Un vapor hundido a cañonazos

 
Algunos de los náufragos del "San Carlos" en el momento de ser rescatados.
Algunos de los náufragos del "San Carlos" en el momento de ser rescatados.  levante-emv
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Pesadilla en el AtlánticoLa noche del martes 16 de diciembre de 1940, en plena batalla del Atlántico, el submarino alemán "U-37" atacó y hundió a cañonazos, sin previo aviso, al vapor español "San Carlos", entre Fuerteventura y África. Los tripulantes del pequeño barco de cabotaje eran vecinos de Agaete. Seis hombres resultaron heridos y el más grave falleció días después. Los 27 náufragos fueron rescatados por el correíllo "La Palma".

PEDRO SOCORRO LAS PALMAS DE GRAN CANARIA En los últimos días de 1940, en plena II Guerra Mundial, el océano Atlántico era un campo de tiro. Alemania hacía notar su presencia en el mar con el acero de sus submarinos y Canarias, dada su situación geoestratégica, se convertía en el territorio neutral más próximo al que llegaban cientos de náufragos procedentes de buques torpedeados. Uno de ellos fue el vapor de cabotaje San Carlos, de 223,18 toneladas, hundido a cañonazos cuando regresaba a Agaete.
El 15 de diciembre de 1940, el mar estaba en calma y el San Carlos navegaba en lastre, rumbo a Gran Canaria. Estaba ya a unas 40 millas del sur de Cabo Juby, de donde había zarpado tras haber aprovisionado un puesto militar, y ansiaba ver la luz intermitente del faro de Jandía.
Hasta el anochecer del día siguiente, el viaje fue perfectamente tranquilo, a pesar de que la brisa, implacable y helada, arreciaba y de que las olas, cada vez más altas, reventaban en el puente y bañaban la cubierta. La silueta de la costa africana se había borrado. Sólo el mar y el cielo estrellado se extendían en torno al barco.
A las nueve de la noche de aquel aciago día, el patrón, Rafael Sosa Pino; el segundo de a bordo, Francisco Álamo Vizcaíno; y Cristóbal Martín Martín, el timonel, charlaban amigablemente en el puente. El patrón pensaba dormir tan pronto como entregara la guardia. Pero en ese mismo momento un cañonazo impactó en el costado de la nave, por debajo de la luz roja, que lo hizo inclinarse pavorosamente: se iba.
Apesadumbrado, el patrón ordenó parar las máquinas y tiró de la liña del pito para avisar al enemigo de su acción. Pero al sonar la primera pitada se rompió el cordel. Con alarmante rapidez, el patrón salió corriendo hacia la parte posterior de la caseta del timón.

Tres cañonazos
Trataba de seguir tocando. Pero en ese instante, un segundo cañonazo alcanzó al San Carlos, llevándose por delante la chimenea, lo que provocó la rotura de la caldera y que la cubierta comenzara a inundarse.
En medio de la oscuridad, los marineros no avistaron de dónde procedían los cañonazos, pero no había dudas de que estaban decididos a hundirlos. La pesadilla, el dilema, había comenzado.
El barco comenzó a hundirse de popa cuando Rafael Sosa dio la orden de preparar el bote salvavidas. Tenía a bordo 17 tripulantes y una decena de pasajeros y no deseaba poner en peligro sus vidas.
A toda prisa, comenzó a organizarlos, pero ya con la barca arriada por la banda de estribor sonó segundos después el estruendo de un tercer cañonazo que impactó en la popa. Afortunadamente, los estupefactos tripulantes se encontraban en el fondo de la barca. En ese instante, surgió de entre las olas, chorreando aguas por todos los lados, un auténtico monstruo metálico. Era el submarino alemán U-37, al mando del comandante Nicolai Clausen.
Entretanto, los náufragos bogaban a toda prisa en dirección NW, pero seis de sus ocupantes -Sebastián Álamo Álamo, Manuel Sosa González, José Álamo Martín, Juan Rodríguez Suárez, Francisco Expósito Hernández, Manuel Pérez Paz y Agustín González Jiménez- habían sido alcanzados por la explosión de los proyectiles. El herido Agustín González fallecería a los pocos días.
En la oscuridad, mientras remaban, los náufragos oían el tembloroso estallido de los cañones contra el San Carlos. Pero el recio casco de madera resistía. Entonces, el U-37 se acercó hasta él, lo iluminó con su gran foco y al pasar por la amura del este efectuó un nuevo cañonazo contra esa parte del costado. Fue entonces cuando pudieron divisar algunos militares sobre el vientre metálico de aquella nave sumergible.

Sin contacto
"No tuvimos contacto con el submarino, ni se preocuparon lo más mínimo de nosotros", declararía Rafael Sosa ante el comandante de Marina de Las Palmas, Francisco Bernal, al llegar a la isla. El patrón advirtió que el sumergible "tenía dos cañones, uno a popa y otro a proa".
Los cañonazos no cesaron hasta que el San Carlos sucumbió bajo las aguas del Atlántico. Y con él, las pertenencias de los marineros y también su medio de vida. El ataque había durado apenas 15 minutos, pero para aquellos hombres, sin embargo, fueron los 15 minutos más impresionantes que habrían de recordar en sus vidas.
Desesperadamente, pero tratando de no atolondrarse, siguieron bogando durante toda la noche y la mañana del miércoles 17 de diciembre en demanda de la costa de Fuerteventura. Estaban a unas ocho millas al sur de Punta Jandía cuando a las once horas de la mañana, el correíllo La Palma, que regresaba de Lanzarote, recogió a los 27 náufragos después de 14 horas de odisea, ateridos de frío, sin alimentos ni agua potable y con el corazón aún dando tumbos dentro del pecho.

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