Ayer, el Trinquete de Pelayo abrió, de nuevo, sus puertas y celebró su primer trofeo desde que se cerrara antes del verano por la cuestión aquella de los ruidos. Se han hecho las reformas y esperemos que estas sean efectivas, de manera, que los vecinos no se quejen y la «Catedral» de la Pelota pueda seguir funcionando y ofreciendo sus hermosas partidas de pelota.
Para su reapertura el Trinquete ha contado esta vez con la ayuda y apoyo del Ayuntamiento de Valencia, en un ejercicio de consenso no demasiado habitual, pero que ha sido efectivo. Gobierno municipal, con su concejal de deportes, Cristóbal Grau al frente, y la oposición, con Mercedes Caballero empujando, han ido de la mano para lograr, así lo esperamos, que el problema se solucione.
No podía ser de otro modo y la pena es eso mismo no pueda trasladarse, también, a otras esferas, porque siempre se ha dicho que el deporte servía para unir y que era una de las áreas donde con mayor facilidad podrían lograrse acuerdos. Porque, ¿qué hubiera pasado si gobierno municipal y oposición se echan los trastos a la cabeza, unos alegando que el Trinquete es de una empresa privada y otros apelando a la tradición , o ¿unos que solucionar el problema del ruido es lo primero y otros que la pelota es lo primordial . Pues no se sabe, pero podríamos temernos lo peor.
Bueno, pues cosas de este tipo podrían trasladarse a otros ámbitos, donde se requiere menos nivel de crispación y más colaboración y consenso, sobretodo porque en muchas ocasiones las cosas no se desenvuelven como uno quisiera y hay que plegar velas. Un ejemplo claro es el de la Copa del América, en la que parecía que la cosa iba a seguir por el camino de las «broncas» instituciones de la edición pasada, por el famoso tema de la presidencia rotatoria, desacuerdo que llevo a congelar la creación del nuevo consorcio. Sin consorcio, el gobierno alegó que no podía pagar su parte, lo que fue duramente criticado por Generalitat y Ayuntamiento, quienes pagaron su canon buscando formulas alambicadas y con una prontitud extrema. Pues, ahora va y resulta que la Copa tiene difícil su celebración en 2009 y no por culpa de las autoridades locales o nacionales, sino por el pleito entre el Oracle y el Alinghi. Aquellas prisas no eran necesarias y seguimos a la espera de que un juez de Nueva York, nada menos, dictamine quien tiene razón o lleguen a un acuerdo las partes en conflicto para saber cual será el futuro de la Copa. Mejor y más barato, probablemente, nos saldría la Copa con una postura más unitaria frente a la fuerza y potencia de los suizos. Es más, esa unión institucional puede que haga falta según cómo terminen las cosas.
Claro que hay temas de un gran calado internacional, en donde se lucha a brazo partido por ocupar la «primera plana», y otras cosas como lo de Pelayo parecen nimias. Pero, lo de Pelayo es muy nuestro y potencia nuestras señas de identidad, mientras que otras cosas lucirán mucho, pero pueden ser «flores de mayo». Es lo mismo que el balonmano femenino valenciano, de siempre una gran potencia internacional, y ahí está el Sagunto, abandonado por Astroc pasando su enésima travesía del desierto y sufriendo a mares para lograr apuntalar un presupuesto que no llega ni al 5% de lo que costará la Formula 1, de gran repercusión, pero siempre y cuando este Alonso, porque antes la veían cuatro amigos, porque aquí lo que en ese campo ha representado y representa nuestras señas de identidad ha sido el motociclismo, con una larga lista de campeones y en donde contamos con uno de los mejores circuitos del mundo, desaprovechado para la gran cita de los coches.
Y ni que decir tiene que contamos con otras «señas de identidad», que precisan de rescate, como la maratonina, esa carrera de los Poblados Marítimos con 25 de años de historia que nació cuando no había ni Copa del América ni Formula 1, y que no se ha celebrado este año, sin que las razones queden muy claras. Esperemos, que el Ayuntamiento, nuevamente Grau y Caballero de la mano, no la dejen morir, porque un día pasará la Formula 1 y la Copa del América y, entonces puede que ya no nos queden ni señas de identidad.