Clegg, la revelación de la campaña electoral

 

EUGENIO FUENTES VALENCIA Hace quince días, Nick Clegg, el líder liberal-demócrata británico, dejó de ser el tercero en discordia y se convirtió en el hombre a batir. Clegg, de 43 años, aprovechó una innovación en la historia electoral británica, los debates televisivos, para imponerse con claridad al líder conservador, David Cameron, tres meses mayor que él, y al primer ministro laborista, Gordon Brown, de 59 años. Saliendo airoso incluso de los asuntos más espinosos, como la relación con la UE, la inmigración o la presión fiscal, Clegg, un político de centroizquierda, logró su objetivo de darse a conocer al electorado e incluso lo superó: al día siguiente su cartel brincaba 14 puntos en los sondeos y encabezaba las preferencias de voto, desbancando a Cameron.
Sin embargo, Cameron logró una victoria a los puntos en el segundo debate, suficiente para recuperar el liderazgo prospectivo e insuficiente para convertir a Clegg en espejismo. Y es también la hora decisiva para el líder liberal-demócrata, que no puede pinchar si quiere mantener viva su aspiración de acabar con el bipartidismo. En cuanto a Brown, intenta desesperadamente dejar de ser el tercero en intención de voto y en la valoración de los debates. Pero el partido se juega en las urnas el 6 de mayo, y Brown sabe que, con la mitad del electorado indeciso o silente, el resultado no está decidido. En realidad, Clegg no se hace ilusiones de ser primer ministro. Sabe que, salvo sorpresa mayúscula, el sistema electoral británico se lo impide. En el Reino Unido, las legislativas se disputan a una sola vuelta en circunscripciones unipersonales en las que el candidato más votado se lleva el escaño aunque no tenga mayoría absoluta. En esas circunstancias, tener concentrados o dispersos a los votantes es capital. Y ahí son los laboristas quienes se llevan la palma. En los comicios de 2005, cada escaño le costó al partido de Brown 27.000 votos, mientras que los tories necesitaron 44.000 y los liberal-demócratas 97.000. El resultado fue que, con el 22,1% de los votos, los de Clegg sólo lograron el 9,6% de los escaños.
Lo que el líder centrista persigue es que estas elecciones, que se anuncian como las más disputadas desde 1992, sean las que marquen el final del duopolio político británico. Según todas las encuestas, no habrá mayoría absoluta, por primera vez desde 1974. Pero, tras 13 años de reinado laborista, habrá cambio. Y Clegg quiere tener la llave, para venderla cara y conseguir de una vez por todas la reforma electoral que favorezca a su partido.

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