Hillary Clinton empezó su intervención con un simple «Yo no soy Bono», recibido con una sonora carcajada. El chiste adquiría para el público español un peligroso doble sentido, aunque estaba dedicado al cantante que habló años atrás en el Desayuno Nacional de Oración. Nadie se rió con Zapatero, algo a lo que se ha acostumbrado últimamente en España. Al ver que no hablaba inglés, estuvieron a punto de darle propina, su monoglosia le impidió entender la felicitación de Obama tras su plegaria. La secretaria de Estado se olvidó de nombrarlo en la salutación, más tarde lo felicitaría de pasada por su papel en Haití.
Zapatero cometió un error de etiqueta, tomarse en serio el folclórico acto religioso, con un parlamento más ayuno que desayuno. Admitamos que Obama asentía mientras él impartía su clase de educación para la ciudadanía. Sin embargo, su seriedad primaria –¿«fenicios»?, ¿«celtas»?– embarrancó con un auditorio que espera imitadores o imitadoras de John Wayne. De nuevo, Hillary se sintió confortable en el papel de pistolera que amaga un rezo y al minuto siguiente aporrea a Irán. El almirante Mike Mullen evoca soñador los años en que los norteamericanos acribillaban a coreanos. Sólo le faltó añadir que ahora tenemos que soportar a un orador hispano. Estados Unidos es una superstición para progresistas de pana como Zapatero. Por eso titubea al defender a los homosexuales sin nombrarlos, mientras la aguerrida Hillary se refiere directamente a «gays y lesbianas». La señora Clinton es la mujer que desearías que presidiera el país de tus enemigos. Si desean saber qué piensa Washington de la Unión Europea, reparen en la comparación esbozada ayer por su ministra de Asuntos Exteriores. «Congo tiene el tamaño de Europa Occidental».
Zapatero debió rastrear sus jornaleros altivos en Miguel Hernández antes que en el Deuteronomio. Cuando habló del Quijote, algún asistente debió disculparse «porque no he visto Avatar». No importa, Hillary le lleva veinte años y el presidente español lo hará mejor en el desayuno del año que viene, ya liberado del estrés de vivir en La Moncloa. El CIS no atiende a sus plegarias.