Era más fiel a los recreativos que a los libros —no tenía el bachillerato—, había diseñado planes de boda con su novia, y ya llevaba cinco años trabajando en el almacén de una empresa informática. Pero Diego Pastor veía cada mañana el seminario de Moncada, situado justo enfrente de su empresa, y de tanto verlo tanto verlo… sintió la necesidad de entrar dentro. ¿Por qué? Eso mismo le preguntaba él a Dios: «¿Por qué me llamas a mí, que soy un muchacho sencillo que trabaja en un almacén, que no tiene muchos estudios y que además me gustan mucho las mujeres? ¿Qué sentido tiene todo esto? No lo sabía, pero era un fuego que me ardía dentro y que no podía controlar», explica. Así que un buen día, tras dos años de cavilaciones, tomó la decisión en el descanso del curro mientras su mirada, como cada mañana, quedaba fijada en la silueta del seminario.
Diego se dejó el trabajo, se pegó una «panzá» de estudio —«de tanto rellenar albaranes en mayúsculas se me había olvidado hasta escribir en minúsculas», cuenta— y, cuando logró sacarse el bachillerato con mucho esfuerzo, entró en el seminario. Ahora se cumplen seis años de aquel inicio. Ya es diácono en una parroquia de Valencia y a final de curso será ordenado sacerdote.
Aunque choque de entrada, el perfil de Diego no es tan extraño en el seminario de Moncada. Entre los largos y vacíos pasillos de este complejo mastodóntico, que hace medio siglo era como un pequeño pueblo con 812 curas in péctore, se encuentran muchos jóvenes cuya vida no estaba encarrilada al sacerdocio. Es el caso de Virgilio González, de 35 años. Aunque ahora es «Virgilio el seminarista», tampoco hace tanto que era «Virgilio, el profesor de Biología» en un colegio de Alboraia.
Con un contrato indefinido bajo el brazo, llevaba siete años guerreando con sus alumnos de secundaria y vivía solo mientras intentaba olvidar a su última novia. Sí, tenía media vida solucionada y su implicación en la Iglesia se quedaba en la presidencia de los juniors. Pero en 2005 decidió girar el timón. Pidió una reducción de horario en el trabajo y se matriculó en la Facultad de Teología. Un año fue suficiente para acabar de convencerse. «Me despedí de los alumnos y me dio pena. ¡Hasta una alumna se enfadó conmigo porque quería tenerme de profesor al curso siguiente!», recuerda.
Así entró en el seminario mayor y empezó su vocación… no sin algún inconveniente. Era todo un hombre de 30 años que renunciaba a un trabajo, a tener ingresos y a algo más: «Y para alguien que vivía solo y era completamente libre como yo, cuesta un poco adaptarte a los horarios marcados por otros, a pedir permiso para ir a ciertos lugares… Fue un gran cambio y el primer año costó».
La vida en el seminario
Porque la vida del seminarista es muy ordenada y está marcada por tres pilares: el estudio, la oración y la vida comunitaria. Con una habitación individual con baño para cada uno, los seminaristas se levantan con el sol para acudir a las 7.15 a la oración de Laudes. Luego desayunan y a las 8.10 cogen el autobús que los lleva del seminario de Moncada hasta la Facultad de Teología de Valencia. Están en clase de 8.50 a 13.20 h., cuando cogen el autobús de regreso al seminario para comer allí a las dos del mediodía. Por la tarde, la formación complementaria (lenguas clásicas y música), el estudio y el deporte son la antesala de la oración personal de las 19.30, la misa de las ocho y —si es martes— el rosario comunitario de las 21.50. Así, de lunes a viernes. Y un fin de semana de cada dos vuelven a casa.
Ésta es la vida en la que deseaba sumergirse desde pequeño Vicent Femenia, de Sagra (la Marina Alta). «Desde que tengo uso de razón —cuenta— he estado vinculado a la Iglesia. Era monaguillo, tocaba las campanas, iba detrás de la sacristana María preguntándole para qué servía esto y por qué hacía lo otro… Desde pequeño estuve convencido». Pero la voluntad del Señor topó con una más fuerte al principio: la de su madre y su abuela. «¿Cura? No, tú serás ingeniero», le replicaban ambas. Como buen cristiano, Vicent obedeció y se matriculó en la Politécnica en Ingeniería Técnica Industrial.
«Pero como la procesión iba por dentro», cuenta con humor Vicent, aquel primer año en Valencia lejos de sus padres lo aprovechó para acercarse el seminario de Moncada con la excusa de ir a ver a un conocido. «Visitar el seminario y compartir mi inquietud con los seminaristas fue ya la gota que colmó el vaso. Y así, el 1 ó 2 de mayo de aquel curso sentí una llamada muy fuerte, de la que ya no pude hacerme el sordo, y decidí entrar al seminario», explica. «En mi casa —prosigue— se lo tomaron muy mal, sobre todo mi madre. Pero han pasado dos años y mi madre es hoy la mujer más feliz del mundo, y el pueblo [de menos de 500 habitantes] está contentísimo, porque hacía 120 ó 130 años que no salía ningún hijo del pueblo cura», dice Vicent con una sonrisa en la boca que no se le borra en toda la entrevista. ¿Y no echará de menos formar una familia? «Quien no se compromete con nadie se puede comprometer con todos. Y la feligresía será mi familia», responde con decisión.
«Flechazo» en la JMJ de Madrid
Si lo de Vicent de Sagra es una vocación cocida a fuego lento desde la infancia, el caso de David Alís, de 19 años, ha sido todo lo contrario. «¡Lo mío ha sido un flechazo!», resume él mismo. Y un flechazo muy reciente.
Estudiante de magisterio y violonchelista aficionado, David fue uno de los miles de jóvenes que este verano viajó a Madrid para seguir la visita del papa a la Jornada Mundial de la Juventud. Allí sintió la llamada al sacerdocio. Pero no en las alocuciones de Benedicto XVI, sino en el encuentro vocacional posterior con Kiko Argüello, el líder del Camino Neocatecumenal, los kikos.
«Fue escuchar a Kiko y decidir que me decantaba por el seminario. Desde ese momento, han sido los dos meses más felices de mi vida», cuenta mientras se acaricia la crucecita de madera atada al cuello. Cierto es que se le ve contento, como cuando el otro sábado sus amigos de Buñol lo recibieron entre aplausos al llegar al pueblo.
El movimiento de los kikos, uno de los más activos del catolicismo español, también ha arrastrado al sacerdocio a Pepe Mas. Hijo de un profesor de religión y miembro del Camino Neocatecumenal, este joven sintió a los 16 años, en un campamento católico, que su vida iría revestida de sotana. Entró en el seminario menor de Xàtiva y ahora ya va por tercer curso en la carrera sacerdotal. ¿Y cómo lo encaja su círculo de amigos y conocidos? Pepe es tajante: «Es que no tengo nada de lo que avergonzarme. Y eso ya es dar testimonio de Cristo. Mis amigos me han respetado siempre. Y más todavía porque no lo oculto. Porque si lo ocultas, creas la sospecha», reflexiona.
Es un común denominador en todos los seminaristas consultados y lo sintetiza el rector del seminario, Fernando Ramón: «Los condicionamientos sociales no perjudican la aparición de vocaciones, pero es cierto que ya no son una razón que ayuden a hacerse sacerdote. Gracias a Dios, la gente no vive hoy el sacerdocio como una promoción social y personal, sino como un servicio eclesial. Y así se ha purificado mucho la vocación», opina el rector.
El ejemplo de Emmanuel
Buen ejemplo es el de Emmanuel Cano, de 32 años. Él ya tenía la vida solucionada. Licenciado en Arquitectura y nacido en el seno de una familia poco creyente, Emmanuel trabajaba en un estudio de arquitectura en Londres cuando se sintió como Abraham: llamado para seguir a Dios. Dejó el trabajo, volvió a Valencia y sometió esa llamada a un curso prevocacional: «Entonces vi que la llamada se clarificaba y que el corazón se me llenaba de alegría. Y a los 29 años entré en el seminario», dice.
Entre citas de Abraham, Moisés o los Salmos, Emmanuel reconoce que, «aparentemente, no tiene sentido dejar un trabajo y cambiar de vida» como él hizo. «Pero Jesús —cita una vez más— siendo rico se hizo pobre para enriquecernos a nosotros con su pobreza». Eso mismo han hecho ellos: abandonarlo todo —estudios, trabajo, un porvenir cualificado— por su ideal.