Por si aún quedaban dudas acerca del efecto sedante que los buenos resultados ejercen sobre los clubs de fútbol, ahí está el Sevilla. Sus éxitos del año pasado sirvieron para enmascarar una crisis larvada que germinaba en las mismas entrañas de la entidad: desavenencias entre Juande Ramos y su afamado Secretario técnico, Monchi; entre el locuaz presidente y ciertos jugadores; entre el incontenible Del Nido y el entrenador; entre el Consejo y algunas peñas.... O sea que no era oro todo lo que relucía en este Sevilla elevado por su autocomplaciente mandatario, con el acompañamiento orquestal de algunos comentaristas, a la quintaesencia del fútbol mundial.
Pero, ciertamente, no era esto. La racha de derrotas cosechadas por el equipo esta campaña, a las que últimamente no estaba acostumbrada la entidad ni su entorno, ha destapado la caja de los truenos. Al culebrón veraniego protagonizado por Alves y Del Nido, le siguió el excesivo espectáculo necrofílico, tan propio de las sobreactuaciones del lugar, montado en torno a la muerte de Antonio Puerta. Ese trágico episodio suscitó comentarios sobre los procedimientos médicos practicados con sus futbolistas y ha puesto bajo los focos los métodos de preparación utilizados por el Sevilla. Ahora, alguno de sus jugadores más emblemáticos, se está convirtiendo en carne de cañón de la prensa rosa y la televisión basura. El lazo a este paquete de pequeñas pero delicadas cuestiones, ha venido a ponérselo Juande Ramos con su repentino portazo. El técnico se marcha resentido parte de la afición que -¡vaya novedad- dice no entender sus planteamientos. En todas partes cuecen habas...
Así que, retirada la terapia que suponían los éxitos deportivos, aparecen los trastornos sevillistas. Algo de esto, pero al revés, ya lo vivimos aquí, con el Valencia CF de los últimos títulos. El excelente comportamiento del equipo que dirigía Rafa Benítez, fue el maquillaje con el que un Consejo que andaba a puñalada limpia, disimuló sus batallas intestinas, y tras el que enmascaró el descontrol de su errática gestión.
Hoy, Sevilla y Valencia se equiparan en la indefinición deportiva y en la tensión que les envuelve, a la espera de que, una vez más, un resultado favorable esta noche, relaje el ambiente en torno al favorecido y agudice la presión del perdedor.