ANTONIO G. GONZÁLEZ LAS PALMAS
El Sahel es el territorio de las grandes hambrunas históricas, la foto terrible de la desnutrición infantil. Pero eso ha ido a más en los últimos veinte años a causa de una sumatoria atroz: las sequías recurrentes por el cambio climático y la globalización de los mercados, que ha destruido parte del tejido agrícola de consumo local. Al ser más barato importar cereales que producirlos, se han abandonado campos y cultivos en favor de la importación del consumo básico, haciendo a estos países muy dependientes de los precios internacionales.
Y, por lo demás, muchas tierras se han dedicado a cultivos de exportación, un negocio que da de comer a unos pocos, y se han vendido a capitales extranjeros. Resultado: más hambre, recalca la FAO, y más desintegración. Y, en este marco, las actividades delictivas en las regiones históricas del contrabando y bandidaje arrecian.
Es en este punto, además, donde el proselitismo del radicalismo islámico entre la población, que entra en juego haciendo un trabajo social y de redes alimentarias desde las nuevas mezquitas, hace mella en algunos países, como Nigeria y Níger. Ello a pesar de que el islamismo africano está construido con los mimbres de la moderación suní y el misticismo sufí, lo que implica un rechazo a la politización de la religión perceptible en la sociedad africana. Y finalmente la mezcla ambivalente entre grupos radicales y bandidaje en el Sahel remoto viene sola. Se utilizan mutuamente y alimentan las industrias delincuenciales.
En tercer lugar, ciertamente existe una competencia brutal y creciente entre las potencias emergentes como China e India con EE UU y Europa por los recursos naturales del Continente, que hacen de todo literalmente al efecto.
Ahora bien, estos factores de desestabilización tienen contrapesos que lo dejan todo abierto. Se trata del territorio nómada por excelencia y sus actores, como la minoría tuareg, siempre reactiva a integrarse en realidades nacionales y en conflicto con los estados, a los que acusa de marginar a sus provincias, ve al islamismo como una intrusión y una amenaza para su poder. Y se combaten, aunque a veces se alían.