JOSEP ANTONI MOLLÀ SANTIAGO (REPÚBLICA DOMINICANA)
Manuel Sosa, de 27 años, forma parte de la Defensa Civil dominicana, de Santiago. Se trata de una agrupación equivalente a las brigadas de Protección Civil que tanto abundan en muchos municipios valencianos. Tras la marabunta que sacudió de forma tan inmisericorde y despiadada las tierras haitianas, el pasado 12 de enero, y que tuvo su epicentro radial en la capital de Puerto Príncipe, a pesar de estar ya en la reserva, Sosa acudió solicito, junto a otros 40 voluntarios de la segunda ciudad dominicana, para formar un grupo expedicionario y aportarle, de inmediato, su solidaridad al país vecino. Cuando apenas habían transcurrido 24 horas del terremoto en Haití, erigiéndose en testigos de excepción de los llantos, dolor y desesperación, que se irían acrecentando con el paso de los días, entre un pueblo terriblemente maltratado por la historia.
Tras un viaje de 9 horas, el autobús de la citada expedición, cruzó la frontera que separa a la República Dominicana de Haití, por la población de Jimaní, desde donde fueron escoltados por tres vehículos policiales, dos pertenecientes a los cuerpos de Haití y uno a la ONU. En total unas quince personas uniformadas fueron las que los acompañaron, con el fin de evitar actos de pillaje de la hambrienta y damnificada población del lugar. Esta protección se realizó durante todo el trayecto hasta llegar a la zona franca de Puerto Príncipe, y durante la estancia en dicho espacio, donde levantaron sus tiendas de campaña y su campamento de actuación, cuyos movimientos estuvieron dirigidos por un general dominicano de D. C.
Una de las misiones principales de este grupo de voluntarios santiagueros, al igual que la de numerosas agrupaciones de similares características, que fueron llegando de todas las partes del mundo, fueron las tareas de desescombro, en su caso en colaboración con un grupo de expertos mexicanos en salvamentos de terremotos.
Los niños perdidos fue otra de las tareas que tuvieron que resolver, aunque no la prioritaria, ya que su acción estaba dirigida al creciente número de heridos adultos. No obstante M. Sosa recuerda el caso de una niña de menos de dos años extraviada, que tuvieron que socorrer y transportar a un centro de acogida infantil.
Aunque pocos haitianos conocían el español lo cierto es que la expedición santiaguera de M. Sosa dispuso durante los cinco días que duró su cometido, de interpretes aborígenes, en sus tareas de comunicación y salvamento de las personas atrapadas o víctimas del seísmo. Según evoca Sosa, aún en la distancia, la que imponían vehículos en marcha o verjas, había mucha gente desesperada, siempre buscando alimentos, que "se dirigía a nosotros expresándose gestualmente con las manos sobre el estomago vacío, como implorando algún alimento".
Sosa señala que en la tienda-hospitalaria, donde se hacinaban los heridos, en su labor de ayuda, "al menos 23 heridos de los atendidos precisaban de la amputación, mayormente, de alguna pierna, si se quería salvar sus vidas. Y en otros casos menos extremos la amputación de dedos en los pies". En total fueron cinco días intensos en los que sin apenas descanso, ni desmayo, se volcaron en socorrer a la población de la capitali. Sin embargo los constantes temblores se convirtieron en una pesadilla, incluso, hasta para esta experimentada expedición de Defensa Civil dominicana.