El hambre agudiza el ingenio y las fallas, que como toda fiesta se mueve con precariedad en su financiación, ha buscado en sus células de organización todo tipo de formas de obtener dinero, incluyendo las ilegales y las alegales.
El bingo no es patrimonio exclusivo de Islas Canarias-Trafalgar. No varias las comisiones que recurren a hacer de sus casales un salón de juegos, amparados en el concepto de que "somos falleros y estamos aquí reunidos jugando entre nosotros".
Son muchos los casales que tienen barras en las que se despacha comida y bebida, que incluso llegan a ser arrendadas a un "casalero". El conflicto surge o puede surgir si se despacha a alguien que no sea fallero y sí a viandantes, convirtiéndose en la práctica en bares clandestinos.
Con la ley en la mano, habría muchas objeciones a la venta de comida y bebida durante la celebración de actos dentro o fuera de la semana fallera, ya sea en una verbena de San Juan, una preselección de la corte o una fiesta de "mig any", donde siempre se anuncia sin rubor que "habrá servicio de bar a precios populares".
Las comisiones, obviamente, defienden que necesitan financiación para desarrollar los indudables fines sociales que desarrolla.