DIEGO A. AGÚNDEZ KABUL/EFE
Sólo dos días antes de los comicios presidenciales de mañana, los talibanes afganos volvieron a actuar ayer con dos atentados suicidas que dejaron al menos una docena de muertos y un ataque con proyectiles sobre el palacio presidencial de Kabul, una ciudad en alerta y tomada por completo por las fuerzas de seguridad y de la OTAN.
El atentado más grave tuvo lugar en la peligrosa carretera que conduce a Jalalabad (este) desde Kabul, objetivo frecuente de los insurgentes porque a la salida de la capital se encuentran varios cuarteles de las tropas estadounidenses y de la OTAN. El suicida lanzó su vehículo contra un convoy militar de la OTAN y causó la muerte de siete personas y heridas a otras cuarenta. La Alianza aseguró que entre los muertos hay un soldado de la fuerza internacional (ISAF), siete civiles afganos y dos empleados afganos de la misión de la ONU en Afganistán, este último dato confirmado por Naciones Unidas. La ISAF también elevó el número de heridos a 55, entre ellos dos militares de la OTAN.
Ataque al palacio presidencial
El atentado fue condenado por el presidente afgano, Hamid Karzai, horas después de que dos misiles cayeran en las inmediaciones de su palacio sin causar víctimas.
Y además, según una fuente policial, otro ataque suicida acabó con las vidas de dos civiles y tres soldados afganos e hirió a otras cinco personas en la región centro-meridional de Uruzgán, donde los talibanes tienen una amplia presencia.
Este mes se han registrado ya varios ataques con cohetes lanzados desde las afueras contra Kabul, una ciudad relativamente aislada del conflicto armado y cuyos habitantes aún recuerdan el martirio al que fueron sometidos durante la guerra civil en la década de 1990 y conviven casi diariamente con los atentados. Ataques como el de ayer contra el convoy de la OTAN y otros contra instalaciones militares o sedes oficiales se cobran siempre una mayoría de víctimas entre los civiles que se encuentran en las proximidades.
En vísperas de las elecciones, Kabul se encuentra tomada por miles de soldados del ejército, policías y guardas privados de seguridad armados con kalashnikov o con ametralladoras para proteger los edificios importantes.
Una fortificación insuficiente
La zona de las embajadas cuenta con sucesivos controles de paso y los edificios estratégicos están amurallados con alambradas y densos bloques de cemento para protegerse de los atentados de los talibanes, quienes han demostrado su capacidad de golpear la ciudad y sus centros de poder.
Por si fuera poco, de acuerdo con distintos informes, las carreteras afganas están infestadas de bandidos que tienden emboscadas a camioneros y viajeros, sin que esté clara en muchas ocasiones la frontera que separa al delincuente común del insurgente talibán.