J. C. VALENCIA
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El Palau de la Generalitat y sus alrededores fueron ayer escenario de un esperpento casi a la altura de los de Valle-Inclán. Tras haber generado el vicepresidente económico del Consell, Gerardo Camps, una expectación insólita con sus reiteradas manifestaciones a favor de una fusión esta legislatura entre las tres cajas valencianas, la firma de un convenio entre el Instituto Valenciano de Finanzas y los presidentes de Bancaja, CAM y Caixa Ontinyent, con una reunión previa con el jefe del Consell, Francisco Camps, parecía el momento definitivo para aclarar el panorama. Lo que sucedió fue todo lo contrario.
Tras su encuentro privado de hora y media, los dos Camps más José Luis Olivas, Modesto Crespo y Rafael Soriano comparecieron ante la prensa con una hora de retraso respecto al tiempo previsto y se dispusieron por turnos a firmar el convenio. Las caras eran reveladoras. Los dos políticos intentaban dar la imagen de estar relajados. Olivas, que fue de la misma cuerda, más o menos también. Crespo y Soriano, por contra, parecían asistir a un funeral. El discurso de este último fue digamos que extraño. Era pertinente a ese acto, si no fuera porque a nadie le interesaba el citado convenio. Tanto fue así que detrás de él, ajenos a sus palabras, los dos Camps cuchicheaban entre sí y Olivas le mostraba divertido al muy serio Crespo algún mensaje de móvil. Calló Soriano y la pléyade de periodistas tomó bolígrafos y puso en marcha la grabadora. Iba a hablar Camps. Habló y, al fin, nadie entendió qué había dicho. Hubo un intento de la prensa por que se aclarara, pero no respondió más que para negar que se vaya a paralizar el proceso electoral en las cajas. ¿Fusión? Silencio y cara de estupefacción. Y se fue seguido de los demás, que ya creían haberse salido de rositas.
Desconcierto
Desconcertados, los medios salieron atropelladamente al exterior del Palau para intentar cazar allí a los presidente de las cajas. La puerta de la calle Caballeros se convirtió en un espectáculo. Una nube de informadores hacía guardia. En la acera de enfrente, los paseantes se detenían, curiosos, ante el show. Salió el vicepresidente tercero, Juan Cotino, que anduvo toda la mañana entre bastidores, y fue abordado por un hombre desesperado que llevaba a su hijo en un carrito y le pedía soluciones personales. Ahí apareció Soriano, que apenas despertó interés y no dijo casi nada. Se esperaba a Olivas y Crespo. Un rato después apareció este último, que, instantáneamente, fue rodeado por un auténtico enjambre de periodistas. Iba tan aturdido que se equivocó de ubicación de su vehículo. Se fue a la izquierda rodeado de cámaras y micrófonos. Error. Hacia la derecha. Un buen trecho de calle. Una nube a su alrededor. Carreras. Casi invisible y apenas audible, aunque se le entendió que Camps había sido muy "explícito". Lástima que no aclarara a continuación qué había entendido él para iluminar al resto.
Nueva tregua. Al cabo, aparecen los dos Camps y Olivas. El presidente de Bancaja aprovechó la ocasión para escabullirse, aunque algún periodista que quiso abordarlo lo vio salir corriendo sin responder. El resto se fue a por el jefe del Consell y su conseller de Economía, que se las vieron muy serias para poder subir al coche oficial. El president se remitía a sus anteriores palabras -"He sido muy claro"- y el vicepresidente, agente provocador de toda esta situación, callaba porque "cuando habla un presidente no lo hace un conseller". Un informador repetía desde el fondo de la nube "¡Fusión sí o no! ¡Fusión sí o no!". "Lo que digan los órganos de gobierno", contestó al fin Camps mientras entraba en su vehículo. Desde la acera, un par de mujeres airadas increpaban al presidente de la Generalitat por el caso Gürtel. No callaron hasta que el coche se hubo alejado.