EUGENIO FUENTES VALENCIA
Especias, oro y piedras preciosas fueron los presentes que, según el Corán, llevó la reina de Saba a Salomón desde sus ricos territorios, situados a caballo entre Etiopía, Somalia y Yemen. Con el tiempo, la reina se encarnó para el celuloide en la Lollobrigida, dirigida por Vidor. Mientras, Yemen y Somalia se convirtieron en vivero de combatientes yihadistas que aspiran a dinamitar intereses occidentales y a implantar en todo el orbe islámico dictaduras teocráticas basadas en una interpretación rigorista del Corán.
El fallido atentado aéreo del día de Navidad sobre Detroit (EE UU) ha puesto el foco sobre los yihadistas del Yemen, que en enero de 2009 se fusionaron con los de Arabia Saudí y, tras jurar obediencia al "emir" Bin Laden, llevan por nombre Al Qaeda de la Península Arábiga (AQPA), un grupo al que se atribuyen unos 2.000 efectivos. "En Yemen hay muchos como yo", afirmó el frustrado terrorista de Detroit, quien, según Estados Unidos, habría obtenido sus explosivos en ese país.
Desde entonces Yemen, la tierra del padre de Bin Laden, es oficialmente el tercer frente de lucha contra el yihadismo, tras Afganistán e Iraq. Sin embargo, la intensidad de la presencia yihadista en el país es conocida desde antes de los atentados del 11-S. Y tampoco son desconocidos los bombardeos y las operaciones militares encubiertas de EE UU en ese territorio, unos golpes que se combinan con la ayuda militar occidental al Gobierno de Saná, la capital yemení. Éste, por su parte, intenta marcar públicas distancias con Washington para no enajenarse a su propia población.
Lanzadas desde la única base del Pentágono en África -la de Yibuti, país al que sólo separa de Yemen el estrecho de Bab el Mandeb-, las operaciones de EE UU comenzaron en 2001, casi a la vez que la guerra de Afganistán, y llegan con altibajos hasta hoy mismo. Casi ninguna de ellas ha trascendido, aunque sí lo hicieron los bombardeos del 17 y el 24 de diciembre pasados, a los que supuestamente AQPA respondió con el atentado fallido de Detroit.
Los yemeníes se fortalecen
En cuanto a los golpes de los yihadistas contra intereses de EE UU, el más sonoro fue el atentado suicida contra el destructor USS Cole. Era octubre de 2000, un año antes del 11-S, y causó 17 muertos. El más reciente, en septiembre de 2008, tuvo por blanco la Embajada estadounidense en Saná. Diecinueve muertos. El más difundido en España, la muerte de siete turistas españoles, en julio de 2007, en un atentado con coche bomba en las inmediaciones del palacio de la reina de Saba.
¿Qué es, pues, lo que ha cambiado? En primer lugar, el atentado de Detroit ha puesto sobre aviso a EE UU de la capacidad de los yihadistas yemeníes para atentar de nuevo en su propio suelo. Ha sido la primera advertencia seria para Obama, una buena oportunidad para que los republicanos monten un alboroto mayúsculo y un revés en los planes para desmantelar Guantánamo: de los 198 internos que quedan en el campo 91 son yemeníes y su excarcelación se ha suspendido.
En segundo lugar, los yihadistas de Yemen han dado muestras de que, tras unos años de relativa postración, están teniendo éxito en el proceso de fortalecimiento iniciado en 2006 a raíz de la fuga de una prisión yemení de 23 miembros de la entonces llamada Yihad Islámica. Los reveses sufridos por el yihadismo en Iraq en los dos últimos años -gracias a la alianza de EE UU y el Gobierno de Bagdad con los jefes tribales y el antiguo Baas- se han sumado a la pinza de EE UU, la OTAN y Pakistán sobre Al Qaeda en Afganistán para poner en marcha una doble migración de veteranos de las dos guerras hacia Yemen.
¿Por qué Yemen? Hay, claro, un factor simbólico. Al Qaeda desea una presencia importante en la península Arábiga, ya que su máxima ambición sería la liberación de los Santos Lugares (Medina, La Meca), pero también hay factores políticos y religiosos. Yemen, resultado de la fusión tras la caída del Muro de los antiguos Yemen del Norte (prooccidental) y Yemen del Sur (prosoviético), es un país paupérrimo e inestable, paraíso del tráfico de armas y con recursos petroleros menguantes. Además, está devorado por una sangrienta guerra contra los chiitas en el norte, por las tensiones secesionistas en el sur y por las luchas internas abiertas por las perspectivas de sucesión del norteño presidente Saleh, en el poder desde 1974.
En suma, Yemen es un Estado a punto de convertiste en fallido, cuyos dirigentes religiosos, salafistas, están cada vez más divididos entre quienes repudian el yihadismo y quienes lo abrazan.