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El "niño" de la 415

En el hospital 75 años

 
Agapito Pazos sonríe en su cama.
Agapito Pazos sonríe en su cama.  fundación sálvora

Agapito Pazos vivió 75 de sus 80 años en el Hospital Provincial de Pontevedra, donde se convirtió en objeto de atención constante por parte del personal del centro. Su muerte el pasado fin de semana ha causado una gran conmoción entre los trabajadores, que con el paso de los años acabaron siendo su única familia

J. A. OTERO RICART VIGO Marisol Dorado lleva varios días en que le cuesta conciliar el sueño. Marisol es una de las enfermeras del Hospital Provincial de Pontevedra que más tiempo pasó con Agapito Pazos Méndez, fallecido el pasado fin de semana a los 79 años de edad y un personaje emblemático del centro hospitalario, en el que pasó prácticamente toda su vida pues sus padres le dejaron en la puerta cuando era un niño de corta edad. "Para todas nosotras Agapito era el niño del hospital, como un niño grande al que cuidábamos y con el que compartíamos bromas y fiestas", explica Marisol, que le atendió durante más de 30 años.
El doctor Javier Vázquez Sanluís, que trabajó entre los años 1976 y 2000 en el servicio de Medicina Interna del Hospital Provincial, destaca el cariño que en todo momento prestaron a Agapito las enfermeras y celadores, así como las monjas que le atendieron durante los primeros años. "Sólo puedo decir que Agapito era una persona con discapacidad física e intelectual que vivió donde quiso vivir y rodeado de cariño", resume el médico.
¿Por qué un caso tan peculiar no saltó antes a los medios de comunicación? En opinión del doctor Fernando Filgueira, director del Hospital Provincial entre 1989 y 1992, hubo una especie de "pacto de silencio" para evitar que la presión mediática obligase a trasladar a Agapito a otro centro, lo que supondría dejarle sin su hogar.
Muchos detalles relacionados con la historia de este personaje se desconocen porque parte del archivo del hospital se perdió en un incendio. Alfonso Zulueta de Haz, presidente de la Fundación Sálvora, que se encargaba de su tutela legal, explica que Agapito nació en Lalín en diciembre de 1930, por lo que no había cumplido aún los 80 años. Los médicos y el personal sanitario relatan otros pormenores sobre su vida. El niño fue recogido en los primeros años 30 del pasado siglo por sor Dosinda en la puerta del Hospital Provincial, que por entonces era un centro de beneficencia atendido por las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Dos de las monjas que le cuidaron después, sor Ana y sor Manuela, le recuerdan "siempre sonriente y muy agradecido".
Tanto Vázquez Sanluís como el doctor Fernando Filgueira coinciden en que Agapito tuvo que llegar al Hospital Provincial con más de tres años de edad, pues hablaba siempre en gallego, un gallego muy básico, que no pudo aprender en el centro porque "las monjitas que le cuidaban eran castellanohablantes". El niño, que presentaba deficiencias físicas e intelectuales, procedía de una aldea de Lalín donde sus humildes padres se vieron desbordados ante la imposibilidad de atenderle y le dejaron en una cuna de madera en la entrada del Hospital. "No le abandonaron -matiza Vázquez Sanluís-, le dejaron allí para que tuviese una mejor atención de la que ellos podían prestarle".
Al no existir por entonces la Pediatría como tal, fue ingresado en la sala de Dermatología y posteriormente pasó al área de Medicina Interna. Como señala el doctor Filgueira, primero estuvo en una sala con más de 20 camas y después fue pasando a otras con menos pacientes, hasta que en el año 1990 pasó a la que fue su última habitación: la 415, que se convirtió también en su domicilio a efectos civiles: calle Loureiro Crespo, Hospital Provincial, habitación 415, cama 2. Pontevedra.
Fernando Filgueira le conoció en 1961, "durante mis primeras prácticas en el hospital, y por entonces Agapito era ya una persona relativamente mayor. Después tuve ocasión de conocerle muy bien; cuando pasaba por su habitación le saludaba, le hacía alguna gracia y se quedaba muy contento", explica Filgueira.
El doctor Vázquez Sanluís hace hincapié en el hecho de que en aquella época no existía el actual Sistema Nacional de Salud y un porcentaje muy alto de la población tenía que acogerse a la beneficencia, gestionada muchas veces por las corporaciones locales. Por aquel entonces había gente con enfermedades invalidantes que vivía largo tiempo en los hospitales, pero el caso de Agapito fue especial. "Tenía una incapacidad en las extremidades y una deficiencia intelectual, pero era más inteligente de lo que a veces podía parecer", explica Vázquez Sanluís, que destaca la capacidad de Agapito para comunicarse con los demás. "Los médicos tuvimos una relación cordial con él, aunque quienes más le trataron fueron las enfermeras y los celadores", añade.
Dos de esas enfermeras, Marisol Dorado y Ángeles Gutiérrez, recuerdan mil y una anécdotas relacionadas con Agapito. Le encantaban las bromas y el día de los Santos Inocentes las enfermeras le hacían partícipe de las inocentadas que preparaban; "se partía de risa con las bromas, sobre todo cuando le decíamos que íbamos a gastárselas a alguna de las monjas", refiere Marisol.

Evitar el traslado
A finales de los años 70 y principios de los 80, las distintas gerencias del hospital intentaron buscar alguna otra solución para hacer la vida más feliz a Agapito. Pero los psiquiatras llegaron a la conclusión de que trasladarle a otro centro de personas inválidas sería una crueldad para él y que no se adaptaría. Finalmente se decidió que lo mejor era que permaneciera en el Hospital Provincial, su hogar de toda la vida.
Mientras tanto, el personal sanitario seguía volcándose en la atención a tan peculiar paciente, que más que huésped era como el anfitrión, pues cuando llegaban nuevos médicos o enfermeras él estaba antes allí. En 1978, uno de los trabajadores del centro, Antonio Licer, le llevó de excursión a la playa de A Lanzada, donde Agapito vio por primera vez el mar, "algo que le hizo mucha ilusión", apunta el doctor Vázquez Sanluís. También le llevaron a ver el aeropuerto de Lavacolla y a algún otro lugar, pero la mayor parte de su vida transcurrió entre las paredes del hospital, donde llegó a prestar en su juventud pequeños servicios, como guardar algunas llaves o vigilar a ciertos pacientes, recuerda el doctor Filgueira.
En los años 80, una trabajadora social le consiguió una pensión no asistencial. Fue así como Agapito pudo ir haciéndose con unos ahorros -guardaba celosamente su cartilla-, y cumplir su deseo de disponer de un lugar para ser enterrado tras su muerte, "una mentalidad muy arraigada en la Galicia profunda", en palabras del doctor Vázquez Sanluís. Algunas enfermeras acudieron como testigos en la compra de un nicho en el cementerio de San Mauro, donde el cuerpo de Agapito descansa desde el pasado lunes.
Con su primera pensión se compró un televisor para la habitación, lo que supuso para él una ventana al mundo exterior del hospital. {Agapito guardaba sus ahorros en una caja fuerte que tenía en la habitación -recuerdan Marisol Dorado y Ángeles Gutiérrez-, y en una ocasión se la robó un vietnamita que tenía como compañero de habitación; nosotros le compramos otra y desde entonces la tenía atada a la cama para que nadie se la robase".
Por Navidad, cuando las enfermeras y los celadores le pedían algunas monedas para adornar las salas del centro, Agapito se hacía de rogar, hasta que acudía Marisol -a quien tenía gran cariño y respeto-, y se las daba. Las celebraciones de Nochebuena y Reyes, como recuerda Ángeles Gutiérrez, eran también especiales en la habitación 415.
Siempre fue una persona alegre y muy comunicativa, aunque con el paso de los años "se fue haciendo un poco más testarudo". Así, cuando acudía a darle de comer algún personal nuevo se enfadaba y se negaba a tomar alimentoÉ Hasta que llegaba Marisol y "le amenazaba con dejar pasar a la habitación a las gaviotasÉ les tenía verdadero pánico". También le tenía miedo a un perro de peluche de gran tamaño que los nietos de una paciente habían regalado al hospital. "En una ocasión -relata Marisol Dorado-, con la complicidad de Agapito, cubrimos al perro con una sábana y dimos un buen susto a unas compañeras que habían salido de noche a fumarÉ Agapito se tronchaba de risa".

Tutela legal
En 1991 se inició un proceso para que Agapito tuviese una tutela legal. En un primer momento la tutela recayó en el gobernador civil de la provincia y a partir de 1996 pasó a depender de la Fundación Sálvora, que preside Alfonso Zulueta de Haz.
Desde la fundación se defendió siempre la permanencia de su tutelado en el Hospital Provincial, porque era su hogar. También se cargaba de gestionar su pensión, que transfería al hospital, y cada año rendía cuentas ante el juez de su situación personal y patrimonial. La Fundación Sálvora para personas con discapacidad intelectual fue creada en 1990 y tiene en la actualidad 43 tutelados en Galicia.


"Vivió del cariño de las enfermeras"

Uno de los capellanes del centro, Alfonso Trasar, no duda en afirmar que con la muerte de Agapito "se ha ido una parte de la historia del hospital". Durante los últimos años su salud se había ido deteriorando progresivamente y ya no podía hablar "pero yo me acercaba por su habitación y estaba un ratito con él. Le hacía algún gesto y se quedaba mirando.. .aunque no podía expresarse, en el fondo apreciaba la compañía", comenta Trasar, que tiene palabras de elogio para el personal sanitario que atendió a Agapito. "El calor humano es fundamental y Agapito vivió del cariño del personal de enfermería". El pasado miércoles, durante una misa en la capilla del hospital, el capellán resumió lo que todo el personal sentía: "Se nos ha ido el niño". j. a. o. ricart vigo

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