EFE
Para la mayoría de los habitantes de la antigua URSS, la II Guerra Mundial comenzó en la madrugada del 22 de junio de 1941, cuando la Alemania nazi invadió la Unión Soviética. La realidad, sin embargo, es otra: Una semana antes del comienzo de la II Guerra Mundial, el 23 de agosto de 1939, los ministros de Asuntos Exteriores de Alemania y la Unión Soviética, Joachim von Ribbentrop y Viacheslav Mólotov, respectivamente, firmaron en el Kremlin un Tratado de No Agresión, conocido como Pacto Mólotov-Ribbentrop.
El Tratado iba acompañado por un protocolo secreto, en el que el Tercer Reich y la Unión Soviética definían prácticamente el reparto de la Europa del Este y, en particular, acordaban la futura delimitación de sus «zonas de influencia» en Polonia.
El 1 de septiembre Alemania agredió a Polonia y comenzó la II Guerra Mundial. Por su parte el 19 de septiembre cruzó la frontera polaca el Ejército Rojo. Según la declaración del Gobierno de la URSS, las tropas soviéticas entraron para «proteger de la agresión alemana (...), las vidas y los bienes de la población ucraniana y bielorrusa de las regiones orientales de Polonia». Tras una devastadora guerra que diezmó la población soviética, Stalin acabaría imponiendo un régimen comunista en el área ocuapada en el repliegue del frente nazia hacia Berlín.
EEUU, el otro gran vencedor
Por su parte, la entrada de EE UU en la II Guerra Mundial acabó con las aspiraciones iniciales de Washington de mantenerse aislado de los conflictos internacionales, y le llevó a iniciar una etapa de intervencionismo exterior que aún hoy perdura. «EE UU cambió de manera dramática a partir la II Guerra Mundial. Hasta entonces era una potencia económica, no militar, que se mantenía aislada de los conflictos», dice el profesor de la American University Peter Kuznick. «De haber seguido así, no habría habido bomba nuclear ni Guerra Fría. El mundo sería distinto hoy», añadió este experto en historia americana del siglo XX.
En 1939, los estadounidenses presenciaron el comienzo de otra guerra europea con alarma pero sin ánimo alguno de involucrarse en un conflicto para el que no se estaban preparados. El presidente Franklin D. Roosevelt había logrado del Congreso autorización para mejorar la dotación de sus fuerzas armadas, pero aun así, apenas si estaban preparadas para defender el territorio nacional y atender a catástrofes y desastres naturales.Además, seguía imperando en EE UU la corriente aislacionista. De hecho, Washington defendió a los republicanos en la Guerra Civil española, pese a que algunos de sus ciudadanos se movilizaron en la lucha contra el general Francisco Franco, como recuerda Kuznick.
No obstante, tras el ataque sobre Pearl Harbor en 1941, todo cambió. EE UU entró en la contienda y pudo salir de ella convertido en la primera potencia mundial. Sin haber sufrido en su propio territorio la devastación que arrasó a Europa, Rusia, China y Japón, EE UU salió de la guerra como la principal potencia económica y militar, una posición que debería disputar con la URSS en una tensa relación que dividió al mundo en dos bloques antagónicos, tal y como se certificó en los acuerdos de Yalta, en la que las potencias vencedoras se repartieron Europa.