Eugenio Fuentes
Colgar a un rival político de un gancho de carnicero se ha convertido en una amenaza clásica en Francia, aunque sólo se profiera en la intimidad. Su autor, Nicolas Sarkozy, presidente de la República desde 2007 y marido de Carla Bruni. Su destinatario, Dominique de Villepin, ex primer ministro (2005-2007) a quien sus enemigos llaman Nerón. El campo de batalla actual es el caso Clearstream, pero el futuro será la lucha por la presidencia de la República. El resultado provisional del duelo es que Villepin mantiene intacto su cuello y desafía a Sarkozy. Mientras, el público y los comentaristas dividen sus opiniones.
El pasado 28 de enero Sarkozy recibió un pésimo regalo por su 55.º cumpleaños. El Tribunal Correccional de París absolvió a Villepin, 56 años, de la acusación de haber promovido la inclusión de Sarkozy en un falso listado de clientes de la sociedad luxemburguesa Clearstream, especializada en blanqueo de dinero. La sentencia, que será recurrida, marca una pausa en el enfrentamiento entre los dos líderes derechistas que durante el segundo mandato de Jacques Chirac (2002-2007) se disputaron su sucesión.
El elegido por Chirac
Villepin, que ha hecho toda su carrera entre bastidores y nunca se ha presentado a una cita con las urnas, era el hombre escogido por Chirac para sucederle. Alto y broncíneo, de porte y genes aristocráticos, biógrafo y poeta, se le recuerda por el encendido discurso contra la invasión de Iraq que, en febrero de 2003, hizo estallar en aplausos el salón de sesiones del Consejo de Seguridad de la ONU. Como ministro de Exteriores francés fue el encargado de argumentar la oposición de París y Berlín, secundados por Moscú y Pekín, a los planes de Bush, Blair y Aznar, a los que aún faltaban semanas para convertirse en el trío de las Azores.
Villepin machacó a un esforzado Colin Powell, secretario de Estado de EE UU, que se vio obligado a desgranar una batería de pruebas amañadas sobre las supuestas armas de destrucción masiva de Iraq. El discurso de la ONU fue el trampolín de Villepin, que en 2004 pasó al Ministerio de Interior, crucial para preparar su carrera hacia la presidencia. Un tránsito relevante para esta historia, pues fue entonces cuando se fraguó el "caso Clearstream".
Los días de vino y rosas de Villepin estaban, sin embargo, destinados a ser efímeros. Su camino había de cruzarse inexorablemente con el del hombre que desde tiempo atrás proclamaba su ambición de ser el candidato de la derecha francesa en las presidenciales de 2007, el inclasificable e hiperactivo Nicolas Sarkozy.
Populista y teatral
A diferencia de la pausada majestad leonina de Villepin (1,93 metros), Sarkozy (1,60 metros, más entre siete y diez centímetros de tacón y alzas) transmite una imagen de fajador suburbial marcado por su incontinencia mímica y verbal. Hasta el punto de que sus conciudadanos de izquierda, dominados por la pasión plebeya de atribuir los excesos de los hombres públicos a agentes exógenos, lo han rebautizado como "Narkozy".
Su biografía política está marcada por dos rasgos de acendrada raigambre populista: la insistencia en que su nombre es sinónimo de eficacia, y la propensión a los gestos teatrales. Tal vez el que mejor se recuerde fue su decisión, cuando ocupaba la cartera de Interior, de enfundarse una cazadora negra y salir a la calle al frente de un grupo de policías para "limpiar de escoria" los levantiscos suburbios de París. Era en el otoño de 2005 y Sarkozy formaba parte del Gobierno dirigido por Villepin.
Ahora bien, en contra de lo que pueda parecer, a Sarkozy no se le va toda la fuerza por la boca. Sus desplantes barriobajeros se acompañaron de una fina táctica para llegar al palacio de El Elíseo en 2007. Mientras, a golpe de bravata se ganaba al electorado afín al ultraderechista Frente Nacional, entre bastidores había maniobrado contra Chirac para hacerse con el control del partido neogaullista, la UMP. Lo logró en el congreso de noviembre de 2004, con el respaldo de un 85% de delegados. Como castigo, Chirac le obligó a abandonar el Gobierno, aunque el exilio sería corto. Sarkozy, dueño del partido, volvió al Gobierno en la primera ocasión que se le presentó. Fue al año siguiente, con Villepin como primer ministro.
En mitad de ese complejo pulso entre Sarkozy y el tándem Chirac-Villepin se fraguó el escándalo de Clearstream. Según las actuales conclusiones judiciales, un becario robó en 2003 unas listas de clientes de la sociedad blanqueadora que acabaron en manos de Imad Lahoud, un ex confidente de los servicios secretos. Éste las enriqueció con nombres conocidos, en particular cantantes, actores y políticos de derecha e izquierda, entre ellos Sarkozy. Pero Lahoud no era un espontáneo, ya que trabajaba para Jean-Louis Gergorin, un oscuro habitante de las cloacas del Estado francés.
A principios de 2004, Gergorin mostró la lista a Villepin y le advirtió de que la llevaría a la Justicia. Cuando la lista trascendió, Sarkozy clamó al cielo, sacó de la cámara frigorífica el gancho de carnicero y puso en marcha un proceso judicial en el que se personó como acusación.
Algunos errores de calado en su gestión como primer ministro y las sospechas de que estaba implicado en el escándalo de Clearstream dejaron fuera de combate a Villepin. La pugna presidencial entre Sarkozy y la mediática socialista Ségolène Royal, y más tarde la profunda crisis económica, relegaron durante más de dos años a Nerón a la jaula de los leones. Hasta que el pasado octubre se celebró el juicio, brindando a Villepin una oportunidad que no ha desaprovechado. "Estoy aquí por el encarnizamiento y el odio de Sarkozy", declaró entonces.
La sentencia del pasado 28 de enero, que condena a Lahoud y Gergorin, no sólo lo devuelve a la arena política, sino que parece poner un cierre precioso a su táctica de presentarse como una víctima de un presidente al que, tras dos años y medio de gestión, las encuestas comienzan a darle la espalda.
Objetivo: "servir" a Francia
Como era de prever, el veredicto fue recurrido al día siguiente por la fiscalía. Nueva oportunidad para Villepin, que dedicó toda la jornada a la prensa y a la televisión. Acusó a Sarkozy de haber ordenado el recurso para cubrirlo "de fango", recordó la afición presidencial al duelo con armas de carnicero y resaltó que su objetivo es "servir a Francia" desde la presidencia de la República.
¿Bravata o realidad Villepin cuenta a día de hoy con un apoyo del 8% en las encuestas -suficiente para hacer mucho daño-, una creciente red de clubes Villepin, que amenaza con convertir en partido, y el respaldo de un puñado de legisladores y jóvenes gaullistas dispuestos a intentar el pelotazo. Sin embargo, quienes lo conocen bien aseguran que no tiene mimbres para llegar hasta el final. Demasiado trabajo duro para un personaje tan exquisito.
Claro que quienes no se limitan a escrutar a la derecha apuntan que el regocijo de los alicaídos socialistas y de sus medios afines ante la división del enemigo también juega a favor del hombre que, por encima de cualquier otro personaje histórico, admira a Napoleón. De ahí que los fieles de Villepin recuerden cómo el emperador renació de sus cenizas tras escapar triunfante de Elba. Aunque sus enemigos matizan que, meses más tarde, navegaba rumbo a la muerte en Santa Elena.