14 de febrero de 2016
14.02.2016
Análisis

La foto de un fuera de juego

El desplante –intencionado o no– de Rajoy a Sánchez plasma gráficamente el aislamiento del presidente en funciones

14.02.2016 | 01:36
La foto de un fuera de juego

El desplante –intencionado o no– de Mariano Rajoy a Pedro Sánchez en su reunión del viernes y su comparecencia posterior viene a ser la plasmación gráfica del estado de fuera de juego en el que el presidente del Gobierno en funciones se ha colocado pese a haber ganado las elecciones del 20D. En menos de dos meses, además de ratificar su aislamiento político al no encontrar respaldo parlamentario para su reelección, ha conseguido enfrentarse con el rey, defraudar a los empresarios y enfadar a no pocos correligionarios con su decisión primera de renunciar al encargo de formar Gobierno.

Ese desplante –otro más– al monarca pretendía forzar la convocatoria de nuevas elecciones bajo la premisa de que no encomendaría a nadie más buscar la investidura, por lo que el encargo a Sánchez tras la segunda ronda de consultas rompió su estrategia de bloqueo institucional con el que pretendía condicionar a Felipe VI. Los empresarios –sobre todo los grandes– no entienden ese empeño en impedir cualquier solución que permita salir del actual empantanamiento y que puede dar vía libre a la llegada al poder de Podemos. Y dentro del PP, crecen las voces críticas –aunque aún no se atreven a hacerlo en público– por haber cedido la iniciativa política al líder socialista, dando una imagen de abulia y desinterés.

Lo cierto es que su discurso del viernes y de ayer sábado –insistiendo en presentar su candidatura si Sánchez fracasa y reiterando su «derecho» a formar gobierno– así como su inopinada oferta de cinco pactos de Estado al PSOE y a C's aparecen fuera de lugar, toda vez que el líder del PP dejó pasar ese tren cuando el rey le invitó a cogerlo el primero. La tensión ha crecido exponencialmente con el paso de las semanas en el seno de su partido y del Ejecutivo y se ha dejado notar en una serie de declaraciones a cada cual más extemporánea de ministros –Margallo o Fernández Díaz– y altos cargos como Ayllón.

Además, la situación ha empeorado por los escándalos de corrupción que han salpicado al partido, lo que ha llevado incluso a dos vicesecretarios generales –Maroto y Levy– a pedir poco menos que una purga «caiga quien caiga» frente al discurso ambivalente del propio Rajoy, sobre todo en lo referido a la exalcaldesa de Valencia Rita Barberá y su presencia en el Senado.

A estas alturas del proceso postelectoral, es Sánchez quien ha conseguido transmitir una imagen de compromiso e iniciativa que a buen seguro –independientemente de que al final sea investido o no presidente del Gobierno– le rentará, tanto a nivel interno en la lucha de poder en su partido –ahí está el inesperado respaldo de Felipe González– como de cara al electorado en caso de que vuelvan a celebrarse elecciones. Por de pronto, con su decisión de dialogar con todo el mundo ha conseguido forzar la mano a un Pablo Iglesias que ha tenido que variar sustancialmente su discurso intolerante de «líneas rojas» toda vez que ha comprobado en sus propias carnes que el ejercicio real de la política consiste en negociar y no en imponerse por las bravas.

Y a Albert Rivera le ha proporcionado un protagonismo que no obtuvo en las urnas pero que ha conseguido en base a moverse entre dos aguas intentado consolidar una imagen de partido bisagra que tampoco le concede la aritmética parlamentaria.

La próxima semana se antoja como clave en las negociaciones entre los socialistas y los partidos con los que pretende conseguir algún tipo de acuerdo. Desde un posibilista PNV a un entusiasta Compromís y una realista IU, entre otros, además de Podemos y C's. Entre los observadores de la Villa y Corte se extiende la impresión de que finalmente algún tipo de compromiso puede permitir a Sánchez llegar a la Moncloa. De hecho, él mismo ha anunciado que prevé cerrar los acuerdos antes de final de febrero para ser investido a principios de marzo. En esa partida habrá muchos jugadores, con intereses diversos, que determinarán una legislatura sin precedentes que deberá abordar reformas de calado, tanto en lo económico como en lo institucional. Y el papel que el PP decida asumir: obstruccionismo implacable o regeneración interna. marcará su futuro.

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