Europa, a ritmo amarillo

 
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J. V. ALEIXANDRE

El gran secreto del Villarreal es un reloj. Su marca es Riquelme, y se mueve con precisión suiza. Además, y a diferencia de otras máquinassemejantes, el internacional argentino es capaz de acompasar el tiempo a su conveniencia. A día de hoy, no hay equipo en Europa que controle mejor el ritmo de los partidos que el Submarino Amarillo. Riquelme los detiene, los vuelve a poner en marcha, los frena, los ralentiza, los acelera.... Él es quien marca el compás. A partir de ahí, el Villarreal despliega su gusto por el buen fútbol y configura un modelo basado en la sencillez - lo más difícil de lograr en este juego-. Toca y toca, y toca... sin prisa pero sin pausa, sin desesperarse pero también sin entretenerse en busca de su objetivo.
El Villarreal es, ahora mismo, un equipo maduro, con complejos mecanismos internos de funcionamiento que, sin embargo, se muestran, finalmente, muy simples. Cada jugador está en su sitio, que no quiere decir que ocupe una demarcación estática; cada cual sabe lo que tiene que hacer, pero es capaz de asumir también, provisionalmente, funciones en beneficio del colectivo. Todos conocen sus limitaciones y tratan de no forzarlas. Manejando estos conceptos básicos, Manuel Pellegrini ha armado un conjunto impecable: equilibrado, lógico, bien aleccionado y mejor trabajado.
Riquelme para o acelera; retiene o lanza; esconde la pelota o, de repente, enfila hacia puerta con el balón cosido al pie. Todo ello, con una fría naturalidad, sin necesidad de grandes alardes. Con la pelota en sus pies es como la caja acorazada del Banco de España: un seguro a prueba de robos. En el Madrigal, Riquelme ha hallado un entorno imposible; sus compañeros le arropan, le protegen las espaldas y le acompañan sin titubeos en todas las aventuras que emprende.
De menor resonancia mediática pero de tanta repercusión futbolística, si cabe, es otro futbolista excelente: Marcos Senna. Referente en la media, al estilo del gran Mauro Silva, no solo lleva a cabo un trabajo implacable de cobertura, sino que se suma al ataque con la visión de un zoom y la precisión de microlente.
Sólo un equipo que utiliza las armas del fútbol clásico es capaz de poner patas arriba un sistema defensivo italiano, hasta desquiciarlo, y desabrochar un equipo tan hermético como el Inter.
Dueño de un lujo como éste, resulta comprensible que Fernando Roig se dedique a lucir el palmito sobre el campo. Está en su pleno derecho.

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