Ex presidente de Banesto.
JULIO PÉREZ
Mario Conde camina entre las fotografías que decoran su refugio orensano como si nada. Imagínense la de personajes que se han retratado a su lado. Quizás las tenga tan interiorizadas como las «cosas brutales» que le han pasado en los últimos 16 años. Los años del «lío», como los bautiza, y que hoy ve «como un privilegio para llegar hasta donde ha llegado. ¿A dónde? A una especie de gurú que quiere «aportar» su experiencia 0«a la sociedad». Más allá del debate sobre su persona, ángel o demonio, el que fue el icono del éxito en los noventa, ha pagado por lo que pudiera hacer. Y se nota en su cara y sus palabras.
Así que la vanidad que siempre se le atribuye, ¿viene de los demás?
Creo que sí, sinceramente. Me acuerdo lo que hice el día de mi boda, el día que terminé la universidad, pero no sé lo que pasó la noche en que me nombraron presidente de Banesto. No tiene importancia para mí. Luego te empiezan a convertir en una especie de símbolo y sería estúpido decir que no sucumbes a un punto de vanidad.
¿No sintió en algún momento que traicionó a los jóvenes que querían ser como usted?
Al revés. El estereotipo, ¿cuál era? Un señor que con 39 años gana mucho dinero y llega al banco. Los cimientos que aguantaban ese edificio se rompieron, nadie reparaba en ser Abogado del Estado, en las miles de horas de trabajo y esfuerzo. Eso me obsesionaba. Ahora no me importa que quieran ser así, que quieran conocerse a sí mismos, antes no me gustaba. ¿Por qué este libro va ya por la octava o novena edición? Si Mario Conde escribe un libro y encima habla de la prisión, el morbo vale para 10.000 ejemplares. Los mismos que vendería si escribiera un libro de cocina.
Roldán acaba de decir que el supuesto pago con fondos reservados para espiarle por orden de Narcís Serra lo efectuó el actual jefe de Gabinete de Presidencia.
Yo lo sabía. Ha vuelto a la luz un tema muy grave para vergüenza de los que participaron. Él fue al juez Garzón y lo contó en su día. El magistrado ponente en el Supremo, Martín Pallín, dijo que no era delito. Lo más grave es que el Supremo entrara en ese juego.
¿Se cree que no tenga dinero?
Sí. Me da la sensación que ese hombre ha hecho muchas cosas que están mal, algunas las ha reconocido, y no tiene ningún motivo para decir que eso no es así.
¿Usted lo tenía?
Tengo las cuentas desgraciadamente claras. En 1990, cuando nada se preveía, hice con mi mujer una separación de bienes. Todo para ella, menos las acciones de Banesto y tres cuadros de Picasso, Juan Gris y Braque, que hoy valdrían mucho dinero y que se los quedaron por los 600 millones de Argentia-Trust. Las acciones superarían hoy 1.000 millones de euros. Cuando hablan de los daños de la intervención a los accionistas, que no se produjeron, nadie cae en la cuenta que yo era el principal accionista.
¿Le quedan más amigos de la época dorada que de su paso por la cárcel?
Yo no perdí ningún amigo. Bueno, sí, perdí uno o dos. Siempre tuve los mismos. Porque todos los que se aproximaban y siempre lo tuve claro, lo hacían al presidente de Banesto. Cuando encuentras personas que hablan con el lenguaje del corazón, te contagias. Esas personas grandes, dignas, me han sacado mucho de lo que yo llevo dentro y me permiten ver la vida de manera diferente.
No pasó miedo en la cárcel.
Nunca tuve sensación de peligro, en ningún momento.
¿Pese al encuentro con uno de los etarras que iba a atentar contra usted?
De nuevo la ironía del destino, que me vino a decir que si a mí no me llegan a meter en la cárcel por algo tan absolutamente injusto no estaría aquí ¡Cómo es la vida!
¿Cómo se ve ahora?
Es quizás la etapa en la que estoy más contento en lo que hace referencia a mí mismo. Durante los 15 años de este lío he aprendido a conocerme bien, en ese sentido fue un privilegio. Intuimos nuestra capacidad de resistencia, pero no la sabes hasta que la pruebas, como dicen los sufíes. Algunos esperaban que me muriera, que me murieran —porque en la cárcel te pueden morir fácilmente—, que me volviera loco. Ahora sí me definiría como un hombre libre en el sentido estricto y toca aportar esa experiencia a la sociedad para lo que la sociedad quiera. Y si no la quiere, no es mi problema. Me han pasado cosas brutales. El gran acontecimiento es la muerte de mi mujer. Pero también la he entendido, me ha costado, porque una persona muere en ese sentido cuando tú admites interiormente la ilógica de la muerte.
«El sistema es una red de intereses»
¿Dónde guarda el Honoris Causa?
Pues no lo sé. Le tengo mucho cariño por el discurso, que es muy, muy bueno —y perdón por la inmodestia—, contiene muchas de las claves de lo que luego pasó, como contaré en mi próximo libro, y estuvo previamente hablado con el Rey. Fue el discurso que desencadenó todo. Si ves las fotografías... Allí está todo el sistema. Desde el gobernador del Banco de España, hasta Suárez.
¿Y qué siente cuándo las ve?
Que el sistema es una red de intereses. No le pidas sinceridad, honradez, no le pidas dignidad.
¿Hay un mundo paralelo, con conspiraciones? ¿No es todo mucho más sencillo, con las llamadas pasiones bajas?
Las conspiraciones son el método para trabajar con las pasiones bajas, que son las causas.
¿Pero realmente existen las conspiraciones?
Absolutamente. De repente aparece un señor, no nos interesa, vamos a conspirar para quitarlo del medio. Lo importante es cuál es el tejido de valores del que se alimenta nuestro sistema. Intereses. El sistema ha fracasado.
Hasta el Rey ha intervenido, ¿no? Aclárelo. ¿Son o no amigos?
He querido entrañablemente a don Juan, su padre, y creo que él a mí. Al Rey le conozco desde hace mucho tiempo. En la época de Banesto, como consecuencia de que terceras personas usaban al Rey para finalidades financieras, hubo un distanciamiento. Luego sí tuve una magnífica relación propiciada por su padre. Y ahora sigo teniendo una relación basada en el afecto. Evidentemente no estoy todos los días en Zarzuela. No soy monárquico, pero creo que a ambos les debemos mucho sobre la convivencia.