Llega Navidad. La fiesta litúrgica más popular y arraigada de toda la tradición cristiana en cualquier lugar de la tierra. La más entrañable que tanto crédulos como incrédulos celebran con igual alboroto. Porque ¿quién no guarda en una zona secreta de su memoria, sobreviviendo a todos los escepticismos, la imagen del Niño en un pesebre convertido en cuna calentado por el suave aliento de un asno y un buey, aunque no sea cristiano?
El arte se ha encargado de multiplicar las obras maestras sobre esta escena. Porque ningún motivo humano ha inspirado más al hombre, que el impacto de esa madre -María- y de ese padre -José- mostrando su Hijito al mundo representado en unos humildes pastores; mientras que un coro de ángeles -para que no se eche en falta el toque de lo divino- se muestra desde lo alto anunciando la paz a los hombres de buena voluntad.
No hay escuela pictórica que no tenga sus nacimientos, sus adoraciones de Reyes Magos, ni sus huidas a Egipto. Obras además reproducidas con tanta fuerza, que logran imponer a quienes las contemplan ese ambiente particular que escogieron sus autores, ajeno incluso a la realidad del paisaje y del color de los hechos.
Ahí está, por ejemplo, la famosa "Huida a Egipto" de fray Angélico que, representada en Toscana en medio de un paisaje de suaves ocres y luz tamizada entre rectos cipreses, cuesta trabajo imaginarse la dura realidad de tratarse de una huida a través del desierto más espantoso del mundo.
Pero asombra todavía más reconocer que el conocimiento universal de estas escenas familiares del Jesús niño -sin asomo aún el tiempo futuro del invento de la TV- se debe tan sólo al cortísimo relato de unos pocos documentos. En realidad, sólo algunos versículos de los evangelios de san Mateo y san Lucas llamados "de la infancia de Jesús". Porque ni san Marcos ni san Juan -los otros dos evangelistas- hablan de ello en los suyos. Ni tampoco el gran san Pablo en sus famosas epístolas. ¿Y de donde lo supieron ellos? cabría preguntarse. Lo descubre san Lucas con estas palabras: "María guardaba estas cosas en su corazón".
Sin embargo percibimos hoy que la verdadera Navidad con su sabor más entrañable y cargado de hermoso contenido, que cada uno vive desde su situación particular, está en peligro. Porque la acosan demasiados cambios sociales sobrevenidos en las últimas décadas que le hacen perder su sentido original. Sentido que no es otro que el Hijo de Dios "vino a acampar entre nosotros". A vivir nuestra vida humana, hermanada a la suya divina.
Y que quienes este hecho aceptan no pueden quedar indiferentes, ya que esta aceptación conlleva sentir como propias las heridas contra la fraternidad entre los hombres o contra los pobres y excluidos de la sociedad. Para éstos que lo aceptan, celebrar de verdad la Navidad debería ser celebrar la confraternidad contribuyendo a paliar el sufrimiento y la necesidad de los que tenemos noticia en la mayor medida posible. Especialmente en este tiempo de crisis. No es un simple mudar el humor y hacer unos cuantos gestos compasivos que nos devuelvan nuestra engañosa satisfacción personal.