamiento es inmensa y la frustración se apodera de los que piensan que sus fuerzas están a punto de llegar al límite y el Tourmalet, a poca distancia de terminar, va a poder con ellos. «Pero ahí están las señales que te indican lo que falta».

Todo desaparece de inmediato al ver al fotógrafo que plasma la llegada y el cartel que indica el final del Col de Tourmalet. La «satisfacción, orgullo, felicidad e ilusión» se juntan para generar una sensación pletórica. No hay ninguna recompensa (medalla, camiseta...), aunque eso no es problema, ya que los verdaderos amantes del ciclismo valorarán más el orgullo y la satisfacción de haberlo conseguido. Arriba hay una escultura de un ciclista, un pequeño restaurante y docenas de cicloturistas igual de satisfechos. Y es que poder sentirse Alberto Contador no es algo que pueda conseguir cualquiera. Después de superar este reto, pocas cosas podrán resistirse.

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