Dos rostros grises al frente de la UE

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Catherine Ashton, el primer ministro sueco, Fredrik Reinfeldt y Herman Van Rompuy.
Catherine Ashton, el primer ministro sueco, Fredrik Reinfeldt y Herman Van Rompuy.  EFE/Olivier Hoslet.

El rechazo de los grandes dirigentes a políticos que les hagan sombra y la necesidad de respetar cuotas y equilibrios sitúan
a dos incógnitas a la cabeza de la nueva Unión Europea Herman van Rompuy y Catherine Ashton son dos políticos sin pasado relevante

EUGENIO FUENTES VALENCIA ?
Cuando se gestó la nonata Constitución Europea se pensó que una de las carencias del club era la ausencia de una personalidad y un rostro representativos de la Unión en el concierto mundial. El sistema de presidencias rotatorias semestrales que rige la UE ha hecho que la cúpula comunitaria refleje una imagen borrosa difícil de identificar. EE UU tiene a Obama, Rusia a Putin, Alemania a Merkel, Francia a Sarkozy, Italia, para bien o para mal, a Berlusconi, y España a un Zapatero con mejor imagen fuera que dentro del país. Pero, ¿cuántos europeos pueden señalar sin titubeos quién es el actual presidente de los Veintisiete? ¿Cuántos pueden siquiera precisar cuál es su nacionalidad? La solución ideada por los padres de la Constitución fue crear una figura "fuerte", dotada de un mandato de dos años y medio ampliables a cinco, que se encargase de dar una continuidad a las presidencias semestrales y, a la vez, facilitase ese número de teléfono que, según ironía de Henry Kissinger, la UE no ha tenido nunca cuando ha habido que hacer una consulta urgente. Esa figura es la del presidente estable y ha sido uno de los aportes de la difunta Carta Magna europea que han pervivido en su jibarizado sucesor, el Tratado de Lisboa, que entrará en vigor el próximo 1 de diciembre.
El proceso de elección del que será el primer presidente estable que haya conocido la UE ha puesto de manifiesto las dificultades que tiene un club tan peculiar para situar una pieza fuerte a su cabeza. No es de extrañar. Para empezar, la UE no es ni un estado federal ni una confederación sino un club, una comunidad. Se trata de una figura sin equivalente en el panorama mundial en la que se unen, por un lado, la voluntad de poner una serie de elementos en común -el mercado y la moneda únicos son los más conocidos- y, por otro, el deseo de multiplicar la influencia política de sus miembros sin ceder parcelas de soberanía importantes, como, por sólo citar la más visible, la política exterior y de seguridad. Como resultado, la UE es un gigante económico y un enano político. Y un presidente fuerte, cargo de marcado perfil político, es un traje demasiado holgado para su escueta estatura.
No acaban ahí las dificultades para poner en pie una robusta presidencia estable. En la UE, los países miembros, y en particular los llamados grandes, son, muy por encima de la Unión, los auténticos protagonistas del juego. Esto hace que la UE quede relegada a ser un instrumento que cada país intenta manejar en beneficio de sus propios intereses. Lo cual obliga, además, a respetar determinados equilibrios para que el artefacto no salte por los aires a merced del descontento de los más débiles, cuya arma letal es su capacidad de bloqueo. Este perverso y legítimo doble mecanismo ha brillado con toda su luz en el proceso de elección del presidente, que se ha desarrollado a la vez que el del jefe de la diplomacia. Nombrado por cinco años y desempeñado hasta ahora por el español Javier Solana, este cargo se ve reforzado en el Tratado de Lisboa con nuevas competencias. Aunque su perfil todavía está lejano del ministro de Exteriores de la UE con el que soñaban los redactores de la Constitución, su ocupante y el presidente estable compondrán en adelante el doble rostro comunitario.

Respetar los equilibrios
Así pues, a la hora de abordar la elección, quedó en primer lugar implícitamente descartado que los ungidos pudiesen tener un pasado político relevante. Ningún grande quiere tener por encima a alguien que le haga sombra. En segundo lugar, la elección quedó muy limitada por la necesidad de respetar los equilibrios entre poderosos y pequeños, entre occidentales y ex comunistas, entre conservadores y socialdemócratas, entre hombres y mujeres. El resultado ha sido la elección llevada a cabo el pasado jueves en Bruselas, en un Consejo Europeo que se anunciaba largo y tortuoso y acabó siendo un parto rápido y limpio.
El nuevo presidente será un político desconocido fuera de su minúsculo y dividido país, el primer ministro belga Herman van Rompuy (pronúnciese "fanrompoi"), un democristiano de 62 años cuyo mayor logro es haber sacado a Bélgica desde hace diez meses del marasmo en el que le empantanaba la incapacidad de formar un Gobierno con apoyo estable en un parlamento atomizado. Más difícil todavía, la jefa de la diplomacia será Catherine Ashton, de 53 años, una política laborista muy poco conocida incluso en su propio país, donde nunca se ha impuesto en las urnas. Ashton era comisaria de Comercio de la Comisión Europea desde hace mes y medio y, con anterioridad, presidenta de la Cámara de los Lores británica, lo que le ha valido un título de baronesa.
Van Rompuy salió adelante porque era el candidato pequeño deseado por los que todavía siguen siendo los dos más grandes de los 27, Francia y Alemania, pero el nombramiento de Ashton, que ni ella misma se esperaba, ha sido la jugada maestra del Reino Unido, el tercer grande en perpetua discordia. Londres jugó a fondo con el fantasma del bloqueo apostando sin concesiones a que el presidente fuera el laborista Tony Blair, hermano menor de EE UU en el apogeo del neoconservadurismo. Pero Blair era una baza imposible.

Lo de Blair iba de farol
Para empezar, el ex premier británico era rechazado por los socialistas europeos, que no estaban dispuestos a quemar su única carta con un político jubilado que, a estas alturas, va más por libre que nunca. En segundo lugar, Blair es lo más alejado a un candidato modesto y la sola idea de tenerlo al frente del Consejo Europeo producía escalofríos a Merkel y Sarkozy. Y, por último, un socialista a la cabeza de la UE es impensable cuando los conservadores tienen la mayoría tanto en el Consejo como en el Parlamento Europeo, situación que obligaba a que el presidente fuera conservador y el jefe de la diplomacia fuera socialdemócrata. De modo que, a la postre, Blair se reveló como un brillante farol del "premier" británico, Gordon Brown, quien, llegado el momento, renunció a él a cambio de imponer a Ashton, una persona de su máxima confianza. Un farol que ha colocado al frente de la diplomacia europea a una representante del único grande que, desde siempre, ha dado una mano al continente y la otra a los Estados Unidos.
El punto de partida de la nueva UE del Tratado de Lisboa no parece, pues, que vaya a propiciar un salto de la Unión hacia el papel de tercer gigante -junto a EE UU y China- que Bruselas reclama para sí en el siglo XXI. El nuevo tratado es bastante vago en cuanto a las funciones presidenciales, por lo que será cosa de Van Rompuy llenarlo o vaciarlo de contenido. En todo caso, es seguro que, además de asumir la representación de la UE ante el mundo, lo que hará que choque con Ashton en más de una ocasión, tendrá que emplearse a fondo para proveer de agendas ambiciosas y factibles a las cumbres comunitarias. Pese a su proverbial reserva, se sabe que es partidario de la mayor colaboración con EE UU y que, como París y Berlín, no quiere a Turquía en la UE.
En cuanto a Ashton, todo lo que se puede resaltar de ella es su completa inexperiencia en asuntos diplomáticos. "Era el peor candidato que tenían los británicos, pero es mujer", ironizó el jueves un diplomático europeo. Además de dirigir la política exterior y de seguridad común, presidirá el Consejo de Asuntos Exteriores y ocupará una de las vicepresidencias de la Comisión.

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