Más de dos décadas después de la ejecución de Nicolae y Elena Ceausescu, Rumanía ha visto cómo se abrían ayer las tumbas que sepultaron entonces no sólo los restos del matrimonio dictador, sino también el miedo y la oscuridad de 24 años de un cruento régimen totalitario. Una reclamación del único hijo vivo, Valentín, y del yerno del matrimonio para verificar la identidad de los restos mortales que reposan en un cementerio de Bucarest ha devuelto a la pareja al primer plano de la actualidad. La sangrienta caída de los Ceausescu en 1989 sigue siendo un episodio lleno de medias verdades, un suelo fértil para levantar las sospechas que han movido a los herederos a pedir una prueba de ADN.