Los retos del dragón

Desde que el 1 de octubre de 1949 Mao proclamó la República Popular China, el gigante asiático ha transformado su rostro. Ya es la tercera economía del mundo y el referente para sacar al planeta de la crisis. Sin embargo, son enormes los desafíos que le aguarda el futuro. El más esperado, su democratización.

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Los retos del dragón
Los retos del dragón efe/diego azubel

PACO CERDÀ Paco Cerdà
valencia

­­Pocos rincones de Pekín ofrecen una visión tan panorámica de la historia china como la puerta de Tiananmen que da acceso a la Ciudad Prohibida. Muros adentro, entre palacios y jardines centenarios, aún resuenan los ecos del imperio que llegó a ser faro civilizador del planeta y que se hundió en 1911 por el voraz imperialismo occidental y su propia incapacidad de adaptación. Sobre el dintel de la puerta, un retrato de Mao Zedong recuerda al hombre que proclamó la República Popular China el 1 de octubre de 1949, hoy hace 60 años, poniendo fin a medio siglo de agresiones extranjeras, caos interno y guerra civil. Por último, muros afuera, mirando a la plaza más grande del mundo, el visitante percibe el vibrante latido de una sociedad que ha protagonizado la mayor revolución económica de la historia y que encaja este aniversario como un cambio de ciclo en el Imperio del Centro.
Si el Gran Timonel proclamó hace 60 años que el humillado pueblo chino se había «puesto en pie», nadie puede negar que ahora se halla en plena carrera y sin visos de freno. Aquel país devastado, subdesarrollado y con la moral minada de 1949 es hoy la tercera economía del mundo —con previsiones de superar a Japón en 2010 y a Estados Unidos en 2020— y representa la esperanza de la comunidad internacional para encabezar la salida de la recesión global gracias a su actual crecimiento del 8%. El cambio de China ha sido inaudito y sus cifras marean. Por ello, baste sólo con subrayar una obviedad que a veces olvidan los custodios de la libertad en Occidente: ningún tiempo pasado fue mejor para los chinos. Existen, pues, sobrados motivos para la celebración.
Sin embargo, este 60 aniversario de la Nueva China desprende preocupantes aires de encrucijada histórica. Son muchos los retos que afronta Pekín a medio plazo. Entre ellos, reducir las desigualdades sociales que condenan a 207 millones de chinos a vivir con menos de un euro al día; aplacar la contaminación medioambiental que mata de cáncer y enfermedades respiratorias a más del 40% de la población; desactivar el polvorín étnico en Xinjiang y Tíbet; o edificar el soñado sistema de salud pública universal que aminore el ahorro de las familias y fomente el consumo interno.
También preocupa la corrupción creciente en el Partido Comunista Chino (PCCh), el vacío ideológico de un Estado comunista salvajemente capitalista, el envejecimiento demográfico o la búsqueda insaciable de fuentes energéticas que aseguren la producción industrial de la fábrica del mundo. Pero si hay un punto de la agenda china que a todos inquieta en especial es la reforma política del gigante asiático.

Cambio político
Formalmente, el sistema político chino ha permanecido inmutable en las seis últimas décadas. Sigue en pie el modelo de Estado leninista dirigido por un partido comunista que fundó Mao. No obstante, la esencia de la política china se ha visto profundamente alterada desde entonces. Con Mao Zedong y Deng Xiaoping finalizó la era de los carismáticos líderes chinos que gobernaron el país como dictadores plenipotenciarios. Los presidentes Jiang Zemin y Hu Jintao, por contra, han ejercido después una dirección cada vez más colegiada y basada en el consenso entre facciones. Esa democracia interna del Partido se espera que vaya en aumento cuando en 2012 acceda a la dirección del país la quinta generación de comunistas chinos. Se especula con el tándem Xi Jinping y Li Keqiang como presidente y primer ministro, respectivamente. Nombres aparte, el contrapeso de ideologías en el seno del Comité Permanente del Politburó favorecerá la democracia interna en el Partido. Y ésa, precisamente, constituye la condición indispensable para la posterior democratización del sistema, según considera la mayoría de analistas.
¿Qué opina el Partido al respecto? Hablar de democracia ya no supone un tabú para los comunistas chinos. Hace tan sólo dos semanas, Cai Xia, profesora de la Escuela del Partido del Comité Central del PCCh, marcaba el objetivo para las tres próximas generaciones de dirigentes chinos. Según Xia, «en sus 88 años de historia, el PCCh tardó 28 en lograr la independencia nacional, 30 en fortalecer el país y otros 30 en convertir el despegue de la economía nacional en una realidad. El Partido se encuentra ahora en el umbral de los próximos 30 años. Seguir adelante con la reforma democrática se corresponde con la naturaleza de la época actual».

Miedo a la «perestroika»
Sin duda, el Partido se reserva el derecho a pilotar cualquier transición a la democracia. Y no se da prisa: no ocurrirá antes de 2040, según establece un documento oficial del año pasado, para evitar que una apertura precipitada provoque «desorden, divisiones e inestabilidad en el país». El fantasma de la perestroika que aceleró la implosión de la Unión Soviética todavía planea sobre Pekín. Resulta previsible, pues, que la buena marcha de la economía y los progresos sociales, auténtica legitimación de la dictadura china, permitirán al PCCh marcar los tempos políticos a su antojo.
China ha conseguido en 60 años lo que nadie imaginaba posible. En su momento demostró, además, haber sabido adaptar el comunismo y el capitalismo a las «características chinas». Quizá también lo intente con el invento griego y promueva una «democracia a la china». Por ello, sería estúpido subestimar a sus dirigentes. Tan inútil como elucubrar pronósticos sobre la evolución política del Imperio del Centro. Aun así, es interesante la teoría del sinólogo Enrique Fanjul. Sostiene Fanjul que «lo mismo que China fue avanzando en la reforma económica y un día se encontró con que ya no era socialista sino capitalista, el marco de libertades, de crítica y participación ciudadana irá avanzando. Y un día, quizá no muy lejano, China se encontrará con que, por fin, puede considerarse una sociedad democrática». Ése es el gran reto del dragón rojo y de la dinastía política que lo cabalga desde hace 60 años.

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