XAVIER DOMÈNECH MANRESA
Acusado de regionalista por unos y de separatista por otros, Pujol nunca ha dejado que una cuestión de etiquetas le limite la libertad de movimientos, la capacidad de amagar entre el radicalismo y el pragmatismo, tirando de la cuerda sin romperla. Culpó al PSOE de haber intentado encarcelarle por Banca Catalana -y arrasó plebiscitariamente en las siguientes elecciones, en 1984-, pero apoyó a González cuando perdió la mayoría absoluta, y en 1995, cuando todo se hundía, le permitió resistir hasta finalizar la presidencia española de la Unión Europea.
Pactó luego tanto con el Aznar centrado de la mayoría relativa como con el Aznar sobrado de la mayoría absoluta. Y en todo este tiempo, cada dos por tres amenazaba con promover la reforma del Estatuto ante las "lecturas cicateras" del gobierno central, pero nunca cumplió dicha amenaza.
Con la boca pequeña afirmaba que ese era un melón peligroso de abrir. Pasqual Maragall no le hizo caso, y se abrasó en el intento. Ahora está advirtiendo lo mismo con respecto a la Constitución: si se toca, dice, y con la que está cayendo, puede quedar peor en lo que al autogobierno catalán se refiere.