JOAN LLUÍS FERRER EIVISSA
Cuando Joan Ferrer Prats dejó de trabajar en el taller de coches y motos de Vila, se trasladó a Sant Antoni, donde conoció al entonces embajador de Rumanía en España. "Me dijo: tú serás mi chófer. Claro, él tenía siete automóviles: cadillacs, mercedes, Chrysler... Le dije que no, que yo no era chófer, sino mecánico. Y entonces me dijo: bueno, pues serás director de una fábrica de aparatos químicos. Contesté: ¡pero si no sé nada! y él insistió: Da igual, te enviaré a Francia y Alemania para que aprendas".
Ahí comenzó la verdadera carrera de Ferrer, que desembocaría en la Casa Vapor de Madrid, una importante industria que trabajaba en altos hornos y otras instalaciones similares. Después de convertirse en maestro soldador a alta presión, fue enviado a los altos hornos de Avilés (Asturias) como jefe de instalaciones de vapor. Allí estuvo entre 1956 y 1960, y desde ahí saltó a Francia.
Pero su juventud no fue fácil. Había nacido en Dalt Vila en 1927. Su escolarización se interrumpió a causa de la Guerra Civil, que le pilló con nueve años de edad. "Entonces nos fuimos a vivir a Casas Baratas -barrio de Ca n'Escandell-, "pero como allí fusilaban a gente, porque estaba cerca del cementerio viejo, nos fuimos a vivir a Sant Agustí; pasamos mucha miseria", recuerda.
Con 14 años entró a trabajar, de forma siempre autodidacta, en el taller de Juan Adrover, al pie de la muralla. Al mismo tiempo, cursó estudios de dibujo artístico (seis meses) y lineal (un año) en Artes y Oficios. Todavía hoy la pintura es su gran afición, como lo atestiguan los cuadros que suele reproducir.
"En Artes y Oficios yo era el primero de la clase", rememora Ferrer, quien, haciendo gala de una prodigiosa memoria, todavía recuerda que obtuvo 154 puntos por un determinado trabajo, mientras que el segundo clasificado, "en Palauet", consiguió 80. No pudo pagarse el instituto y fue matriculado en un seminario. "Pero yo no tenía vocación", admite Joan Ferrer. Fue entonces cuando entró en el taller de Adrover.