Juan Jesús Sanmartín,
Valencia
Stanko Barac ganó ayer la guerra que citó a Pamesa y Gran Canaria. Por fin el pívot estiró su sonrisa, inédita desde que llegó a Valencia, y en mucho tiempo. El jugador cedido por el Tau Cerámica no olvida que cuando era un niño y alzaba la vista para hundir el aro en las canchas rotas de su Mostar natal, territorio bosnio pero de mayoría croata, volaban aviones de muerte en aquella sucia guerra sin sentido (1991-95). Tras la cita, hizo lo mismo, pero hacia el marcador de La Fonteta, y descubrió un montón de puntos (13) junto a su dorsal y se marchó contento. Como todo el grupo. Jamás un triunfo fue tan colectivo, tan coral. El marcador le dio la razón a Katsikaris.
«Todo empieza y acaba en la defensa»
, dijo el técnico a la conclusión. Dejar al rival en tres pobres puntos en el último cuarto dice mucho de una buena retaguardia -la mejor en los últimos seis años- y de un horroroso adversario que se tragó un parcial de 21-4 dando con los huesos del equipo de Salva Maldonado en el parquet, suplicando porque lleguen tiempos mejores. El Pamesa le dio una zurra importante a los isleños, de esas que tardan en desaparecer, porque los
taronja
andaron finos en casi todo, y casi todos. Acaso Albert Miralles, acostumbrado a amontonar dígitos. Ayer no fue su día.
En un inicio cachondo, loco, de los que gusta a la grada y odian los entrenadores, el Pamesa entró despierto a la cita, con ganas de extinguir al Gran Canaria por el camino más corto (22-7, m. 8) amparándose en las muñecas negras de Fred House, Ruben Douglas y Shammond Williams. El panameño volvió a ser el de casa, regular, letal, decisivo (15 puntos) y el base norteamericano, que anda corto de castellano y pide la bola naranja aplaudiendo para llamar la atención de sus compañeros, construye canastas y asistencias cuando una defensa en zona se planta en medio. Él la corta como mantequilla por medio de penetraciones (11 puntos).
Y cuando el encuentro andaba plácido, surgió Sitapha Savané. Hijo del Ministro de Fomento de Senegal, que calienta con su reproductor musical y aficionado al baloncesto. Que suele liarla si le viene en gana (33-29, m. 18), e incluso pone en aprietos a cualquiera cuando llama a un autóctono de Canarias -siete temporadas allí- como Jim Moran desde los triples, y Massie por dentro (37-39, m. 23). En esas el Pamesa abrochó su defensa y la pintura se convirtió en un bosque de brazos, impenetrable para cualquiera que intentaba entrar. Por entonces se sumó en ataque Dejan Milojevic, que necesitaba los aplausos de la grada para acordarse de que su juego llegó a ser un día tan bueno como el de ayer. Junto al serbio comparecieron en la anotación Víctor Claver, vital en la recuperación del equipo, Douglas, y el mismo Barac, que casi abrocha unos últimos diez minutos de vídeo (21-3), en los que se incluyeron tres triples en ristra. Todo por «culpa» de Vule Avdalovic, que salió algo tristón, allá por el segundo cuarto, pero que ha mudado su traje de la anotación por el de la defensa, al igual que Oliver, algo que les agradeció su entrenador públicamente.
Y mientras todos se retiraban, Barac miraba al cielo del pabellón, al tiempo que se retiraba Savané, marine de profesión. Y el pívot del Pamesa no podía ser más feliz. Porque ayer ganó él la guerra, la primera desde que está en Valencia. De esas que se libran con canastas de por medio. Sin aviones, pero con público. Sin heridos, pero con derrotados. Sin balas, pero con puntos, rebotes, asistencias y valoración. Ayer fue el que más puntos se llevó. A Barac se le vio sonreír, se le vio jugar a baloncesto. Estaba en su salsa, era su batalla. Su guerra. Y la ganó.