El derby madrileño

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Historia resumida de las tribulaciones de Mariano Rajoy al frente de PP, así como de las pérfidas maniobras de quienes conspiran contra él aunque aparenten ayudarlo.

JOSÉ MANUEL PONTE OVIEDO ?
Para los que no nos dedicamos a diario a la crónica política, la reciente reunión del comité ejecutivo del Partido Popular, para poner sordina a los casos de corrupción y pedir mesura a los dirigentes que se insultan en público, ofrece tres o cuatro aspectos tan interesantes como sorprendentes y divertidos. Uno: Rajoy iba a dar un puñetazo sobre la mesa y no pudo darlo. Dos: Aguirre iba a ser reprendida ante sus compañeros de partido y prefirió no asistir. Tres: el contenido de la reunión debería de haber sido absolutamente confidencial, fuera de los habituales comunicados vacuos, y nos hemos enterado por la prensa de todo lo que allí se dijo con pelos y señales. Cuatro: el tono general de las declaraciones destila un sentimentalismo empalagoso y, si se me permite decirlo, de un cierto color lila. Pero, vayamos por partes.

Se necesita un hombre fuerte. Rajoy había convocado la reunión con carácter de urgencia para imponer su autoridad y dar el puñetazo sobre la mesa que se le venía reclamando ("Santo Job sólo hubo uno", llegó a decir), pero no pudo hacerlo al faltar a la cita Esperanza Aguirre, principal destinataria de la prevista reprimenda que alegó ocupaciones protocolarias propias de su cargo. Podría haberse excusado la señora diciendo que estaba en la peluquería, o en el gimnasio, y el desprecio no hubiera sido menor.
Algunos observadores creen que, si en ese momento, estuviese al frente del partido un caballero de fuerte carácter como Fraga, o el mismo Aznar, la doña no se hubiera atrevido a tanto. Pero don Mariano ha impuesto un estilo de actuación más blando, hecho de circunloquios gallegos y nieblas de las Rías Bajas, que tiene de los nervios al cotarro mediático madrileño, siempre partidario de rematar las faenas con una estocada hasta la bola.

La rebeldía de Aguirre viene de lejos. Exactamente desde que, hace un año y ocho meses, Rajoy perdió las elecciones generales como candidato del PP a la presidencia del Gobierno. Aquella infausta noche, Rajoy salió a saludar a sus decepcionados partidarios desde el balcón de la sede de Génova y los conspiradores, entre los que se encontraba la antes mencionada señora, intentaron librarse de él empujándolo hacia la calle. El intento de asesinato político fue tan evidente que la mujer del candidato se abrazó llorosa a él para protegerlo. La tierna escena no conmovió a los conjurados y a la mañana siguiente los medios afines a la causa pidieron su cabeza.
El resto es historia reciente y conocida. Rajoy se defendió subiendo y bajando interminablemente esa escalera donde pasan el tiempo los gallegos, a la espera de que amainase el temporal. Pero, entretanto, tampoco se anduvo por las ramas. Remodeló el comité ejecutivo, echó a los díscolos, y nombró para los cargos más vistosos a dos señoritas atractivas, de nariz respingona, con aspecto de buenas chicas y sólida formación jurídica como abogadas del Estado.
Una vez dado ese golpe de autoridad, Rajoy recibió el apoyo explicito de los barones territoriales de Valencia y Andalucía y se acuarteló para resistir la embestida. Y en estas estábamos cuando empezaron a soplar vientos favorables. La victoria en Galicia, el paro galopante y el congreso de Valencia, reforzaron notablemente la posición de Rajoy y sus críticos empezaron a considerar la hipótesis de que, pese a su discutido liderazgo, el PP pudiera regresar a La Moncloa empujado por los vientos de una crisis económica y social que imposibilitaría un tercer mandato de Zapatero.

Truhanes de bigote y barba. Pasado el susto, Rajoy se dispuso a esperar tranquilamente que los acontecimientos lo llevaran a hombros hasta palacio mientras se fumaba un puro, tal y como lo retrata Peridis en sus viñetas. Y aún no había empezado a disfrutar de las delicias de la siesta cuando le estalló en las manos el escándalo del 'caso Gürtel', ese en el que está por esclarecer judicialmente si la trama corrupta era consentida por el partido para financiarse ilegalmente o si, por el contrario, los corruptos se habían apoderado de la estructura del partido para parasitarla y aprovecharse de ella, tal y como hace la hiedra con las paredes de un edificio.
En cualquier caso, la aparición en escena de personajes como el llamado Bigotes o Correa, dos pícaros de levita que parecen sacados de las páginas de un Guzmán de Alfarache revisado y puesto al día, nos mostró, una vez más, que en el fondo del armario de la política hay demasiadas historias truculentas, demasiados papeles comprometedores, demasiados negocios sucios y demasiados sujetos poco recomendables, más propios del hampa que de lo que la gente fina llama el "santuario de la representación popular".

Dos corazones y un escudo. El tercer aspecto de la cuestión tiene que ver con lo que trascendió de la reunión, pese al compromiso inicial de confidencialidad. Si hubieran llevado a los taquígrafos de las Cortes para recogerlo no se reflejaría mejor. Ese detalle vino a demostrar que cada bando dio traslado a sus contactos en la prensa de todo lo que pudiera perjudicar al enemigo ocultando celosamente las propias declaraciones. Una táctica que no les sirvió de nada porque los rivales tuvieron la precaución de hacer lo mismo con ellos.
La mera reproducción literal me exime de más comentarios Así, por ejemplo, lo que le dijo el alcalde de Madrid a Rajoy parodiando una frase de Ortega y Gasset, un filósofo que, pese a la excelencia indudable de su obra, también tuvo momentos de una cursilería muy elaborada. "Mariano, la lealtad es la distancia más corta entre dos corazones. Cobo (su hombre de confianza) es leal a ti y al partido".
O el mensaje que le dirigió el inefable Francisco Camps, presidente de la ComunidadValenciana, quien, según malician sus propios correligionarios, levita cuando entra en trance místico. "Cuando yo estaba mal y sufría, pensaba en ti y me animaba. Mariano, tú eres mi escudo".

El derby madrileño. No obstante, la frase más comentada en los periódicos fue la del presidente de la Xunta de Galicia, Núñez Feijóo, que quiso reducir el largo pulso que mantienen Esperanza Aguirre y Alberto Gallardón a un problema puramente local calificándolo de "derby madrileño". Es decir, a un problema de un interés parecido al de un partido de fútbol entre el Real y el Atlético.
La frase oculta malamente una desbordada ambición política. Últimamente, en algunos medios, se ha apuntado su nombre entre los posibles sucesores de Rajoy, en caso de que llegue la oportunidad, y parece que no le disgusta la idea. Los argumentos que se manejan a su favor son tres: no se le conocen implicaciones en la corrupción, acaba de ganar unas elecciones regionales por mayoría absoluta y es bastante joven.

La nueva derecha y el nuevo Estado. Al margen de todo ello, la frase revela una concepción del Estado que no era usual hasta ahora en la derecha española, tradicionalmente centralista, autoritaria y madrileña. La derecha española siempre fue centralista, a costa de lo que fuere, mientras que la izquierda, cuando pudo, que fue por poco tiempo, mantuvo una discreta tendencia federal.
La implantación del llamado Estado de las Autonomías, que no es federal, ni confederal, ni foral (y que se resume perfectamente en aquella famosa frase de "¡café para todos!"), ha cambiado por completo las reglas de juego. Y ya casi se manda tanto en Bilbao, en Sevilla, en Barcelona y en Santiago de Compostela como en Madrid, para satisfacción de la clase política periférica y de sus apoyos mediáticos y económicos.
Para muestra un botón. Antes de terminar este artículo, he visto a Núñez Feijoó quejarse en televisión de que el Gobierno de Zapatero no lo llame para resolver un grave problema humano en el océano Indico. Y desde esa perspectiva de la propia importancia hay que darle sentido a sus palabras. Aunque a los políticos no hay que otorgarles mucho crédito. Todos le quieren quitar categoría a Madrid pero todos aspiran a gobernar desde Madrid en cuanto pueden. Aunque sea en coalición.
En todo caso, hay que desearle mucha suerte a don Mariano. Hasta que presente su candidatura a la presidencia del Gobierno, aún le quedan dos años de continuos sobresaltos. Que los lleve con salud.

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