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Vicente, vencedor en el combate de la fe

El triunfo de un mártir. Nació aristócrata y murió tras sufrir las más horribles torturas. Defendió su fe hasta el final en una Valencia que tenía orden de adorar al emperador de Roma. Sufrió los mil tormentos con tal serenidad que su torturador lo mandó curar para empezar de cero. Murió mientras le sanaban las heridas y dejó una huella que aún perdura

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MÓNICA ROS
VALENCIA
Huesca, con una iglesia construida en el sitio de su casa natal, Zaragoza, donde estudió y desarrolló su actividad apostólica y Valencia, teatro de sus atroces tormentos y testigo de su glorioso triunfo, son las tres ciudades españolas que se disputan el honor de ser la cuna de Sant Vicent. El relato de su «pasión» leído en las iglesias, excitó la admiración universal. En la obra de Jesús Martí Ballester «San Vicente, Diácono y Mártir» reúne la biografía de un hombre cuyo nombre (Vicente) significa vencedor en el combate de la fe. La iglesia celebra mañana, 22 de enero, su fiesta.

La familia. Vicente era bello y aristócrata. Su padre, cónsul y su madre Enola, natural de Huesca, lo confiaron a San Valero, obispo de Zaragoza, bajo cuya dirección hizo rápidos progresos en la iglesia. A los 22 años, el obispo —que era tartamudo— le eligió diácono y le confió el cuidado de la predicación con lo que Valero, quedó en la penumbra. La actividad diaconal de Vicente se desarrolló durante una época relativamente serena y pacífica.

La persecución de Diocleciano. Sin embargo, después del año 300, se originó una nueva y sangrienta persecución, decretada por los emperadores romanos reinantes, Diocleciano y Maximiano, que habían jurado exterminar la religión cristiana. En 303 se publica el primer edicto imperial: Todos los pobladores del imperio tenían que adorar al «genio» divino de Roma, impersonado en el Cesar. Para llevar a cabo los edictos persecutorios, llega a España el prefecto Daciano, que permanece en la Península dos años, ensañándose cruelmente en la población cristiana. En Zaragoza mandó prender al obispo y al diácono Vicente. «Si no empiezo por quebrantar sus fuerzas con abrumadores trabajos, estoy seguro de mi derrota», pensaba. Les cargó pesadas cadenas, y ordenó conducirlos a pie hasta Valencia, haciéndoles padecer hambre y sed. En el largo viaje, los soldados les afligieron con toda clase de malos tratos.

Camino de Valencia. Vienen a Valencia, colonia romana y poco evangelizada, para ser juzgados por Daciano. Antes de entrar en la ciudad, los esbirros pasaron la noche en una posada, dejando a Vicent atado a una columna en el patio. Ya en Valencia se les encerró en prisión oscura y se les dejó sin comer durante varios días. Cuando Daciano los llamó para juzgarlos, le extrañó que estuvieran alegres, sanos y robustos. Desterró al obispo (que era tartamudo y prefirió no hablar) y al rebelde, que le ultrajaba en público, lo sometió al potro, para que aprendiera a obedecer a los emperadores.

La tortura. Le desnudaron, y le azotaron con tal saña, que las cuerdas y ruedas, rompieron los nervios del mártir; le descoyuntaron sus miembros, y desgarraron sus carnes con uñas y garfios de hierro. El mismo Daciano se arrojó sobre la víctima, y le azotó cruelmente. El cuerpo de Vicente es desgarrado con uñas metálicas. Mientras lo torturaban, el juez intimaba al mártir a abjurar. Vicente rechazaba sus propuestas: «Te engañas, hombre cruel, si crees afligirme al destrozar mi cuerpo. Hay dentro de mí un ser libre y sereno que nadie puede violar y que está sujeto a Dios». Daciano, desconcertado y humillado ante aquella actitud, le ofrece el perdón si le entrega los libros sagrados. Pero la valentía del mártir es inexpugnable. Entonces, le aplica el grado supremo de la tortura: un lecho de hierro incandescente. A Daciano le enfurecía la serenidad de Vicente, y hastiado de tanta sangre, mandó devolverlo a la cárcel. Allí yace Vicente, sobre cascos de cerámica y piedras puntiagudas,con los pies hundidos en los cepos. Pero, de pronto, la cárcel se ilumina, el suelo se cubre de flores y el ambiente de perfumes extraños. Se rompen los cepos y las cadenas. El prodigio conmueve la ciudad.

Curarlo para atormentarlo. Daciano manda curar al mártir para someterlo otra vez a los tormentos. Los cristianos le curan. Pero apenas colocado en un mullido lecho, cubierto de flores, el espíritu vencedor de Vicente vuela al cielo. Dios le llamó a su testigo, teñido aún con la sangre martirial. Era el mes de enero del 304.

La defensa de un cuervo. El tirano, despechado, mandó arrojar a un muladar el cadáver de Vicente para ser devorado por las alimañas. Un cuervo lo defendió de los buitres y de las fieras.

Arrojado al mar. Daciano decidió entonces mutilar el cuerpo y arrojarlo al mar atado con una rueda de molino, de donde le viene el sobrenombre de «la Roda». Las olas, más piadosas, lo devolvieron a la playa de Cullera donde lo recogió la cristiana Ionicia, lo enterró. Los fieles comenzaron a venerarlo.

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