Claroscuros

Obama, un año después

 

Hoy se cumple un año desde que el primer presidente negro de EE UU, el demócrata Barack Obama, juró su cargo en Washington. Han sido doce meses marcados por una actividad frenética, tanto en la lucha contra la crisis como en el campo de las reformas. Obama ha cambiado la imagen de EE UU en el mundo, pero en su país pierde apoyo.

EUGENIO FUENTES VALENCIA David Plouffe, el multiaclamado estratega de la campaña que llevó a Obama a la Casa Blanca, es el autor de esta genética sentencia sobre el primer presidente negro de EE UU: "La reforma está en su ADN". Plouff vive estos días el terremoto promocional de su libro ""La audacia de ganar", lanzado a la calle en coincidencia con el primer aniversario de la llegada de Obama a la Casa Blanca, que se cumple hoy.
De entrevista en entrevista, la misión actual de Plouffe es vender cómo se hizo y no enjuiciar cómo se ha hecho tras la victoria. Así que de sus labios no sale ni un gramo de autocrítica. Pero para muchos de los millones de voluntarios y seguidores que contribuyeron a la victoria de Obama en las presidenciales de noviembre de 2008 la palabra clave es "decepción".
En otras palabras, Obama prometió cambiar el modo de hacer política, al margen de los grupos de presión políticos y económicos de Washington, y, según los obamistas más intransigentes, ni siquiera lo ha intentado. Su balance del primer año de Obama es negro cerrado, al igual que su esperanza en la capacidad de cambio del entonces senador por Illinois era blanca inmaculada. Pero con todo su ingenuo extremismo, los obamistas "duros" participan de una corriente en ascenso reflejada en las encuestas.
Ha de admitirse que, desde hace un año, el presidente y su inmenso equipo han desarrollado una actividad frenética. Cuando Obama llegó a la Casa Blanca, se encontró con un cuádruple frente interno en el que pelear: la crisis financiera y económica heredada del cuento de hadas neoconservador, la amenaza yihadista, el desmontaje de la herencia de Bush (legislación y modos autoritarios de gobernar) y el cumplimiento de las reformas prometidas.
Venciendo las previsiones más pesimistas, Obama está logrando encarrilar la economía de EE UU. Días atrás, la Reserva Federal ha dado por liquidada la recesión, tras estimar que el PIB ha crecido entre un 3% y un 3,5% en el último trimestre de 2009, por encima del 2,2% alcanzado en el trimestre anterior.
Con todo, hay un lunar persistente: el paro, que, en diciembre, se enrocó en el 10% de noviembre. Con el lunar del paro convive el fantasma del déficit público. El medio billón heredado de Bush se ha disparado hasta el billón como consecuencia del dinero desembolsado para el rescate de los bancos y empresas en crisis y de los casi 800.000 millones del plan de Obama para el relanzamiento económico, cuya futura segunda parte se está empezando a anunciar estos días.
En cuanto a las iniciativas para desmontar el legado de Bush, se sucedieron vertiginosas en los primeros días de mandato. Desde la prohibición de la tortura al levantamiento de la prohibición de investigar con células madre, pasando por la eliminación del control que el vicepresidente Cheney había establecido sobre el Senado, las medidas tomadas por Obama han hecho que la "era Bush" parezca una pesadilla muy lejana.
La estrella de todas estas decisiones fue la orden de tener cerrado el campo de Guantánamo para finales del presente mes. Sin embargo, aunque ya sólo quedan en él 198 internos, los problemas jurídicos y logísticos que plantea su enjuiciamiento o liberación han complicado el proceso. En consecuencia, el cierre de Guantánamo lo están señalando las bases del obamismo como un incumplimiento flagrante, mientras que los republicanos lo consideran una frivolidad que pone en alto riesgo la seguridad nacional de los Estados Unidos.
La guinda de estas complicaciones la puso el pasado día de Navidad el fallido atentado aéreo de Detroit, que no sólo ha obligado a paralizar la liberación de 98 internos yemeníes sino que ha puesto en primer plano las ya viejas actividades de Al Qaeda en Yemen, abriendo un tercer frente en la guerra contra el terrorismo o, para ser más precisos, contra el yihadismo.
Así las cosas, es fácil deducir de las líneas anteriores que la llegada de Obama a la Casa Blanca ha representado la puesta en marcha de una seria mutación respecto a la era Bush, cuyo alcance se irá perfilando en los próximos tres años. Esta mutación hace que, pese a todas las críticas, Obama tenga aún una gran legión de seguidores, aunque ya más numerosa en el exterior que en casa.

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