|
|
|
HEMEROTECA » |
J. A. OTERO RICART VIGO
Madrugada del 5 de marzo de 1916. La joven Marina Vidal, tras celebrar el Carnaval en uno de los salones del barco, decide darse una ducha antes de acostarse porque el calor en el camarote era insoportable. Cuando se encuentra en el cuarto de baño colectivo de segunda clase, envuelta en una toalla, el trasatlántico choca violentamente contra los arrecifes brasileños de Punta Pirabura. Marina cae al suelo conmocionada... En apenas cinco minutos el Príncipe de Asturias se hunde en aguas del océano. De las más de 600 personas que viajaban en el barco sólo sobrevivieron 147, entre ellas la joven marinense Marina Vidal.
La catástrofe del Príncipe de Asturias ha sido rescatada del olvido por Francisco García Novell en su libro Naufragio (La Esfera de los Libros), una novela histórica fruto de un exhaustivo trabajo de investigación que recoge testimonios de los supervivientes.
El Príncipe de Asturias, de la Compañía Pinillos, era uno de los vapores de pasajeros más grandes de su época, desplazaba 16.500 tm. y tenía una eslora de 140 metros. El barco, al mando del capitán José Lotina, había salido del puerto de Barcelona el 17 de febrero de 1916. Dos días después hizo escala en Valencia y posteriormente recaló en los puertos de Almería, Cádiz y Las Palmas. Marina Vidal Castro, de 26 años, embarcó el día 21 en Cádiz a donde había llegado procedente de Vigo en un barco de cabotaje, servicio que prestaba la propia Compañía Pinillo para llevar a los pasajeros procedentes de Galicia. Su destino era Santos, y llevaba consigo un gran cargamento de joyas y lencería para vender en la tienda que regentaba en la céntrica rúa da Assembléa de la ciudad brasileña.
Marina, alegre y extrovertida, estaba dispuesta a animar un viaje que en ocasiones se hacía tedioso, a pesar de las comodidades que ofrecía el trasatlántico. Y la diversión estaba garantizada a medida que se acercaban a la costa brasileña en vísperas de los Carnavales. Así, el sábado 4 de marzo, junto con otros muchos pasajeros se acercó a la cubierta de estribor de segunda clase para ver los fuegos artificiales que se podían adivinar en la lejana costa de Río de Janeiro, según se recoge en el relato de García Novell.
Después de cenar, los más animosos -entre ellos Marina- participaron en una fiesta de Carnaval que se prolongó hasta medianoche, cuando la amenaza de una tormenta hizo que la mayoría de los pasajeros se retirase a sus camarotes. La falta de visibilidad por la tormenta y un error de navegación en la aproximación a la costa desencadenan en pocos minutos una verdadera tragedia: a las 4.15 de la madrugada del domingo 5 de marzo, el Príncipe de Asturias colisiona contra el arrecife sumergido de Punta Pirabura a poco más de milla y media de Punta do Boi, donde se encontraba el faro que debía guiar al buque.
Segundos después de la colisión la proa queda sumergida, levantándose la popa y quedando las hélices, aún girando, fuera del agua. El tremendo choque abre inmensas vías de agua y hace que estallen las calderas.
Marina se encontraba en el cuarto de baño cuando sintió el estruendo del barco al encallar en las proximidades de la isla de San Sebastián. Cayó al suelo y empezó a oír gritos de terror que llegaban de todas partes. La mayoría de los pasajeros que dormían en los camarotes de primera, situados en la proa, no tuvieron tiempo de reaccionar y fueron los primeros en hundirse en el océano. Segunda económica quedó prácticamente destruida por la explosión de las calderas que siguió al choque del buque. Los más afortunados fueron algunos pasajeros de segunda clase que se encontraban en popa, la zona del trasatlántico que tardó más en hundirse.
Una ola la tiró desnuda al mar
Marina Vidal se rehizo del golpe e intentó dirigirse hacia su camarote para rescatar las joyas que llevaba. Sin embargo la gente que huía en sentido contrario la arrastró hasta la cubierta, donde las olas la arrojaron desnuda al mar. Se vivían momentos de pánico entre los pasajeros, que veían cómo el enorme navío era tragado rápidamente por las aguas. Marina ayudó a un fraile franciscano a nadar hasta un bote salvavidas que la fuerza del mar había arrancado de los pescantes. Una vez en la pequeña embarcación, la joven gallega y quienes la acompañaban fueron rescatando a otros náufragos, con los que horas más tarde consiguieron llegar hasta la costa.
Tras la tragedia, los periódicos brasileños dijeron que Marina, una de las seis únicas mujeres supervivientes, se había portado como una heroína. Sin embargo ella se lamentaba por no haber podido salvar a más personas. "A mi lado -contó más tarde al diario A Noite, de Santos- vi muchas mujeres que se hundían, ya sin fuerzas, sosteniendo a sus pequeños en brazos. Cuando desaparecían, desfallecidas, exhaustas, devoradas por el mar, realizaban el último y desesperado esfuerzo de levantar a sus hijos con los brazos fuera del agua tratando de que alguien en un último instante consiguiera salvarles. De esa manera vi cómo se escapaban delante de mí, durante siete horas en el mar, centenares de vidas por las que no pude hacer absolutamente nada".
Otro de los supervivientes, el practicante Manuel Salagaray, relató otra escena dramática: "Con nosotros había un italiano que viajaba en el vapor con su esposa y ocho hijos. Este infeliz, en medio de la inmensa confusión de la catástrofe cogió a su niño pequeño en brazos, y le estuvo defendiendo de las olas durante cuatro horas. Al fin, cuando fue recogido por nosotros en el bote, cuál no sería su estupor y su desesperación al ver, una vez a bordo, que el niño salvado no era ninguno de sus hijos".
Nunca consiguió ahuyentar el fantasma de la tragedia
Tras la catástrofe, Marina Vidal regresó a Galicia y se estableció en una casa de la parroquia redondelana de Chapela, donde se casó años más tarde y se dedicó al cultivo de flores y cerezas en un pequeño jardín. Había nacido en Marín y era la menor de una familia de seis hermanos que con el paso del tiempo fueron emigrando para probar fortuna a diversos países de Hispanoamérica. Una sobrina suya que vive en Brasil, Laura García Lordello, contó a Francisco García Novell que la visitó en su casa de Chapela en 1972 que no había conseguido ahuyentar el fantasma de la tragedia y conservaba una medalla que le había regalado el fraile franciscano al que había salvado la vida en el naufragio.
|
|
| LA SELECCIÓN DE LOS LECTORES | ||
LO ÚLTIMO |
LO MÁS LEÍDO |
LO MÁS VOTADO |
|
|
||||||||