Miguel de la Guardia
?Una de las enormes ventajas que conlleva el trabajo del profesor universitario es la posibilidad de viajar a otros países con culturas y tradiciones muy distintas pero a los que nos une el interés común por una disciplina científica. No se trata, que nadie lo dude, de viajes de placer ni de pretextos para regalarse unas vacaciones. Son viajes profesionales que se inician con alguna publicación que atrae el interés de otro grupo y eso conlleva un intercambio de ideas y documentos por mail y desemboca en proyectos conjuntos y la invitación para impartir alguna conferencia o un curso. La lengua de uso en la mayoría de los casos es el inglés y cada acto social se convierte en un motivo de trabajo, lo que desemboca en jornadas agotadoras de dieciséis horas lejos de casa. Además, los profesores universitarios viajamos por lo general solos y eso nos obliga a prestar mayor atención a nuestro entorno; por lo que hago esta crónica con la esperanza de aportar al lector una visión complementaria a la que puede encontrar en un turista.
Mi última invitación me llevó a la universidad internacional Iman Jomeini de Irán en Qazvin y lo que quiero compartir con los lectores es la impresión que me ha dejado este país del que tan poco sabemos y al que no es tan fácil viajar.
Irán es un enorme territorio de mas de 1,6 milloes de kilómetros cuadrados con casi el doble de la población de España y con una megapolis como Teherán, pero también con numerosas grandes ciudades; de hecho las dos que visité, Qazvin y Shiraz, tienen más de un millón de habitantes la primera y cerca de dos millones la segunda.
Lo primero que me sorprendió de Irán fue el verde de la planicie y de las montañas en el área de Teherán (lo que según mis anfitriones se debía a las abundantes lluvias de esta primavera) y el gusto de los iraníes por los árboles y los jardines. Las ciudades son muy extensas con construcciones de dos o tres pisos y unos pocos edificios altos, excepto Teherán en donde barrios enteros con edificios de más de ocho plantas proporcionan una fisonomía muy diferente: como de gran capital. Los jardines están muy bien cuidados y son muy abundantes, y como en los países mediterráneos, actúan como espacio público, siendo fácil verlos, a la caída del sol, ocupados por familias o por grupos de amigos que cenan sobre alfombras extendidas en el césped, si bien este apego a los jardines se da más entre las gentes sencillas, sin muchos recursos, que son también los usuarios de los bazares.
La gente guapa, las clases medias altas y altas, gustan de espacios más cosmopolitas, centros comerciales, pizzerias y lugares de comida rápida, establecidos en barrios llenos de tiendas en donde no faltan firmas como Mango o Zara y en los que se observa una forma diferente de vestir y, en los más jóvenes, cierto aire de rebeldía que se aprecia en sus cabellos -los de los hombres, pues en Irán está prohibido que cualquier mujer, aunque sea extranjera, muestre en público sus cabellos, su cuello, sus brazos o sus piernas.
Imposiciones a las mujeres
El ambiente general que se respira en el país es relajado, muy hospitalario y acogedor, educado y tolerante, en las antípodas de la imagen de aquel "eje del mal" que diseñara el anterior presidente de EE UU, George W. Bush. No obstante, resulta muy difícil entender las restricciones en la vestimenta de las mujeres que, so pretexto de evitar la excitación de los hombres, las convierte en muchos casos en "sombras negras" que se pasean envueltas en pañuelos oscuros que ocultan su pelo y su cuello y cubiertas de un manto negro que les da el aspecto de nuestras antiguas monjas. Es cierto que no todas las mujeres van vestidas de esta forma tan rigurosa, ya que en Teherán o en los barrios de clase alta se ven pañuelos de colores y una vestimenta que trata de parecerse a la europea pero ocultando a quien la porta.
Mi impresión fue la de que las mujeres iraníes soportan de manera desigual las imposiciones sociales en el vestir y tratan de poner en valor su belleza (que no es poca) con un maquillaje sobrio y elegante que destaca sus ojos, sus cejas bien perfiladas y sus bocas, evidenciando que no hay nada equivocado en el cuerpo de las mujeres y que sin lugar a dudas lo que habría que limpiar es la mirada y la mente de los hombres; por lo que la educación y no el vestuario sería la mejor forma de actuar para evitar problemas.
Pero no se piensen que a pesar de las formas, las iraníes no son elementos activos en la sociedad. Las mujeres trabajan, conducen sus coches, estudian -aunque en escuelas segregadas de las masculinas- y votan en las elecciones.
Las universidades iraníes son un invento reciente, por lo que entendemos en Occidente por universidad, pues las más antiguas se dedican exclusivamente a estudios religiosos o filosóficos. A pesar de ello, las jóvenes universidades de este país se han incorporado rápidamente al mundo científico y es fácil encontrar profesores que han realizado su tesis en Francia, Reino Unido o en Estados Unidos y tratan de contribuir al desarrollo de su país potenciando los estudios de grado, de máster y doctorado e incluso desarrollando aplicaciones y patentes para el sector industrial, con la intención de que el conocimiento se ponga al servicio de la industria y la sociedad. En muchos aspectos son homologables a las nuestras, a pesar de las dificultades económicas para la adquisición de instrumentos y equipos científicos
El país es de una gran belleza con jardines, mausoleos y mezquitas impresionantes y además cuenta con el esplendor de la antigua civilización persa, que en tiempos del gran Ciro se constituyó en una de las sociedades más avanzadas, aboliendo la esclavitud en sus reinos, hace más de 2.500 años, y estableciendo la libertad de credo. Lugares como Persépolis, Pasargadas o Nach Rostam recuerdan aquel esplendor. Irán me ha hecho entender un poco más ese lugar de encuentro entre Oriente y Occidente, con el aroma de los jardines y de las especias de los bazares, la grandiosidad de sus monumentos, la sencillez de sus gentes, el sabor del azafrán con el que condimentan su arroz y el olor a madera y carbón con que elaboran sus panes.