La guerra de las divisas

 

Comercio exterior. Los desequilibrios internacionales y la lentitud de la recuperación económica han dado pie
a un pulso entre países que tratan de ganar cuota de mercado en sus exportaciones para crecer forzando devaluaciones competitivas de sus monedas.

JAVIER CUARTAS VALENCIA La primera gran crisis económica internacional del siglo XXI acaba de entrar en una nueva fase: la "guerra de las divisas".
Esta tensión nace del intento desesperado de diversos países y áreas monetarias por salir del círculo vicioso de la atonía y el débil crecimiento económicos -una vez superada la fase más aguda del desplome de la actividad y la recesión- por la vía de recuperar competitividad y ganar cuota de mercado internacional mediante el manejo de la política cambiaria. Induciendo la depreciación competitiva de la moneda propia se abaratan las exportaciones y con ello se alienta la esperanza de inyectar crecimiento económico y creación de empleo en el país merced a la demanda exterior, máxime cuando la demanda interna no garantiza por sí misma el sostenimiento de la leve recuperación actual y mucho menos el relanzamiento del dinamismo y la generación de riqueza.
Esta "guerra de las divisas", que amenaza con desestabilizar la salida de la crisis, ha hecho cundir la inquietud global y ya es la principal cuestión de negociación multilateral en el seno del G-20, que agrupa a las principales potencias y países emergentes.
El riesgo no es pequeño. Una espiral de devaluaciones estaría abocada inevitablemente al fracaso para todos sus artífices: ningún país cobraría ventaja si todos deprecian sus monedas, por lo que el supuesto efecto dinamizador se disiparía. Es lo que se conoce como "suma cero". Además, generaría un grave daño a terceros países y tendría repercusiones negativas sobre la marcha global de la economía en la medida en que una "guerra de monedas" puede acabar asfixiando a países emergentes que, por haberse visto eximidos de la crisis -caso de Brasil-, están actuando como locomotoras de la recuperación internacional. Una cascada de devaluaciones unilaterales supondría, además, el abandono de la búsqueda de una salida conjunta de la crisis, que fue la estrategia internacional por la que se optó -sobre todo a partir de septiembre de 2008-, en la convicción de que de una gran recesión sólo se sale si lo hacen todos los países de la mano. Y la instauración del principio individual del "sálvese quien pueda" abocaría al mundo a repetir el magno error que ya cometió la comunidad internacional en la Gran Depresión de 1929: el resurgimiento del proteccionismo como vía de escape de la crisis. Lejos de favorecerlo, las barreras arancelarias y las cortapisas al comercio internacional profundizaron la crisis de los años 30.
La incipiente "guerra de divisas", como la definió el Gobierno brasileño, no nace por generación espontánea. Forma parte de una secuencia en el desarrollo de una crisis que, además de aguda, se ha demostrado mutante y transformista en su evolución, a medida que iba cumpliendo etapas.
Como fichas de dominó, la crisis estalló primero en el mercado inmobiliario de EE UU. Los fallidos de las inmobiliarias golpearon a la banca por su exposición al sector. El hundimiento financiero colapsó el crédito a las empresas y generó una crisis en la economía productiva, cierres de empresas, paro y caída de la demanda. Este complot de infortunios arruinó los ingresos fiscales de los estados, que además tuvieron que multiplicar sus gastos para rescatar al sistema financiero, socorrer a empresas y sectores productivos, amparar a los parados e inyectar estímulos en la economía mediante un ingente gasto público para compensar el desplome de la demanda privada.
Este esfuerzo estatal abrió la cuarta fase de la crisis: la de la deuda y los bonos soberanos. Los ataques masivos especulativos llevaron a muchos países (caso de la UE) a un ajuste severísimo en el gasto público y recortes fiscales intensos.
Y esto es lo que da pie ahora a la "guerra de divisas". La ficha de dominó del endeudamiento público, una vez que cae, golpea y arrastra consigo a la política de los tipos de cambio. Y ello porque cuando la demanda privada interna aún no se ha restablecido, y cuando además los estados se han visto obligados por los mercados a abandonar la vía del endeudamiento público como factor tractor de la economía, y cuando apenas queda margen para reducir los ya bajísimos tipos de interés como opción de estímulo, el único recurso para impulsar el crecimiento es la vía exterior, promoviendo ganancias de competitividad que permitan arañar cuota de mercado a otros países en el todavía débil comercio internacional.
La devaluación de la moneda ha sido uno de los procedimientos más recurrentes para lograr este objetivo. España lo hizo muchas veces cuando aún existía la peseta y tenía el control sobre su propia moneda. Pero en el contexto actual esta tentación se ve acrecentada por los profundos desequilibrios que existen en la economía global y que coadyuvaron al origen de la crisis.
Es el caso de la coexistencia de países como China (y Alemania, en el caso europeo), eminentemente exportadores -y que actúan como banqueros del mundo porque sus fortísimos superávits comerciales les permiten financiar a los estados con déficit exterior y fuerte endeudamiento-, con aquellas otras naciones, como EE UU y España, muy demandantes de bienes y servicios pero también de ahorro exterior para financiar un nivel de inversión y consumo, superior a su propia generación de recursos.
A estos desajustes se han sumado nuevas desarmonías. Una es que la UE haya optado por abandonar la política fiscal expansiva, con un brutal recorte del gasto público, a la vez que empieza a retirar estímulos monetarios, y mientras se oyen voces alemanas pidiendo la subida de tipos de interés, en tanto que EE UU mantiene los estímulos fiscales y el gasto público y anuncia nuevas medidas de "expansión cuantitativa", con un plan de inyección masiva de dólares en el mercado.
Todo ello tiende a apreciar el euro y a depreciar el dólar. Con ello EE UU pretende facilitar sus exportaciones y encarecer sus importaciones, pero también abarata el coste de su deuda pública porque los billetes emitidos se emplearán en compras masivas de bonos, con lo que subirá su precio (más ingresos para el Estado) y bajarán sus tipos de interés (menores desembolsos).
La tercera asimetría la protagonizan los países desarrollados frente a los emergentes. Los bajos tipos de interés en la UE, Japón y EE UU (entre 1% y 0%) y la débil expectativa aún de crecimiento de sus economías están impulsando importantes flujos de capitales hacia países como Brasil. Con mayores tipos de interés y apenas afectados por la crisis económica, estos países brindan mayores expectativas de rentabilidad a los inversores. Pero la llegada creciente de capitales a estas áreas está tensionando al alza sus monedas, lo que resta competitividad a sus productos y puede frenar sus exportaciones, con el consiguiente efecto de freno sobre sus economías, lo que, de materializarse, podría convertir la epidemia de la crisis en pandemia.
A ello se suma la actual tendencia depreciatoria del dólar, moneda "ancla" y que, cuando pierde valor, determina la automática apreciación de las demás en referencia con ella. Esto ha llevado a Japón, que depende de la exportación y está en crisis deflacionaria desde hace más de una década, a bajar los tipos de interés al 0% para forzar un debilitamiento del yen, revalorizado de forma inducida por la bajada del dólar. La caída del yen contribuye, además, a la lucha nipona contra su deflación.
Todo el mundo mira, entre tanto, a China, acusada de manipular su tipo de cambio a la baja. De la crisis no se saldrá, se afirma, hasta que las potencias exportadoras con superávit comercial importen y consuman más y ahorren menos. China, que tiene que crecer más del 5% para no generar paro, alerta de que si frena su exportación no podrá financiar a Occidente y se generarían convulsiones sociales internas en su país que desestabilizarán al mundo.
Europa no ha movido ficha pese a la revalorización del euro. Alemania, la potencia exportadora, parece confiada en que dispone de margen. De hecho, su economía sigue creciendo. Pero además un euro al alza previene la inflación. Alemania teme volver a la hiperinflación devastadora que sufrió en los años 30 como EE UU a la deflación que padeció entonces. De ahí que sigan estrategias diferentes. Y un euro revalorizado atenúa la deuda exterior, otra prioridad hoy de la UE, mientras abarata la factura del petróleo.
Pero el dólar débil amenaza con una "burbuja" de materias primas.

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