09 de mayo de 2016
09.05.2016
La futbolista más veterana de España

La futbolista más veterana de España: "Soy un mito del vestuario"

Mª Carmen Quiles, madre y ama de casa, juega a sus 53 años en el Pedralba, en 2ª división autonómica

09.05.2016 | 11:49
Vídeo: F. Bustamante

Con la melena perfectamente moldeada al estilo Fernando Redondo, la equipación del Pedralba azul impoluta y las botas rojas relucientes, Mari Carmen Quiles recibe ansiosa a los periodistas de Levante-EMV antes del entrenamiento. «No me gustan mucho estas cosas», advierte antes de comenzar a relatar su nutrida trayectoria como jugadora de fútbol mientras hace malabarismos con el balón. Tiene 53 años y juega en la segunda división de fútbol autonómica, lo que le da el honor de ser de el/la futbolista federada más veterana de España y, quién sabe, si de Europa. O del mundo. Su longevidad sobre la hierba nos traslada, irremediablemente, a la figura de Stanley Matthews, futbolista inglés que alargó su carrera hasta más allá de los 50. Mari Carmen no sólo le ha igualado, sino que lleva camino de prolongar el camino hasta quién sabe cuándo. «De momento, me respetan las lesiones. Este año el entrenador me dijo que iba a jugar unos 60 minutos por partido, pero al final estoy jugando los 90», asegura orgullosa.

El Pedralba CF disfruta estos días de la clasificación de su primer equipo masculino para la promoción de ascenso a Regional Preferente. También de Mari Carmen, que se acerca a otro final de temporada con la coraza impertérrita. Es una buena noticia para el conjunto femenino, que volverá a disponer de su capitana otro año más. Por descontado, también es una excelente noticia para todo aquel que practica un deporte de contacto. Es posible competir contra veinteañeros a los 53 años.

Dos minutos de entrenamiento bastan para conocer uno de sus secretos: Mari Carmen es una centrocampista inteligente, especialmente dotada para la colocación y la gestión del balón. La Pirlo del Pedralba. No corre ella, corre el balón. No malgasta una caloría de combustible. «Veo muy bien los espacios. Lo veo todo muy claro sobre el campo. Y, cuando encuentro la ocasión, chuto desde fuera del área. Lo veo todo muy bien en mi cabeza», insiste Mari Carmen, que igual le pega al balón con la diestra que con la zurda. El domingo pasado, sin ir más lejos, ofreció un recital de su gestión del juego. Tacones, pases entrelíneas y un gol de cabeza.

La longevidad ha permitido un curioso anacronismo. Dos sobrinas suyas (Alicia y Marce), aún adolescentes, son compañeras del vestuario. La primera es la máxima goleadora del Pedralba. ¿Quién le filtra la mayoría de balones? Su tía Mari Carmen. «Es una mediocentro con muchos recursos y me da muchas asistencias», explica Alicia, que, como sus compañeras, vive hoy con absoluta normalidad la evolución del fútbol femenino en España. Mari Carmen tuvo que nadar contracorriente, cuando ver a una chica jugar al fútbol era como divisar un extraterrestre. Había que tener coraje para hacer oídos sordos a comentarios machistas. «Jugaba con los chicos en la plaza del pueblo. Mientras las otras chicas jugaban a cocinitas o a las muñecas, ella salía a la calle con la pelota a buscar a alguien con quien jugar o a darle a la pared durante horas», recuerda Vicente, compañero de juegos en la infancia. Ahora es su marido y uno de sus más fervientes animadores en la grada. «Le apasiona el fútbol desde siempre. No se pierde un entrenamiento y tampoco ningún partido por la tele. Y es del Valencia», explica.

Una vieja foto en el mural del bar del campo del retrata la precocidad de aquella niña «rebelde»: aparece en la alineación, con 9 años, junto a otras mujeres del pueblo en un partido que se celebró en las fiestas del pueblo en el 71, el año que el Valencia, su equipo del alma, conquistó su última liga en blanco y negro. Ante la falta de una estructura de fútbol femenino en aquella época, se alineó en un equipo de fútbol sala de la comarca. Con 28 años, recibió una carta de la federación comunicándole que había sido seleccionada por la valenciana, nada menos. «Yo, entonces, ya quería tener familia, y dije que no. Ahora tengo un hijo (Óscar) de 20 años», afirma.

Hasta los 42 años, esta centrocampista sosegada, que hace de la sencillez con el balón un arte, no retomó el fútbol competitivo, para convertirse en la referente del Pedralba. Los galones de la edad no le evitan recibir patadas. «Recibo como todas las demás, pero me hago de respetar. En mi equipo no me hace falta mandar mucho. Soy un mito del vestuario», afirma. «¿Lesiones? A veces se me carga el aductor. Y sólo tomo glucosa», asegura con la voz firme.

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