El filósofo Sócrates se quejaba hace 2.500 años de que: "La juventud de hoy ama el lujo. Es maleducada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores y chismea", recuerda Albert Pitarch, prologuista de "Leer la cartilla". En su opinión, "no parece que esto haya cambiado mucho. Lo han hecho las formas. Se han actualizado los códigos pero uno tiene la impresión de que los objetivos siguen siendo los mismos: la naturalización de los valores dominantes, todo un piélago de pautas, normas, prohibiciones y permisiones".
De estas guías, Pitarch añade que "se trata de ordenar la conducta" porque "el poder impone su orden y su legalidad, intentando llegar a los últimos resquicios de la intimidad y del libre albedrío".
Así, las cartillas de urbanidad se refieren a la conducta en general, la diferencia de los sexos, qué hacer al levantarse, el aseo personal, el comportamiento con los padres, las necesidades fisiológicas, en la mesa, el servicio, "los criados", los paseos, la escuela, los amigos, el juego, visitas, las conversaciones, el tratamiento, el corroo, la moral y al acostarse. La fiscalización completa de la vida de una personas, totalmente normativizada.
Los títulos lo dicen todo: "Reglas de urbanidad para señoritas", "Ideas y ejemplos", "Lectura útil y agradable para niñas", "El camarada", "Juanito", "El consejero de la infancia: Reglas de religión, moral, urbanidad e higiene y breve resumen de la Historia Sagrada", por el barón de Andilla, "Lecturas educativas", "El maestro de sus hijos" o "Regles morals y de bona criança". Incluso, en 1907 el valenciano José Serred ironiza en "El tratao de la finor". m. ducajúvalencia