28 de septiembre de 2015
28.09.2015
Análisis

Camino a las generales

La democracia española pierde equilibrio, se polariza y se vuelve imprevisible, alejándose de nuestros referentes

28.09.2015 | 00:35

La votación a la que han sido llamados los catalanes no estaba prevista en el calendario. El presidente de la Generalitat los ha convocado de manera forzada, alegando una razón inadmisible. Para colmo, lo que en todo caso debían ser unas elecciones autonómicas anticipadas ha sido convertido de hecho, por arte de un hábil birlibirloque, en un pronunciamiento a favor o en contra de la formación de un Estado catalán. El propio Artur Mas, en un alarde de sinceridad, que alguien podría interpretar en otro sentido como una muestra de crudo cinismo, ha reconocido imperfecciones en el proceso impulsado por el nacionalismo independentista. La política española ha sido absorbida por la cuestión catalana. Nuestra democracia está descomponiendo su figura.

La mayor incertidumbre de estas elecciones no procede del resultado, sino de sus inescrutables consecuencias. La campaña ha sido un éxito para los promotores de la secesión. Ellos han escrito el guión y han marcado la pauta. Aunque cada día los soberanistas han visto cerrarse una puerta al Estado catalán, a base de exhibir una firme voluntad política han conseguido mantener viva su aspiración última. Un número crecido de catalanes ha instalado en su cabeza la idea de la independencia y con ella ha acudido a votar. Y éste es el hecho que hoy trae más zozobra a la política nacional.

Las elecciones no son un referéndum, y las consecuencias no pueden ser las mismas. El escrutinio no resuelve la cuestión catalana; al contrario, la sitúa imperativamente en el centro neurálgico de la política nacional. Es presumible que las relaciones de Cataluña con España, evitando la primera ser tratada como una parte de la segunda, la calamitosa situación del Estado autonómico y el requerimiento de una reforma constitucional urgente o, más allá, para abrir un proceso constituyente, en este orden o en el inverso, tanto da, pasen a tener de modo ineludible una consideración prioritaria en la agenda política. Los líderes independentistas, respaldados por su mayoría parlamentaria, han advertido que están dispuestos a negociar, pero no a frenar la iniciativa soberanista, y presionarán con fuerza para que sus demandas sean reconocidas por encima y al margen del resto de España.

Momento inoportuno
El momento político es particularmente inoportuno para abordar este asunto. Celebradas las elecciones autonómicas en Cataluña, comenzará de inmediato la campaña de las generales, que tendrán lugar en diciembre, de las cuales se espera la formación de un nuevo sistema de partidos, sin descartar también un cambio de Gobierno. En principio, lo que iba a dirimirse en esas elecciones en la pugna entre partidos establecidos y emergentes era la apertura de un ciclo nuevo en la política nacional. Pero en los próximos meses la cuestión catalana será omnipresente y, visto el profundo desacuerdo que mantienen al respecto los partidos de ámbito estatal, en especial el PP y el PSOE, no dejará de perturbar el clima electoral.

Es patente que la cuestión catalana tiene entidad suficiente para remover la vida política española. Ya lo viene haciendo en la última década con efectos visibles. El planteamiento explícito del deseo de independencia, adoptado por vez primera por amplios sectores del nacionalismo, ha subido la tensión a un nivel desconocido. A ello se suman los temblores políticos que la crisis económica y moral ha dejado sentir en todos los estratos de la sociedad española.

Hostilidad
Los dirigentes políticos postulan a sus partidos como la única solución a todos los problemas y se resisten a cooperar. El PP se presenta en solitario como garantía de unidad y estabilidad. El PSOE, Podemos y Ciudadanos disputan la titularidad en exclusiva del cambio que el país necesita. Mas ve la independencia como la única vía de acceso al futuro de Cataluña. El desencuentro entre ellos es permanente. La situación de España es problemática, pero en este año entre los partidos apenas ha habido conversación política y sí muchos gestos de hostilidad.
La democracia española pierde equilibrio, se polariza y se vuelve imprevisible, alejándose de aquellas que nos sirven de referencia. Creíamos haber aprendido de la crisis. Estábamos convencidos de saber lo que había que cambiar y dispuestos a ello. En realidad, nos encontramos en un pozo que parece no tener fondo. ¿Bastará que termine el maratón electoral iniciado en Andalucía para que la política española recupere la sensatez? La conclusión sería igualmente desalentadora.

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