Los otros muros que hay que derribar

 
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Francisco Bataller

A
unque a veces con un sesgo que ha hecho parecer casi demoniaco todo el pasado comunista de Europa Oriental, los medios de todo el mundo han celebrado intensamente el vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín y, con ella, del comienzo de la recuperación de la libertad y la democracia en los países de la entonces llamada área soviética.
Ciertamente la ocasión lo merecía, ya que en esos veinte años se ha producido una gran transformación política, económica, cultural y social de esa parte de Europa que tan separada vivió del resto del continente y la mayoría de la cual hoy pertenece a la Unión Europea, de cuyas libertades, valores y prosperidad participa.
Resulta significativo, por lo simbólico, que la caída del muro de Berlín en un 9 de noviembre tuviera lugar en el mismo día del mismo mes en los que sólo cinco décadas antes se había izado otro muro, no por menos visible menos letal y desgarrador, en muchos lugares de esa misma Alemania. Un muro que separó definitivamente del resto de la sociedad alemana y austriaca a sus judíos. Fue el muro creado durante la tristemente célebre Kristalnacht o Noche de los cristales (rotos) y que, en el transcurso de los siete años siguientes, iba a condenar a su exterminación a muchos de aquéllos y a millones de otros judíos de Europa Central y Oriental.
Ocurrió esto en otro 9 de noviembre que culminó un periodo que acabó excluyendo a los judíos de la vida política y social de Alemania al abolir su prensa , prohibir su cultura, excluirles de muchos empleos, prohibirles su escolarización pública, expulsar a los de origen no-alemán, etc.
Frente a la alegría, esperanza y libertad del 9 de noviembre de 1989, el de 1938 vio el asalto, el incendio y la destrucción de miles de hogares y negocios judíos y de centenares de sus sinagogas, bibliotecas y cementerios. Asimismo, vio el asesinato de un centenar de judíos y el internamiento de decenas de miles de ellos. A partir de aquel momento nada fue igual para los judíos. de Europa Central y Oriental, cuyo terrible futuro comenzó a verse sellado definitivamente.
Cierto es que con el fin de la Segunda Guerra Mundial, acabó también la persecución masiva de judíos en el continente y que, en el más de medio siglo transcurrido, Alemania ha hecho un ejercicio público de expresión de dolor, vergüenza y arrepentimiento ante la barbarie cometida.
A pesar de ello, el antisemitismo no ha dejado de existir, ni en Alemania ni el resto de Europa, aunque su expresión explícita y violenta aparezca en las sociedades bienpensantes de Occidente como algo políticamente incorrecto y que a veces tan sólo se manifiesta inconscientemente, en el lenguaje, en los estereotipos o en la insensibilidad hacia la fragilidad en la que muchas comunidades judías viven cotidianamente aún hoy. El ataque a la venerable sinagoga de Dresden hace dos semanas no es sino un episodio más en los continuados ataques que, ignorados frecuentemente por la prensa, se producen casi cotidianamente.
No habría sido mala idea que las celebraciones por la caída del Muro de Berlín hubieran estado acompañadas por el recuerdo de que otro muro, invisible aunque de eficacia devastadora, fue erigido en fechas paralelas. Aunque a veces cuesta reconocerlo, muros semejantes, aún no siendo de cemento sino de intolerancia, no sólo frente a los judíos sino también frente a los gitanos, los emigrantes y otros, siguen existiendo y hay que derribar.
?Jefe adjunto de coordinación y análisis de la Dirección General de Relaciones Exteriores de la CE

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