INGRID HAACK BERLÍN/EFE
El 9 de noviembre de 1989 Berlín vivió la noche más feliz de su historia con decenas de miles de ciudadanos de uno y otro lado del Muro abrazados en los puestos fronterizos y bailando sobre él ante la emblemática Puerta de Brandeburgo.
Si bien los hechos ocurridos en los meses previos -con huidas en masa a través de Hungría y Checoslovaquia, y manifestaciones en Leipzig y Berlín- ya abrieron fisuras políticas en el muro, el momento en sí tomó por sorpresa a todos.
Fue exactamente a las 18.53 (hora local) del 9 de noviembre cuando el portavoz del Politburó Günther Schabowski anunció en una rueda de prensa que el gobierno de la República Democrática Alemana (RDA) había decidido permitir a sus ciudadanos viajar al oeste, un derecho que hasta entonces sólo disfrutaban los jubilados y unos pocos privilegiados.
Las imágenes de esa conferencia de prensa se han repetido una y otra vez en todo el mundo, especialmente el momento en que un periodista italiano pidió a Schabowski que precisara el momento de entrada en vigor del nuevo régimen de viajes. "A mi entender entra en vigor... con efecto inmediato... ahora mismo", titubeó Schabowski tras consultar los papeles.
Mucho se ha debatido sobre si la pregunta del italiano fue espontánea y sobre si Schabowski se equivocó, como ha venido asegurando el entonces secretario general del Partido Socialista Unificado (SED) Egon Krenz, quien sostiene que la orden era para el día siguiente, lo que les hubiera permitido afrontar la situación mejor preparados.
Sorpresa para los soldados
Afortunadamente, los hechos posteriores transcurrieron de forma pacífica, pese a que tomaron a los soldados fronterizos totalmente por sorpresa.
Los primeros en dar a conocer la noticia fueron los medios occidentales: la agencia alemana DPA transcurridos diez minutos y las cadenas públicas de televisión en sus informativos posteriores. Mientras la televisión de la RDA seguía en silencio, el presentador del informativo de las ocho de la tarde de la ARD abría diciendo: "El Muro está abierto".
La información fue como un reclamo para miles de berlineses del Este que se enteraron directa o indirectamente de la bomba informativa y empezaron a formar colas delante de distintos puestos fronterizos para confirmar con sus propios ojos algo difícil de creer hasta entonces.
Al encuentro de los orientales
Mientras que en el oeste del país es difícil encontrar a alguien que no se enterara pronto de lo sucedido -miles de ciudadanos occidentales salieron al encuentro de sus vecinos ossis (orientales)- en el Este mucha gente no supo nada hasta que horas después la televisión germano-oriental empezó a hablar de las colas en las fronteras.
"Como la mayoría de los ciudadanos de la RDA yo no podía ver la televisión occidental, cuando ese día llegué a casa hice lo que hacía siempre: sacar por la ventana la percha de la ropa que me servía de antena y poner la televisión", explica Angela Hampl, oriunda de Leipzig, que por entonces ya vivía en Berlín y estaba a pocas semanas de dar a luz.
"Vi que daban lo del permiso de viajar y las imágenes de coches dirigiéndose al muro. Me resultó incomprensible en ese momento, por lo que opté por no darle más importancia e irme a dormir" relata.
Lo que en el mundo mediatizado de hoy parecería casi un imposible, era distinto en 1989, cuando el teléfono móvil no existía y en la RDA ni siquiera había teléfono fijo en todas las casas, además de estar prohibida la televisión occidental.
Esa falta de información fue quizás la que acabó evitando que el "equívoco" de Schabowski derivara en una catástrofe, pues si bien fueron miles los ciudadanos que se acercaron hasta el muro, no hubo un cataclismo en los puestos fronterizos, pese a que no faltaron los forcejeos y los momentos de tensión con los guardias.
La fiesta se repitió los días posteriores, en los que no sólo los germano-orientales conocieron lo que muchos habían soñado como su Eldorado, sino que también muchos occidentales lo hicieron a la inversa.
Un 10% quiere recuperar la RDA
Lejos de la temida huida en masa -la RDA tan sólo dejó de existir un año después-, mucha gente, del este y del oeste, simplemente hizo lo que había soñado durante tanto tiempo, visitar calles vecinas divididas artificialmente du?rante 28 años.
Veinte años después, muchos jóvenes que viven en el territorio de la extinta RDA no saben ya quién era el jefe de Estado Erich Honecker o quién construyó el muro.
Los germano-orientales saben ahora que Eldorado no existe, pe?ro las encuestan indican que sólo un diez por ciento quisiera recuperar su país perdido.