01 de septiembre de 2015
01.09.2015
En el interior del coche de los comisarios

Tres horas con el amo del pelotón

Los comisarios ejercen un control absoluto sobre la carrera, ante el que directores, asistencias y Guardia Civil obedecen ciegamente

01.09.2015 | 11:33
La Vuelta Ciclista a España, desde dentro
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Tres horas con el amo del pelotón

La Vuelta Ciclista a España se puede ver de muchas maneras. Una de ellas es como invitado en uno de los coches oficiales. No tiene nada que ver con los primeros planos de televisión. Aquí hay que seguir la carrera guiándose por la intuición y por lo que dice Radio Vuelta. Durante gran parte de la etapa los corredores se ven a lo lejos. Los comisarios vienen a trabajar para que otros lo disfruten.

«Bienvenidos a la décima etapa de la Vuelta entre Valencia y Castellón. Que tengan un buen día». Al sonsonete de Radio Vuelta le falta decir de donde extraer los chalecos salvavidas porque aquí, en algunos momentos, también se va a volar.

En el interior del coche de uno de los comisarios, la ronda adquiere una nueva dimensión. Son profesionales y asumen que su papel no es el de disfrutar de la etapa con cerveza y «sillón-ball». Aquí se trata de conducir con pericia para no llevarte a un ciclista por delante „muchas veces se pasa a un pelo de distancia, pero nunca pasa nada„, bajar los puertos con valor porque si no, el pelotón te merienda y dirigir los movimientos del pelotón. Ese que, tras pasar por una Valencia repleta hasta los topes para ver el tramo neutralizado (a pleno sol y a la hora de comer), se lanza a toda velocidad por la pista de Ademuz.

Todos los coches de la Vuelta llevan un aparatito de radio. En una moto, y embutido en un anorak amarillo, el cullerense Jesús Guzmán narra los movimientos con precisión. Lleva un pequeño bloc de notas y canta por el micrófono las incidencias. Si Txurruka se descuelga o si hay una caída poco antes de Náquera. Luego canta los 40 dorsales que componen la fuga. A la chica que muestra las diferencias a los fugados le falta pizarra para apuntar todos los números.

Bajado el Oronet, y con la fuga organizada («40 riders together in front» dice el transmisor), el que trabaja de firme es Juan Martín, el comisario. Sin perder la compostura, por la radio o a base de gestos desde la capota del coche. Es el amo de cabeza de carrera. Nadie da un paso sin pedirle permiso. Hasta los motoristas de la Guardia Civil mantienen una respetuosa obediencia en un terreno, la carretera nacional, que es suya por definición. Los únicos que pueden hacer cualquier cosa son los corredores. El coche del Astana se cabrea porque quiere pasar a dar un bidón a su ciclista, pero le hace esperar. Hace dos días echaron al piloto de la moto neutra (la que lleva ruedas de repuesto universales en las escapadas que no cogen distancia) porque hizo una maniobra imprudente y tiró al suelo a Peter Sagan. Y a Nibali. «Ahora te enteras de todo. Con las televisiones, las redes sociales... hay mil ojos. Al momento ya sabíamos que había pasado algo».

Lale Cubino conduce ese coche y en el de al lado, el del director de carrera, está Fernando Escartín («¿no querías una fuga?» le dice), que es el director técnico, el que ha trazado las etapas. Esta es muy de andar por casa. Lale recuerda esas carreteras de los tiempos de la Vuelta a la Comunitat Valenciana. Serra, Algimia de Alfara, Soneja, Alfondeguilla, la Vall d´Uixó... sin pelea. Ya no existen las metas volantes. «Es algo que ha caído en desuso» dice Lale. Ahora sólo habrá un esprint bonificado en Benicàssim. Mientras, un corredor del BMC de la fuga aprovecha y se la saca para aliviarse.

En los arcenes, miles y miles de personas. Infinidad de cicloturistas y triatletas, con sus bicicletas aparcadas en la cuneta. Empleados de las fábricas, que salen uniformados y se toman una tregua, igual que los socorristas de la playa del Gurugú. Teléfonos, tablets y palos de selfie por doquier. Y colombianos en cada esquina. Las tricolores son mayoría. Y también las banderas españolas constitucionales. Roberto Merhi se asoma en el coche de delante y los paisanos le ovacionan. En el Desierto de las Palmas, Lale vuelve a jugarse la vida. «La Cresta del Gallo de Murcia fue un descenso mucho más peligroso».
En Castelló, el coche se disgrega. Juan se marcha apresurado en línea de meta y Lale sabe que le queda el viaje hasta Andorra. El pelotón tiene prisa por sufrir más.

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