No todo el mundo posee el fuste suficiente para ser cañellista. Para la criba, hay que improvisar un decálogo del estilo que acabó impregnando un país:
1. Grisura, mimetismo. El perfecto cargo cañellista ha de ser camaleónico y estar genéticamente dotado para confundirse con el paisaje.
2.Uno de los nuestros. Cañellas llevó al paroxismo la doctrina del One of us de Margaret Thatcher –¿o debiéramos decir de Jordi Pujol? —Ante cualquier ser exterior, era obligado plantearse «¿es de los nuestros?»—
3. Antimadrileñismo. Hay que despreciar a Madrid, por mucho que se milite en un partido estatal. En sus delirios victimistas, Cañellas defendió sin rebozo que Baleares recibía un trato de «colonia de ultramar» y alentó un independentismo con mucho de sainete.
4. La decisión final sólo compete a l´amo. Nada hay más peligroso que la anticipación a la summa voluntas del creador del estilo.
5. Menospreciar la cultura. Aranguren sostenía que sólo hay intelectuales de izquierda, y Cañellas también. Por eso los arrinconaba y se mofaba abiertamente de cualquier manifestación cultural que sobrepasara los límites del folklore.
6. No hacer sombra al líder. La única caída violenta de un consejero del cañellismo fue protagonizada por Maria Antònia Munar, socia de Govern. ¿Su crimen? Salía demasiado en las fotos. ¿La reacción del verdugo? «Es el día más feliz de mi vida».
7. Arremangarse. Harvard no era una ventaja para triunfar en el orbe del doble licenciado por Deusto. Los ultracañellistas culparon del retroceso electoral tras su exilio a la irrupción de los «cuellos almidonados», en un elenco dominado hasta entonces por los payeses auténticos o impostados.
8.Encajar los insultos. Del propio líder, a quien no le costaba tildar de tecnócratas a sus consejeros o denunciar que tenían demasiados compromisos. En un memorándum a su sucesora Rosa Estarás, concluía que, de no seguir sus instrucciones, «date por muerta».
9. Leer los periódicos, pero negarlo. Cañellas los arrojaba violentamente lejos de sí cuando sus contenidos le incomodaban, pero recomendaba a sus fieles que no les prestaran la menor atención.
10. Los rojos también existen. Por muy periclitada que esté la denominación, el cañellismo la emplea con saña. Su versión descafeinada son los socialistas.