En apariencia, Neda no hizo gran cosa para convertirse, ya para siempre, en el símbolo sagrado de la resistencia civil frente a la teocracia fundamentalista de Irán. Simplemente estaba en el lugar inadecuado, cuando hubo descargas de bala. Ahora bien, ¿por qué estaba allí Neda? Al parecer, su novio se lo había desaconsejado, y ella se limitó a acercarse al lugar, pero algo debió impulsarla a bajarse del coche. Neda cedió a ese empujón del destino, la bala golpeó en su pecho, y el fragor interno de la muerte dejó inmaculado su rostro bellísimo, salpicado sólo de sangre. Neda, para colmo, significa "la voz que clama", o algo así. Si los monjes fueran de veras religiosos deberían saber leer los signos, y asumir que en ese instante el destino les había dado la espalda, colocando en la cartelera de la historia, encima de sus feas barbas patriarcales, el rostro virginal de Neda.