MAITE DUCAJÚ VALENCIA
"Niños, en la tierra escabrosa que comenzáis a habitar, hay deberes que llenar, si pretendéis ser dichosos" sentencia Bertrán de Lis en su "Reglas de urbanidad para el uso de señoritas", editadas en Valencia en 1890. Uno de los más de setenta opúsculos que colecciona el bibliófilo Rafael Solaz y que analiza en su "Leer la cartilla. Desde la Urbanidad a Educación para la Ciudadanía".
Durante más de dos siglos y hasta hace bien poco, los alumnos españoles eran sometidos al cumplimiento de estrictas pautas de comportamiento que se compilaban en las cartillas de urbanidad, habitualmente escritas por maestros a imitación de los tratados franceses, con encantadoras ilustraciones y cuyos protagonistas eran primorosas niñas y pulcros niños. Allí se les enseñaba desde la higiene, la vestimenta o el trato con sus compañeros a la actitud que debían tener en la comida, en una visita o al salir a la calle.
Respeto, disciplina, educación, cortesía, urbanidad desde una óptica conservadora eran sustantivos que se repetían. No en balde, unas cartillas se copiaban a otras.
El coleccionista y escritor valenciano Rafael Solaz se ha dedicado desde los 17 años a recoger por ferias, librerías de viejo, tiendas estas guías del "saber estar" que ahora recopila y analiza en el libro que presentará hoy, a las 19.30 en el Corte Inglés de Colón en Valencia.
"Estas normas, que podemos difinir como rituales sociales, fueron dirigidas básicamente a la educación del niño. Como los árboles, había que enderezarlos hacia una forma de conducta encaminada a una distinción social que, a su vez, produjera el afecto y el respeto hacia los demás y totalmente alejada de un comportamiento vulgar, grosero o descortés" explicó Solaz a Levante-EMV.
Las cartillas tuvieron su "edad de oro" entre finales del XIX y principios del XX, aunque en el siglo XV ya se escribían y durante la II República también tuvieron acogida. Se publicaron más de quinientas. En Valencia, varias editoriales se dedicaron a su impresión: librerías Mariana y Ramón Ortega o Matías Real.
En algunos casos, eran libros sobre la educación correcta del buen cristiano, convertidos en "auténticos tratados de reglas moralizantes" subraya el autor. "Se incidía en las virtudes frente a los pecados: humildad, castidad, caridad". Un complemento fue el catón -compuesto de frases cortas- para ejercitar la lectura y, otro, los epistolarios. "Todo valía para normativizar la vida del niño" concluye Rafael Solaz.