Cheque en blanco para una nuclearización sin límites

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E. F. OVIEDO Los pactos con EEUU, renegociados media docena de veces, carecen de precedentes en la historia de España. No sólo por su duración, que es ya de 56 años, sino por la cesión de soberanía que implicaron, al menos hasta la entrada de España en la OTAN, ya que la presencia de soldados extranjeros en territorio nacional se admitió sin que mediase una alianza militar o se estableciese un compromiso de defensa mutua.
Además, dada la premura franquista en encontrar un salvavidas, los acuerdos fueron un cheque en blanco y, en la práctica, las actividades militares de EE UU en España, incluidas las nucleares, carecieron de cualquier control, como denunció en 1976 el ministro de Exteriores, José María de Areilza.
Precisamente, será la voluntad española de ir poniendo coto a esta carta blanca, a la vez que se incrementaban las exigencias económicas y de seguridad, la que marcará los altibajos en las relaciones bilaterales hasta la década de 1980. Frente a esta actitud de Madrid, la estrategia de EE UU se basará en el mantenimiento de los grandes privilegios conseguidos en los momentos de asfixia del franquismo: no reducir el número de instalaciones ni sus posibilidades de uso, no dar garantías de apoyo militar a España -obsesionada por un conflicto con Marruecos, aliado también de Washington- y no aceptar limitaciones en el ámbito de las armas nucleares.
La partida fue ganada por Washington, que desde 1958 nuclearizó sin límites el territorio español e hizo de la naval de Rota una de sus tres grandes bases estratégicas en el exterior. El incidente de Palomares -desencadenado en 1966 cuando EEUU perdió un bombardero cargado de armas nucleares- causó escándalo en el exterior y permitió a Fraga hacerse una impagable foto en bañador junto al embajador de EEUU. Pero también puso de manifiesto el precio pagado por el franquismo para bailar en sociedad.
Washington apoyó hasta el final la dictadura y desconfió seriamente de las posibilidades democráticas de España, aunque los acontecimientos acabaron haciéndole ver la conveniencia de respaldar la transición.
Por su parte, ya muerto Franco, los primeros pasos de la diplomacia española estuvieron marcados por las veleidades neutralistas de Suárez -que se convirtió en el primer dirigente occidental en visitar Cuba y recibió al palestino Yaser Arafat con honores de jefe de Estado- y por la voluntad de equilibrar una relación con EE UU que incluso sectores del Ejército consideraban hiriente. Sirva de ejemplo el general Gutiérrez Mellado, negociador en 1975, quien se fijó como primer objetivo evitar que EE UU tratase a los españoles "como cipayos".

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