13 de abril de 2016
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Tecnología aplicada al fútbol

Sobre el posible uso de medios técnicos para decidir jugadas polémicas

13.04.2016 | 13:42

Ya hace un mes y medio que tenemos instalado en el sillón de la FIFA, contra pronóstico y frente al candidato oficialista, Salman bin Ibrahim Al-Khalifa, jeque de los petrodólares de Bahrein, al amigo Gianni Infantino. Y no es confianza ni tópico fácil la familiaridad con el nuevo presidente del máximo organismo futbolístico. Se formó, hizo el meritoriaje en la Liga de Fútbol Profesional, cuando Pedro Tomás, Carlos del Campo y un servidor, por el 98-99 del siglo pasado, trabajábamos en la patronal de los clubes españoles empeñados en continuar la modernización estructural y la organización de la ya por entonces mejor Liga del mundo. O eso era al menos lo que pensaba la UEFA, muchos organismos europeos y distintas instancias internacionales, como la Federación Internacional de Historia y Estadística, que nos mandaban en plan estudios y espionaje a sus mejores promesas para ver lo que se cocía en Madrid. Pasaron algunos postulantes por nuestra Liga, pero el que dejó huella e impronta de listo fue, principalmente, Gianni Infantino, que no perdió el tiempo en Madrid. Metió sus narices en la administración del fútbol profesional, los derechos de TV, el marketing y la licencia de productos, el departamento jurídico y el de imagen, la organización de competiciones, la mejora y seguridad de los estadios: UCOS, control de accesos y de billetaje€ Este italiano de origen y de nacionalidad suiza, abogado de profesión, políglota, llega con 46 años a la jefatura de la FIFA, después de haber ejercido de secretario general de la UEFA durante casi una década. Él fue el que introdujo el control financiero de los clubes europeos, el que ensanchó la Eurocopa hasta las 24 selecciones y el que ha manejado con limpieza los sorteos de la Champions. Ha progresado al margen de los viejos paternalismos de los Stanley Rous, Joao Havelange o Joseph Blatter. Accede, lo sabe, a una de las instituciones más potentes del concierto internacional, al Estado del fútbol. Una economía que maneja 700 mil millones de dólares anuales, que ejerce su supervisión sobre 330 millones de jugadores y sobre casi 2,5 millones de clubes. Por ello tiene muy claro cuáles son los objetivos y las metas que se traza para esta etapa que le toca gestionar. La de regenerar y modernizar el viejo mastodonte, cuadrar los números ahora rojos, darle credibilidad, restablecer el honor perdido, salir de la lista negra de las organizaciones mafiosas del FBI para ocupar nuevamente el centro de la escena, con el llamado fair play financiero.

Transparencia, democracia y trabajo fecundo, ése debe ser el lema de su mandato. Y con especial diligencia ahora que aunque tangencialmente aparece su nombre en un episodio de derechos de televisión cuando formaba parte de la asesoría jurídica de la UEFA. Pero hay quienes también apuran al sonriente Buda Infantino a que, en aras de la asepsia, la modernidad y la tecnología poco menos que acabe de inmediato con las interpretaciones, las polémicas y los errores que han sido a lo largo de 130 años la vitalidad de este maravilloso enredo que es el fútbol. Es cierto que no se puede vivir de espaldas a la realidad y despreciar los nuevos adelantos para mejorar la justicia distributiva que todos los días se reparte en los terrenos de juego. Que es obligado un permanente estado de alerta y el propio presidente lo precisa: "no podemos cerrar los ojos al futuro, pero eso no quiere decir que vaya a funcionar". Para ser más concretos, hay dos caballos de batalla que se presentan en los últimos años como los símbolos de la discusión entre reformistas y conservadores. El video, que se emplea con alguna frecuencia en el baloncesto, y el llamado ojo de halcón, que tiene su despliegue más habitual -bastante limitado- en el tenis. ¿Por qué el fútbol no ha de aceptarlos? El viejo sanedrín de la IFAB (International Football Association Board), custodio de esencias y de reglas, colaborador necesario de la FIFA, nunca ha estado en la actitud cerril e intransigente que algunos quieren hacer ver. Ha llevado a cabo bastantes reformas y acometerá en breve otras también razonables. Por ejemplo, la supresión del triple castigo (penalti, tarjeta roja y suspensión a posteriori del infractor) y la cuarta sustitución de un jugador en caso de partidos que lleguen a la prórroga. Pero la aplicación de sistemas tecnológicos que se reclaman con insistencia -ya en el Mundial de Brasil se aplicó como prueba el gol-control- se aventura mucho más compleja. Forzado por la corriente, aunque sin mayor convicción, Infantino admite ahora "evaluaciones futuras con mucha cautela". Así debe ser porque este juego vive de su propia dinámica. De la continuidad, la excitación, el ritmo, la sucesión de lances. No puede interrumpirse a demanda. Sería desvirtuarlo. Lo haría, además, interminable. Pararlo, consultar a instancias ajenas al árbitro, dirigirse a una mesa de control que no necesariamente ha de acertar, puede convertir este espectáculo en una cosa administrativa, burocrática, en un negociado de locos, en el que a veces se transforma el baloncesto. Y dejar que concluyan las jugadas y luego anularlas resultaría una tomadura de pelo y una burla para las celebraciones de los aficionados. Al margen de que no hay fórmula que no genere agravio al supuesto infractor en el caso de reanudar una jugada de consulta si se determina que no hubo motivo de sanción. Todo ello aceleraría, además, los brotes de violencia en el propio estadio. Hacer esperar a ochenta mil personas por una decisión que no necesariamente ha de ser la correcta tiene riesgos ya advertidos por los expertos en seguridad. El reglamento universal del fútbol, por otra parte, exigiría inversiones cuantiosísimas que no pueden acometer las federaciones y clubes modestos de muchos países o remitirían a estos a la proscripción y al desprecio. Sólo el sistema citado para determinar si el balón traspasó la línea de gol requiere por estadio doce cámaras de alta resolución además de una unidad de control. El precio estimado ronda los cinco millones de euros. Estadísticamente no hay más de tres o cuatro jugadas dudosas de éste tipo en una temporada. El fútbol es un juego simple y a la vez complicado. Necesita del árbitro. Sin éste no hay partido y con él tenemos, por delegación, un juez único, de veredicto inapelable. Las decisiones más trascendentes del juego (penaltis, manos o expulsiones) se basan en su criterio e interpretación. Juzga intencionalidad y voluntariedad. ¿Evitar errores y polémicas? De eso y de goles vive el fútbol, así se retroalimenta, porque nació como una disputa, una batalla y un pleito. Esa es su contradicción, su singularidad y su morbo. Esa es su ley. Y su capacidad para cautivar a miles de millones de personas -hacerlas felices o desgraciadas- desde hace más de un siglo. Intentar cambiarlo, hacer de él una pretendida ciencia exacta, si es que eso dentro de muchos años fuera posible, sería destruirlo. Recapitulando, que ya ha estado el nuevo Papa Infantino en su primer viaje apostólico por Sudán, Etiopía, Djibuoti y Gabón, insistiendo en su celo misionero, prometiendo la secretaría general a un representante del continente africano, haciéndose, por teleconferencia, sudamericano ante la CONMEBOL y tratando de atraer nuevamente a los patrocinadores que han huido de la mala imagen de la FIFA. Es italiano y suizo, intuitivo y cartesiano, conoce bien el depósito de la fe futbolística, el corazón del reglamento, la apasionada universalidad de este deporteespectáculo. No irá mucho más allá de las "evaluaciones con mucha cautela". Lo dejó escrito nuestro Nobel J. R. Jiménez e Infantino lo sabe: "No la toques más, que así es la rosa".

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