La ´amarga decisión´ de Kevin Rudd

 

El Partido Laborista forzó la sustitución del ex primer ministro, hundido en las encuestas e incapaz de cumplir con sus planes, apenas dos años y medio después de acabar con la hegemonía liberal y prometer una forma distinta de gobernar Australia.

LUIS M. ALONSO VALENCIA
Cuando Kevin Rudd, primer ministro dimisionario de Australia y hasta hace unos días líder del Partido Laborista, se definió a sí mismo como un "pretty determined bastard" (un hijo de puta muy decidido) atravesaba el mejor momento en su carrera política. Eufórico, conseguía poner fin a once años de supremacía liberal encarnada por John Howard, y el dibujante de tiras cómicas de un periódico lo había caricaturizado como Tintín, el héroe de los tebeos belgas de Hergé. Entonces ni él ni nadie podían imaginarse que poco más de dos años después, forzado por su propio partido, tendría que tomar la decisión de dimitir debido a una caída vertiginosa de la popularidad y a la incapacidad de sacar adelante sus compromisos con los electores. Rudd, en vez de forcejear como acostumbran a hacer los políticos aferrados a las poltronas, se acordó de las palabras que había pronunciado anteriormente en un congreso ante los suyos y se quitó del medio. En aquella ocasión, dirigiéndose a sus conmilitones socialistas, les dijo: "Soy Kevin, soy de Queensland. Estoy aquí para ayudar". La ex viceprimer  ministra, Julia Gillard, ahora al frente del Gobierno en Camberra, fue precisamente quien pidió al partido un cambio de timón al ver la deriva que tomaban los acontecimientos.
Pero ¿qué fue lo que ocurrió para que un hombre tan decidido a dirigir como nadie lo había hecho hasta entonces las riendas del país aceptase que su tiempo había concluido? Sucedió simple y llanamente que Australia le dio la espalda y dejó de confiar en él. Los suyos, por tanto, en vez de cerrar filas, también le quitaron la confianza; por una parte, aplicando un instinto de supervivencia ante las elecciones previstas para finales de año, y, por otra, el sentido de la responsabilidad en defensa de los intereses nacionales.
Kevin Rudd había logrado superar en las elecciones de noviembre de 2007 al liberal John Howard y se comprometió con los australianos a gobernar desde ese momento de manera diferente. En la campaña, supo ganarse al electorado con un mensaje a favor del cambio: prometió la retirada gradual de las tropas australianas de Irak y Afganistán -en el segundo caso no cumplió- y la firma del protocolo de Kioto. Rudd se propuso reducir las emisiones contaminantes en un 60 por ciento antes de 2050. En 2008, se disculpó ante los aborígenes, por el daño causado, en nombre del país, cosa que hasta entonces no había hecho ningún gobernante en Australia y se esforzó en aliviar las diferencias entre ambas comunidades en cuanto a educación y condiciones de salud.
Las primeras medidas contribuyeron al apoyo popular pero el entusiasmo de la población empezó a disiparse cuando los objetivos se antojaron irreales y de un alto precio económico. Rudd decidió incrementar un 40% los impuestos de la rica actividad minera del país para compensar los efectos contaminantes de la industria en un alto nivel de producción por la demanda china. Los empresarios se pusieron en contra y los sindicatos, preocupados por los puestos de trabajo, emprendieron movilizaciones y revueltas. Pero el mayor fiasco se produjo cuando el proyecto para reducir las emisiones, la principal promesa de la campaña, quedó archivado después de que el Parlamento que en su día lo propuso lo rechazase.
Con todo en contra, la popularidad el primer ministro se desplomó en las encuestas. Rudd, que siempre abrazó la fe cristiana como principal motivación política, pudo pensar que los australianos habían perdido la suya en el cambio que les había prometido. Él, que además de un fluido mandarín habla un perfecto inglés, tuvo motivos incluso para creer que sus compatriotas no le entendían. El político de moda, el hombre que llegó a The Lodge con paso determinante ofreciendo un nuevo talante a los australianos, se vino abajo.  
Su número dos cuestionó la valía del compañero que tenía al lado y pidió una votación interna en el Partido Laborista. Rudd aseguró que se presentaría en la reunión convocada, pero finalmente desistió y dejó el futuro del país en manos de otra persona. "No fue una decisión fácil, pero creo que ha sido la correcta", declaró Gillard, abogada y la primera mujer que asume el liderazgo en Australia. "Creí que los intereses de la nación pasaban por enderezar el Gobierno y volver al camino correcto" recalcó. Ahora, le queda restablecer las relaciones maltrechas con el poderoso sector minero.  

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